Confieso que me he sentido más católica que de costumbre esta semana, hecho que refleja la intensidad del momento y, tristemente también, la inconstancia de mi fe. No asisto frecuentemente a la iglesia y si me considero católica es más por tradición y por haber nacido en América Latina, donde más de un 80 por ciento de la población dice estar afiliado a dicha religión.
En América Latina reside hoy casi uno de cada dos católicos en el mundo. La magnitud de esa cifra hace que muchos en la región abriguen la esperanza de que el Colegio Cardenalicio elija a un Papa latinoamericano. Por lo menos cinco de los papabili, los candidatos más factibles a suceder a Juan Pablo II, son de la región.
Si efectivamente un latinoamericano resulta escogido líder espiritual de una sexta parte de la población mundial, la esperanza es que sea un activista por su región tal como lo fue su predecesor. El Papa nacido en Polonia puso especial atención en el este de Europa y jugó un papel fundamental en el colapso pacífico del comunismo. Un Papa latinoamericano podría darle igual importancia a la situación apremiante de los pobres del mundo en desarrollo y ayudar a cerrar la creciente brecha entre ricos y pobres, entre la prosperidad y la desesperanza.
Pero incluso si un latinoamericano es escogido, e incluso si se propone tender un puente sobre esa brecha, es difícil imaginar cómo podría hacerlo sin atender primero aquellos aspectos que han decepcionado a tantos católicos en la región.
Millones de católicos en América Latina -- como en el mundo en desarrollo -- se han opuesto a los dogmas de la iglesia sobre sexo, métodos artificiales de control natal y aborto. Incluso en el país católico más grande del mundo, Brasil, con un 80 por ciento de fieles, el 70 por ciento de mujeres casadas usan un método anticonceptivo artificial, dos puntos porcentuales menos que las mujeres en Estados Unidos, según el Population Reference Bureau. Y eso sin contar los millones de mujeres que usan anticonceptivos antes de casarse.
El año pasado, la iglesia católica perdió su larga batalla contra el divorcio en la región, cuando el congreso chileno aprobó una ley de reconocimiento del divorcio convirtiendo al país en el último de América Latina en hacerlo. Entre tanto, países como Argentina, México y Chile han estado también considerando medidas para reconocer legalmente a parejas homosexuales.
Dichas disparidades entre el dogma de la iglesia y las realidades del mundo moderno han hecho que muchos en Estados Unidos y Europa practiquen un "catolicismo de cafetería", escogiendo los preceptos de la iglesia que regirán su vida e ignorando los demás. Algunos han preferido cambiar su afiliación religiosa. En América Latina donde la iglesia católica es tan preponderante que casi todas las poblaciones están construidas en torno a ella, decidirse por otra religión no es una opción tan fácil como convertirse simplemente en un "católico inactivo". Una vida religiosa en esas circunstancias no se transfiere a otra fe sino que se abandona por completo.
Esto resulta evidente sobre todo en personas como yo -- personas que vivimos ahora sin sentir la necesidad de un guía religioso y que buscamos a un cura simplemente para matrimonios y funerales. En algunos aspectos hemos adoptado incluso una actitud elitista frente a quienes no comparten nuestra "inactividad" y han encontrado una realización espiritual en religiones más carismáticas como la iglesia pentecostal.
No estoy segura si un dogma más liberal llevaría de regreso a la iglesia a quienes solo son católicos por tradición o católicos culturales. Pero estoy convencida que si la iglesia no reconsidera ciertos dogmas perderá mayor relevancia entre aquellos de clases media y alta que se han hecho expertos en justificar su falta de participación activa en la religión.
Si un Papa latinoamericano, o cualquier Papa, quisiera considerar el tema de la brecha económica de América Latina, debería ser el primero en reconocer que el problema gira no solo en torno a políticas económicas, gobernabilidad o instituciones democráticas eficientes, sino también en torno a una reevaluación de valores. Irónicamente, somos aquellos que estamos más apartados de la iglesia en América Latina -- y que nos sentimos cada vez más divorciados de su misión -- los que tendríamos que reconsiderar nuestras prioridades en el contexto de la apremiante situación de los conciudadanos más pobres.
Extender la mano más allá de nosotros mismos y comprometernos con otros más allá de nuestros familiares inmediatos y nuestro trabajo requiere una especie de examen de conciencia que muchos de nosotros raramente practicamos. Y aunque este tipo de reflexión no tiene que ocurrir necesariamente en el seno de una iglesia, es allí donde se practican y se promueven por principio los bienes superiores.