El ya fallecido profesor de leyes de Yale Arthur Leff en una ocasión ilustró los riesgos de tomar decisiones en procesos complejos imaginándose abandonado en una isla desierta. Mientras su isla tenía solo cocos y ostras para sobrevivir, al otro lado de la bahía se imaginó "otra isla, con vegetación exuberante y fértil." Leff concluyó sabiamente: "no mejoraré mi situación en la vida si solo nado hasta la mitad".
Funcionarios tanto acá como en América Latina promocionan el libre comercio hoy en día como parte de una estrategia de desarrollo mucho más amplia que promete el paso a una futuro más exuberante y próspero. El comercio por sí solo, reconocen ellos, es apenas una herramienta para una solución integral a la erradicación de la pobreza persistente. Su retórica por lo menos sugiere que comprenden que un comercio más libre no basta para llegar a la otra orilla.
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Pero un vistazo a sus esfuerzos pareciera mostrar que los acuerdos y el proceso para negociarlos son las únicas partes de la estrategia que están ejecutando. Y lamentablemente nadie presiona suficientemente a los gobiernos para que asistan a aquellos que con seguridad perderán con el acuerdo. Es más, quienes lideran las protestas están tan ocupados en los acuerdos mismos que tienen poco tiempo y energía para inducir a los grandes mandos a que pongan en la práctica lo que dicen.
Manifestantes en Guatemala se enfrentaron con la policía la semana pasada cuando le exigían al Congreso guatemalteco no ratificar el acuerdo de libre comercio entre Estados Unidos y Centroamérica o CAFTA. Dos personas murieron y más de cien resultaron heridas. Entre tanto, CAFTA fue aprobado como se esperaba y Guatemala se convirtió en el tercer país en ratificar el acuerdo, después de El Salvador y Honduras.
Los manifestantes se quejaban de que las negociaciones, culminadas hace más de 15 meses, no habían sido suficientemente transparentes. Exigían más consultas, incluso un referendo, sobre el acuerdo. Nadie duda de que las tratados de libre comercio serán siempre susceptibles de mejoras. No obstante, después de haber sido testigo marginal esta semana de la última ronda de negociaciones comerciales entre Estados Unidos y países andinos que se llevó a cabo en esta capital, estoy convencida de que ningún acceso a las negociaciones podrá sustituir otro esfuerzo tan o más importante: asegurarse de que aquellos segmentos de la sociedad en mayor riesgo ante el libre comercio no serán ignorados.
No estamos hablando de aguas nunca navegadas. Ya sabemos los efectos del libre comercio. Once años después de haber ratificado el Tratado de Libre Comercio de Norte América o NAFTA, los pequeños agricultores mexicanos todavía no han visto la suficiente ayuda técnica, educativa y en infraestructura que les permita beneficiarse del nuevo ambiente de libre comercio.
"México nunca destinó realmente recursos y energía a ese tipo de cambios", dijo el ex representante comercial asistente de Estados Unidos Jon Huenemann, quien participó en las negociaciones de NAFTA. Y agregó, si México hubiera dado una buena pelea para hacer que el acuerdo de libre comercio encajara dentro de una estrategia de desarrollo, ya habría lidiado con las debilidades institucionales que no le han permitido al país sacar plena ventaja de NAFTA.
Hay que reconocer que los negociadores comerciales estadounidenses aprendieron de la experiencia de NAFTA y por ello sostuvieron conversaciones paralelas durante las negociaciones de CAFTA -- y lo están haciendo ahora con los países andinos -- para discutir el tipo de cosas que necesitan los países de la región para hacer la transición menos dolorosa. Como resultado de dicho diálogo con los gobiernos centroamericanos, Washington les ha proporcionado $166 millones en asistencia en los últimos dos años. Es un paso positivo aunque insuficiente, pero la oficina del Representante Comercial de Estados Unidos destaca que desde que empezaron las negociaciones, el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) ha otorgado más de $500 millones para "actividades relacionadas con CAFTA".
La verdad del caso es que ningún país de la región ha explotado los recursos disponibles dentro de un programa establecido exclusivamente para "enfrentar los retos del proceso de ajuste al comercio". Simplemente, no se ha puesto suficiente atención y trabajo en lo que Robert Devlin del BID llamó "el verdadero gran capítulo en la historia del CAFTA" --ayudar a los sectores a adaptarse y competir. Devlin, subgerente del departamento de integración, comercio y programas regionales, dijo que "la tendencia natural" de muchos gobiernos regionales ha sido la de dedicar juiciosamente la mayor parte de sus recursos a entrenar funcionarios para que se conviertan en mejores negociadores.
Claro que es esencial negociar el mejor acuerdo posible. Y un buen acuerdo, de hecho, pone "mucha mayor presión a las políticas internas para que funcionen", dijo Devlin. Y si dichas políticas no están en su lugar y bien financiadas, los gobiernos en la región tal vez aprendan pronto la penosa lección mexicana: los acuerdos de libre comercio "no son un camino automático al éxito".
Desde el punto de vista político, nada es tan urgente como que los gobiernos se decidan a hacer el trabajo duro a fin de preparar a sus países para la transición. Consciente de que las tensiones estaban aumentando, el Presidente guatemalteco Óscar Berger se dirigió a su país poco antes de la ratificación en el Congreso para comprometerse con una agenda legislativa que "compense" a los perdedores. Lamentablemente esas leyes solo hasta ahora se están discutiendo.