La meditación de Uribe

El nuevo reto en la estrategia paramilitar del Presidente colombiano

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Por Marcela Sanchez
Special to washingtonpost.com
Friday, February 3, 2006; 12:00 AM

Alvaro Uribe, un consagrado prácticamente de yoga y meditador asiduo, me contó hace dos años que uno de sus mantras era "mantener la humildad." Este sería un buen momento para que el Presidente colombiano hiciera más manifiesto ese propósito.

El mes pasado, Uribe le solicitó a fiscales que investigaran al Senador Rafael Pardo, candidato a la nominación por el Partido Liberal de oposición para las elecciones presidenciales de este año. La oficina presidencial aseguraba tener información de que Pardo estaba conspirando con el grupo insurgente de izquierda más grande del país, las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, en contra de la reelección de Uribe.

A los pocos días, presionado por la prensa, Uribe se distanció de la denuncia y se disculpó públicamente con Pardo. Pero la "disculpa" de Uribe no fue un acto de contrición ni un reconocimiento de error. Uribe se limitó a decir que no podía mantener más la acusación original contra Pardo porque revelar su fuente iría en contra del interés nacional.

Es típico de Uribe no mostrar debilidad alguna y embestir con determinación. Durante sus tres años y medio de mandato, Colombia ha visto una reducción significativa de homicidios, secuestros y otros actos de violencia cometidos por grupos paramilitares de derecha o guerrilleros de izquierda. Sus éxitos lo han hecho popular en el exterior --especialmente en Washington -- y en su país donde se espera que gane la reelección fácilmente.

En su obsesión por conseguir la paz para Colombia, Uribe tiene fama de encargarse hasta de los mínimos detalles y afrontar con escasa tolerancia lo que se interponga en su camino. Desde que era candidato hace cuatro años, ha arremetido contra organismos de derechos humanos, críticos de prensa y cualquiera que se atreva a cuestionar la rectitud de su agenda.

Pardo era uno de los principales defensores de Uribe en el Congreso colombiano. Pero en los últimos meses se unió a destacados críticos del proceso de paz que Uribe está llevando a cabo para terminar con la actividad paramilitar. Al igual que Naciones Unidas o Human Rights Watch, Pardo consideró que el actual proceso de paz es demasiado generoso con los asesinos más despiadados de Colombia y que el proceso podría acaso desarmarlos parcialmente pero no desarticular su influencia corrosiva en la democracia colombiana.

William B. Wood, el embajador estadounidense en Colombia, ha emitido advertencias similares sobre los paramilitares, que en las elecciones locales y regionales de 2003, sobornaron, intimidaron y en algunos casos asesinaron candidatos para que otros quedaran libres de rivales. En un discurso en Bogotá en diciembre, Wood afirmó que "existe amplia preocupación de que similares prácticas electorales puedan ocurrir en las elecciones de 2006."

Los comentarios de Wood tocaron una fibra sensible y Uribe, posiblemente el aliado más cercano del Presidente Bush en América Latina, respondió con fuerza. "El Gobierno colombiano no acepta la intromisión de gobiernos extranjeros así sea de Estados Unidos". La embajada estadounidense trató de suavizar las palabras de Wood pero el diplomático estaba en lo correcto.

A las pocas semanas, Uribe vio cómo cinco candidatos al congreso fueron expulsados de las listas uribistas por presuntos vínculos con paramilitares. Uribe prometió inmediatamente no "permitir dineros ilícitos, compra o intimidación de dirigentes y/o electores, ni la participación de grupos violentos en las campañas políticas" pero, como con la disculpa a Pardo, sus palabras evitaron lidiar con el tema en cuestión.

De acuerdo con un artículo en la principal revista noticiosa del país Semana, los cinco candidatos expulsados representan solo la punta del iceberg de la filtración paramilitar en la política colombiana. De hecho, muchos argumentan que la injerencia paramilitar en esta temporada electoral y en la política en general es una consecuencia lógica de su desmovilización. "Piensan que están en el proceso de paz para hacer viable" esa actividad política, dijo el director editorial de Semana, Rodrigo Pardo, quien no está relacionado con el senador.

El proceso de desmovilización de Uribe puede estar canjeando la paz por la legitimación política de un grupo que Estados Unidos identifica como una organización terrorista internacional con estrechos vínculos con el narcotráfico. Y aunque es cierto que cada vida que se salve justifica una buena cantidad de concesiones, el riesgo es que el líder más efectivo y popular en la historia reciente de Colombia termine presidiendo sobre una nueva erosión del estado de derecho y las instituciones democráticas colombianas.

Todo indica que Uribe tendrá cuatro años más para enfrentar este nuevo reto de frente -- y ojalá con un toque de humildad. Al escuchar a sus críticos y admitir que no tiene todas las respuestas al problema colombiano, Uribe estaría obedeciendo su propio mantra y de paso tal vez cumpliría con otro que compartió conmigo: "no cometer un error esencial por Colombia."



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