Una mejor alternativa a la confrontación en torno al libre comercio

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Por Marcela Sanchez
Especial por washingtonpost.com
Friday, March 21, 2008; 12:00 AM

Recientemente tuve la oportunidad de hablar con dos de los empresarios más prominentes de México, Emilio Azcárraga Jean, presidente de Grupo Televisa, y Roberto Hernández Ramírez, presidente del consejo de administración de Banamex. Entre otros temas, conversamos sobre las promesas hechas por los candidatos Hillary Clinton y Barack Obama de renegociar el Tratado de Libre Comercio de América del Norte.

Ambos descartaron dichas promesas por considerarlas retórica de campaña con escasas consecuencias. Si bien Obama quiere hacer cumplir mejor las normas laborales y ambientales y Clinton promete una "pausa comercial", los vínculos entre socios del TLCAN ahora son demasiado profundos -- y demasiado complejos -- para ser fácilmente rescindidos o "reformados" sin causar más daño del que los candidatos buscan reparar.

Claro está que tales opiniones no sorprenden viniendo de multimillonarios con interés en un mayor acceso a Estados Unidos, el mercado más rico del hemisferio. Pero pocos expertos en América Latina de este país estarían en desacuerdo incluidos muchos demócratas --particularmente demócratas pro libre comercio.

Christopher Sabatini, quien trabajó para la Agencia de Desarrollo Internacional de Estados Unidos durante la administración Clinton y está ahora en el Consejo de las Américas, calificó de "deshonesta y cobarde" la retórica de ambas campañas. Y agregó que "las pocas manipulaciones que puedan hacérsele al TLCAN no van a tener mayor impacto en el trabajador promedio que siente, correcta o incorrectamente, que ha sido afectado".

Entonces ¿dónde quedan aquellos que creen que el TLCAN, y el libre comercio en general, los han afectado o han afectado al medio ambiente? Es evidente que las preocupaciones sobre la dislocación social o la creciente desigualdad creadas por la globalización y el libre comercio, a pesar de ser manipuladas por los políticos, no dejan de ser válidas. Incluso si los candidatos pudieran ser tomados en serio, no es seguro que un enfrentamiento entre los intereses corporativos y proteccionistas garanticen empleo a los desempleados o mejoras en las condiciones laborales o ambientales.

Una estrategia más constructiva y potencialmente más efectiva sería que los gobiernos promovieran el creciente movimiento de responsabilidad social empresarial o RSE. Durante la última década, muchos en el sector privado han descubierto que está dentro de los propios intereses de su negocio el comprometerse con mejores condiciones sociales y ambientales. El Global Reporting Initiative con sede en Europa sirve como órgano auditor del movimiento.

La responsabilidad social empresarial funciona bajo lo que podría llamarse el principio Kathie Lee Gifford. En 1996, un grupo estadounidense de derechos humanos denunció la venta en Wal-Mart de ropa, con el nombre de la figura de televisión, por estar siendo fabricada por niños en Honduras. Gifford negó cualquier conocimiento del abuso y terminó convirtiéndose en defensora de mejores salarios y legislación en contra de maquilas que explotan a sus empleados. La vergüenza y las fuerzas del mercado -- en vez de regulaciones gubernamentales o arbitraje comercial -- llevaron a un cambio.

De igual forma, compañías como Nike, Chiquita Brands y Levi Strauss ahora cuentan con inspectores que envían a todo el mundo para asegurar que sus subcontratistas estén cumpliendo con las normas básicas. Es difícil imaginar una herramienta más persuasiva para promover mejores prácticas laborales y ambientales que la amenaza de un gran comprador internacional de llevar su negocio a otra parte.

Si bien la RSE está aquí para quedarse, especialmente entre aquellas empresas que compiten en economías con variedad de opciones y consumidores más ricos, solo un pequeño porcentaje de empresas latinoamericanas se ha unido al movimiento. En un artículo de la última edición de Americas Quarterly, el ex consejero de la administración Clinton, Richard Feinberg, destacó que solo 93 de las 500 empresas principales de América Latina participan en el Global Reporting Initiative y 40 de ellas son del Brasil.

Pero es precisamente en una región como América Latina, con una tradición en prácticas empresariales monopolísticas y oligárquicas y con una inequidad persistente, donde la RSE es especialmente necesaria. RSE podría convertirse en una herramienta útil de las empresas para rebatir la retórica anti capitalista de algunos líderes regionales. Y también podría conectar a las empresas con sus clientes en nuevas formas que demuestren no solo interés en su dinero sino también en su bienestar.

Azcárraga, el magnate de la televisión mexicana, cree que "hay cada vez más conciencia" social en América Latina, donde el sector privado busca nuevas formas de unirse a gobiernos y organizaciones no gubernamentales en esfuerzos para aliviar la pobreza. Es precisamente debido a ello que Feinberg cree que la próxima administración estadounidense "podrá encontrar fácilmente intereses en común con América Latina" por medio de nuevas formas de asociación para promover desarrollo económico y social. "Si lo puedes hacer en una forma más coordinada," me dijo Feinberg, "estás hablando de movilizar unas fuerzas de mercado tremendas".


© 2008 The Washington Post Company

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