El enfrentamiento entre Juan Carlos y Chávez

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Por Marcela Sanchez
Especial por washingtonpost.com
Friday, November 23, 2007; 12:00 AM

El Rey Juan Carlos de España alegró a mucha gente cuando le dijo al Presidente venezolano Hugo Chávez que se callara. Pero para muchos en las clases más marginadas de América Latina, el incidente les demostró que políticamente habían triunfado.

Incluso los más acérrimos enemigos de Chávez reconocen que es un héroe popular para muchos dentro y fuera de Venezuela porque lo ven como una manifestación del poder que nunca habían tenido. Que fuera un rey y no el presidente de algún otro país el que así se expresara, amplificó ese sentido de satisfacción entre los seguidores de Chávez --debido a que añadía el elemento de la historia imperial de España en la región.

Y así el incidente sirve como excelente punto de partida para examinar la nueva movilización social de los pobres de América Latina. El descontento latinoamericano ha existido por años. Pero hay una importante distinción hoy en día. Cuando los movimientos sociales del pasado empezaron a plantear demandas a gobiernos latinoamericanos, la respuesta típica era la supresión por varios medios -- prisión, ajusticiamiento, aislamiento. Algunos de estos grupos creyeron que la única forma de resolver sus quejas era tomar las armas y luchar por un cambio revolucionario.

Los movimientos sociales latinoamericanos de hoy en día son efectivos porque la democracia se ha consolidado tanto en la región que sus preocupaciones ya no pueden ser ignoradas, fácilmente descartadas y mucho menos silenciadas. Ahora los estados creen que tienen que ser abiertos a esas preocupaciones y promover consensos o corren el riesgo de perder apoyo popular e incluso ser forzados a renunciar. En Argentina, por ejemplo, los piqueteros, el movimiento de trabajadores desempleados que ganó fuerza tras el colapso económico de 2001, han presionado eficazmente al estado para que establezca programas de asistencia social que ellos mismos administran. Si este movimiento hubiera emergido 15 años antes y no en 1995, tal vez habría encontrado un destino violentamente muy distinto.

No hace mucho, grupos como el de los piqueteros habrían sido considerados indeseables al poner presiones inoportunas a democracias jóvenes. Pero la persistente inequidad económica y exclusión social, incluso después de más de dos décadas de democracia y una década de reformas de mercado, han forzado la reevaluación de estos movimientos sociales -- menos como un problema que como una solución.

Incluso en Washington, que históricamente ha favorecido la estabilidad en América Latina, tradicionalmente a costa de los oprimidos, el Presidente Bush estima que los deseos de esos nuevos grupos que lideran "la revolución de expectativas" representan "demandas legítimas". En un reciente informe, el Banco Interamericano de Desarrollo también expresó optimismo frente a la movilización social como un necesario gestor de cambio a pesar de su capacidad de "agravar el conflicto social y complicar la gobernabilidad democrática".

La máxima manifestación de esta transformación social en América Latina ha sido el surgimiento de los movimientos indígenas. En países como Bolivia y Ecuador, individuos considerados en un pasado inferiores a los españoles u otros de ascendencia europea, se han movilizado en los últimos años revirtiendo con éxito ciertas políticas, derrocando algunos gobiernos y eligiendo a candidatos indígenas a los más altos cargos públicos, incluida la presidencia.

Ahora, aquellos países donde los anteriormente subyugados se encuentran en el poder pondrán a prueba la madurez de la democracia en América Latina. El reto es ver si la rebelión de las bases llevará " a una inclusión más completa y duradera en un sentido político y social, reduciendo la discriminación y las inequidad" o a nuevas formas de exclusión, dijo en una entrevista Mark Payne, uno de los autores del informe del BID.

Aunque Chávez no es un verdadero ejemplo de líder indígena, mucho de su apoyo popular proviene de los venezolanos que estaban antes excluidos -- principalmente los pobres en un país rico en petróleo. Indiscutiblemente en muchos casos ha usado ese poder para corregir ciertos errores del pasado. Pero desafortunadamente también le ha dado por acosar y reprimir a sus rivales. Como me lo dijo David Smolansky, un estudiantes de periodismo de 22 años y vocero del nuevo movimiento estudiantil venezolano, "aquí en Venezuela se está llegando a un punto en que el que no concuerda con las ideas (socialistas de Chávez) es tildado de traidor" y será excluido de participar en la vida política del país.

Uno esperaría que los líderes democráticos, indígenas o no, encontrarán un camino hacia una mayor inclusión en vez de seguir los malos y agotados pasos de los regímenes opresores del pasado. Por ahora, no pareciera tan mala cosa -- tal vez incluso sea una medida del éxito de la democracia -- constatar que algunos en la región vieron el incidente entre Juan Carlos y Chávez como el triunfo del más débil. Finalmente, pareciera también adecuado celebrar que la sangre de la familia real española esté cada más diluida entre los representantes de las clases dirigentes en América Latina.


© 2007 The Washington Post Company

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