El último gran impedimento en Colombia

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Por Marcela Sanchez
Especial por washingtonpost.com
Friday, November 30, 2007; 12:00 AM

Parecía una buena idea haber invitado al más prominente líder de izquierda de las Américas, el Presidente venezolano Hugo Chávez, a hablar con la guerrilla de izquierda más antigua de Colombia. Chávez pudo haber tenido un momento de gloria y el Presidente colombiano Álvaro Uribe, haber empezado a superar el último gran obstáculo para la paz en Colombia - negociando la liberación de secuestrados y llevando a las FARC a la mesa de conversaciones. Tristemente, la imprudencia y la intransigencia se interpusieron.

En agosto, a Chávez le habían pedido que convenciera a las FARC de que liberara a 45 rehenes de alto perfil a cambio de la liberación de cientos de miembros de las FARC detenidos en cárceles colombianas. Pero el mandatario venezolano demostró ser un torpe mediador. Debilitó la posición del gobierno al revelar concesiones potenciales e insistió en que Colombia creara una zona desmilitarizada a pesar de que el gobierno colombiano había advertido que esa era una de las pocas concesiones que no haría.

Ante los acumulados actos de imprudencia de Chávez, Uribe canceló las negociaciones al considerar sumamente frustrante trabajar con alguien que parecía dispuesto a regalarlo todo a cambio de nada. En un principio la respuesta del gobierno venezolano fue cortés y moderada pero después Chávez se desmandó. El domingo llamó a Uribe mentiroso y aseguró que Colombia "merece un mejor presidente, uno que sea digno".

Ese presidente "digno" seguramente tendría que ser alguien dispuesto a unirse a lo que Chávez llama su revolución bolivariana. Durante sus tres meses como mediador, el líder venezolano no escondió su interés en promover a las FARC como una fuerza política legítima para Colombia. Incluso a pesar de que las FARC no habían dado la más mínima señal de buena voluntad en cuanto a la liberación de los secuestrados, Chávez ya estaba hablando entusiasmado de la posibilidad de que las FARC se convirtieran en un partido político.

Uribe pudo fácilmente haber ignorado los ataques personales y los disparates políticos. Las 17,000 tropas de las FARC no son héroes nacionales. De hecho, las victorias militares de Uribe en su contra contribuyen a su persistente popularidad, que la semana pasada alcanzó un 74 por ciento de aprobación después de que los militares mataran a tres altos comandantes de las FARC.

Pero Uribe reaccionó mal, se encolerizó y su arrebato pareció darle crédito a esos disparates. En un virulento ataque, Uribe acusó a Chávez de estar menos interesado en la paz de Colombia que en tratar de hacer "que Colombia sea víctima de un gobierno terrorista de las FARC." Más aún, agregó Uribe, "el pueblo de Colombia tiene todo el derecho de ... aceptar mediaciones, pero no mediaciones que busquen ... el enseñoramiento político del terrorismo".

El episodio ha enfriado las relaciones bilaterales y este martes Chávez llamó a consultas a su embajador en Bogotá. Más fundamentalmente, este episodio ha mostrado al propio Uribe como uno de los mayores impedimentos para la paz.

El lema de campaña de Uribe en 2002 fue "mano firme, corazón grande" que debía resumir su doble estrategia para la paz - combatir militarmente al terrorismo en Colombia y al mismo tiempo reintegrar a excombatientes de la guerrilla y los paramilitares a la sociedad colombiana - siempre y cuando abandonaran su vida delictiva.

El gobierno colombiano ha seguido esta estrategia con eficacia. Más de 30.000 paramilitares de derecha de las Autodefensas Unidas de Colombia, clasificadas como organizaciones terroristas por Estados Unidos y Europa, se han desmovilizado. También, durante casi todos sus cinco años de gobierno, Uribe ha estado explorando un acuerdo de paz con un grupo guerrillero más pequeño, el ELN. Tras varias rondas de conversaciones su gobierno propuso el año pasado promover reformas legales que abrieran la posibilidad a su participación política. Entre tanto, según funcionarios locales, el grupo continúa perpetrando actos terroristas como el secuestro la semana pasada de una alcaldesa en un departamento de la costa pacífica.

Pero cuando se trata de las FARC - que Uribe llama "los terroristas más sanguinarios del mundo" - pareciera que el corazón del mandatario colombiano no es suficientemente grande. Para el Gobierno de Uribe, el hecho de que las FARC estaban recuperando reconocimiento político con la negociación del intercambio humanitario " resultó inaceptable", escribió el analista de seguridad Alfredo Rangel en El Tiempo del domingo. Rangel me dijo que Uribe podría estar tomando esto en forma personal - su padre fue asesinado por las FARC durante un intento de secuestro en 1983.

Rangel cree, aun así, que Uribe puede cambiar y que con su popularidad y su record, es la persona ideal para dar el siguiente gran paso hacia la paz en Colombia. Pero yo no estoy tan segura. Tal como muchos otros colombianos, Uribe guarda rencores. Pero esos otros colombianos no lideran al país. Colombia tal vez le está pidiendo demasiado a un solo individuo.


© 2007 The Washington Post Company

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