Sol M. Linowitz fue un exitoso empresario y abogado de Washington que estaba entusiasmado en convertirse en embajador ante la Organización de Estados Americanos a pesar de que el hombre que lo nominó, el Presidente Lyndon B. Johnson, se burló de la institución hemisférica afirmando que sus miembros "no podrían verter saliva de una bota vaquera incluso si las instrucciones estuvieran escritas en la suela".
Pero Linowitz, quien murió en esta capital el mes pasado a los 91 años, creía en la OEA y estaba convencido de que Estados Unidos podía hacer contribuciones importantes a la región si entendía sus diversos matices y sensibilidades. En 1966, Linowitz viajó por las Américas intentando evitar que líderes de la región boicotearan la cumbre hemisférica que debía realizarse al año siguiente. Muchos de esos líderes juzgaron que la propuesta estadounidense de tomar medidas contra la proliferación de armas era una intrusión en la soberanía nacional -- y nadie se oponía tanto como el Presidente peruano Fernando Belaúnde Terry.
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Pero el día en que Linowitz debía reunirse con Belaúnde en Lima, el tío del presidente -- el representante de Perú en la ONU, Victor Belaúnde --- murió en Nueva York. Después de algunos esfuerzos, Linowitz convenció a Johnson de que transportaran al cuerpo y a familiares hasta Lima en el avión presidencial Air Force One. Linowitz recuerda en su autobiografía, "The Making of a Public Man", que el líder peruano "se echó a llorar" al conocer la decisión de Johnson. Antes de que terminara la reunión, Belaúnde aceptó asistir a la cumbre.
Linowitz se convirtió en un valioso consejero de los Presidentes demócratas Johnson, Jimmy Carter y Bill Clinton y fundó lo que es hoy una de los centros de pensamiento liberal más respetados en Washington: Diálogo Interamericano. Pero más importante aún, Linowitz defendió principios que trascendieron su afiliación política. El episodio de Belaúnde lo convenció de que en la diplomacia, como en negocios, las relaciones personales "pueden marcar la diferencia". Además comprobó que tener gestos amistosos con adversarios pueden dar mejores resultados que con amigos.
El Presidente Bush cree también en la eficacia de un gesto personal en las relaciones internacionales, así lo da a entender de manera inequívoca en el papel que su administración está jugando en la elección de un nuevo secretario general de la OEA la próxima semana. Pero al igual que sus recientes nominaciones de John Bolton como embajador de Estados Unidos ante las Naciones Unidas y Paul D. Wolfowitz como presidente del Banco Mundial, el propósito de Bush es recompensar a sus amigos y no preocuparse mucho por sus críticos.
Para el cargo en la OEA, la administración Bush ha puesto todo el peso estadounidense del lado de la candidatura del expresidente salvadoreño Francisco Flores. Bush está agradecido con Flores por ser uno de los más cercanos amigos de Washington en la región.
Para promover su candidatura, la administración Bush ha respaldado un proyecto de ley en el congreso que promete 10 millones de dólares en becas para el Caribe, región cuyos 14 votos en la OEA pueden determinar que Flores sea el ganador. Sus rivales por el cargo son José Miguel Insulza, ministro del interior en Chile, y Luis Ernesto Derbez, secretario de relaciones exteriores de México.
Claro que no hay nada malo en ayudar a amigos. Pero en las actuales circunstancias, el apoyo de Bush a Flores se ha hecho más negativo que beneficioso.
En los días que precedieron a la guerra en Irak, el mensaje de la administración Bush hacia la región ya no fue más sobre una alianza con miras a un futuro compartido sino sobre decidir si estarían "con nosotros o en contra nuestra". Cuando algunos países, como México y Chile, se opusieron a la guerra, fueron ignorados diplomáticamente y sus prioridades menospreciadas. En ningún otro aspecto esta actitud antagónica ha sido tan marcada como en el trato con el Presidente venezolano Hugo Chávez y su aliado, el Presidente cubano Fidel Castro.
A pesar de lo que algunos alarmistas en Washington quisieran hacer creer, la conspiración del mal de la izquierda que se está apoderando del hemisferio es más real en su imaginación que en el terreno. De hecho, la expansión de la nueva izquierda y la popularidad de sus líderes, como el Presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva, es impulsada fundamentalmente por la pobreza y el deseo de ser incluido en la prosperidad del norte y no en alguna utopía socialista ofrecida por el alucinado y moralmente deficiente Chávez. Entre tanto, el acercamiento adverso de Washington a esa nueva izquierda solo aumenta las sospechas sobre las intenciones estadounidenses y las de aquellos que escoge como amigos.
En el papel, Flores luce como el candidato ideal. Es joven, dinámico, y su experiencia como presidente es un gran punto a favor en la OEA, cuyo futuro demanda un ejecutivo recio y competente.
Pero si pierde -- y muchos diplomáticos latinoamericanos esta semana estaban apostando que no pasará siquiera a una segunda ronda de votación -- Washington debiera tomar una pausa para hacer una retrospección y reconocer que las circunstancias que llevaron a una derrota de Flores fueron creadas en gran medida por el propio Washington.
Hasta entonces, Washington corre el riesgo de comportarse, como concluyó Linowitz en su autobiografía, "como si nuestra fuerza aplastante nos diera una sabiduría igualmente superior".