La ayuda mexicana surte efecto a ambos lados de la frontera

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Por Marcela Sanchez
Especial para washingtonpost.com
Thursday, September 15, 2005; 9:09 PM

Hace casi un cuarto de siglo, poco después de su elección, el Presidente Ronald Reagan se refirió a México como uno de "nuestros dos vecinos" en América del Norte. Esas pocas palabras puede parecer tan insignificantes hoy como lo fueron para muchos de los que las escucharon en aquel entonces. Pero para México se convirtieron en un símbolo de un cambio dramático en las relaciones entre Estados Unidos y México. Ellas representaban el momento en que Estados Unidos reconocía a México como algo más que simplemente parte de América Latina.

En unos 25 años los mexicanos probablemente recuerden de manera similar los eventos que ocurrieron esta semana. En Gulfport, Miss., el Presidente Bush personalmente les agradeció a tropas mexicanas por "trabajar juntos," con sus contrapartes estadounidenses, en ayudar a reconstruir una escuela primaria devastada por el huracán Katrina. Frente a reporteros y fotógrafos, Bush estrechó la mano de los militares mexicanos cuyos uniformes enarbolaban visiblemente la palabra "MARINA" en su pecho.

El fotografiado encuentro fue el punto culminante en una semana de orgullo para México, que por primera vez en 159 años envió tropas a territorio estadounidense. Además de los marinos en Mississippi, un convoy militar con cerca de 200 soldados marchó orgullosamente ante el júbilo de quienes los aplaudieron entre Laredo y San Antonio, Texas, donde establecieron un campamento y empezaron a proveer asistencia dental y médica; aunque lo más memorable ha sido la repartición de casi 35.000 comidas caliente a damnificados y voluntarios de Katrina.

El legado de Reagan en América Latina es polémico. Pero en 1981, por lo menos para México, su gesto inicial ayudó a generar un nuevo optimismo y a cambiar el tono en las contenciosas relaciones bilaterales. Como ahora, la inmigración estaba entonces al centro de la atención. Durante el segundo período presidencial de Reagan, Washington encaró el tema y suscribió una substancial reforma migratoria que incluyó la amnistía a miles de inmigrantes ilegales.

La imagen de Bush con los marinos mexicanos podría considerarse la segunda oportunidad, durante su mandato, de un momento simbólico para México. El primero llegó y se fue en los primeros meses de Bush cuando el Presidente mexicano Vicente Fox hizo la primera visita de estado de un mandatario a la Casa Blanca. Como Reagan antes, Bush había desarrollado una excelente relación personal con su contraparte mexicano y parecía estar sinceramente comprometido con cambiar la forma en que Estados Unidos y México interactuaban. Pero el optimismo y las sonrisas engendradas por los dos cowboy no sobrevivió a los ataques del 11 de septiembre, cuando México se tardó en mostrar su apoyo. El tono de la relación ha sido tensa desde entonces; ambos lados intercambian críticas que van desde la seguridad fronteriza hasta problemas raciales.

Si bien todos están reacios a elevar las expectativas prematuramente en México, el reconocimiento a la ayuda humanitaria por parte de Bush y el deseo de Washington de aceptarla, está siendo bien recibido en los medios mexicanos. Al igual que la breve pero significativa frase de Reagan, el gesto de Bush se ve como una muestra de cortesía y humildad, características que normalmente pocos asocian con Washington y particularmente no con la actual administración.

El Embajador estadounidense en México Antonio O. Garza llevó esta impresión aun más lejos en una carta abierta al pueblo mexicano el martes en la que ofreció "el respeto, la gratitud y el reconocimiento sincero del pueblo de los Estados Unidos" a la asistencia mexicana. Garza insistió en que "Los Estados Unidos nunca olvidarán la generosidad de México durante estos tiempos difíciles".

Entre tanto, Ana Maria Salazar, una ex funcionaria del Pentágono y actual comentarista en medios mexicanos, en una columna en el diario mexicano El Universal dijo que confía en que la asistencia militar mexicana abra espacio para que Fox "pueda reanudar el debate con Washington en temas más allá de la violencia fronteriza".

En otra columna, Jeffrey Davidow, ex embajador estadounidense en México escribió que la "importancia histórica" de la asistencia mexicana a los damnificados de Katrina "no debe ser subestimada en ningún lado de la frontera." En una comparación entre la respuesta inicial de México a los damnificados de Katrina y su "vulgar e indiferente manifestación de falta de compasión y de interés" después de los ataques del 11 de septiembre, Davidow afirmó que México ha demostrado que aunque manejar la relación con Washington es difícil no es imposible.

Hubo algunos en México que estuvieron reacios a responder con ayuda después de Katrina, temerosos de que el envío de tropas mexicanas al norte del Río Bravo estableciera un precedente peligroso que Estados Unidos pudiera usar como pretexto para enviar sus propias tropas al sur. Dicho sentimiento es real pero afortunadamente esta vez no interfirió con la cooperación mexicana. Tal vez, como lo dijo el ex embajador mexicano y Presidente del Consejo Mexicano de Asuntos Internacionales. Andrés Rozental, aquellos que abrigan esos temores mantiene vivo "el bagaje histórico de hechos que ocurrieron hace ya demasiados años".

Tanto la ayuda mexicana como el reconocimiento de ésta por parte de Bush son avances muy bien recibidos que debieran servir para recordar cuán lejos puede llegar la diplomacia estadounidense con solo tratar a sus vecinos del sur de igual a igual.


© 2005 The Washington Post Company

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