Cambio histórico aunque no radical en Paraguay

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Por Marcela Sanchez
Especial por washingtonpost.com
Friday, April 25, 2008; 12:00 AM

Hasta la semana pasada, Paraguay parecía congelado en el tiempo. Mientras otros países en la región experimentaban transformaciones políticas y sociales exigidas por electorados insatisfechos con clases dirigentes corruptas y elitistas, el Partido Colorado del ex dictador Alfredo Stroessner había entrado en su séptima década en el poder.

El domingo, sin embargo, el electorado paraguayo propinó una fuerte derrota a la dominación colorada y eligió como presidente a Fernando Lugo, un ex obispo de izquierda. Lugo obtuvo 41 por ciento del voto mientras que Blanca Ovelar, la candidata del Partido Colorado, recibió el 31 por ciento. La más antigua hegemonía unipartidista del mundo llegaba a su fin.

La administración Bush recibió la elección de Lugo asegurando que "estamos deseando trabajar con él y con su nuevo gobierno". Una funcionaria del Departamento de Estado anotó además que Lugo ha tenido "una buena relación" con la embajada de Estados Unidos en Asunción y se había reunido en junio con Thomas Shannon, secretario asistente de estado para asuntos del Hemisferio Occidental.

Una respuesta tan mesurada de parte de Washington es un cambio notable. No hace mucho, un líder con vínculos a movimientos radicales de izquierda --mientras estuvo en la iglesia Lugo se identificó con la Teología de la Liberación -- habría causado aquí inquietud, si no plena condena.

Aun así, la indulgencia con Paraguay no debiera confundirse con una profunda evolución en la política de Washington. Michael Shifter, vicepresidente de políticas de Diálogo Interamericano con sede en Washington, reconoce el toque más amable de Shannon pero afirma que Paraguay simplemente no está en el radar de Washington. "El grado de distracción (en la administración Bush) es mucho mayor de lo que era", agregó.

Tal vez no haya mejor prueba de ello que la dificultad en encontrar un funcionario en el Departamento de Estado que pudiera hacer un comentario concreto sobre la histórica derrota del Partido Colorado esta semana. Ciertamente la victoria de Lugo merece por lo menos una mínima celebración del triunfo de la democracia particularmente por parte de una administración que cree, como lo ha dicho Bush, que "la promoción de la libertad es el llamado de nuestros tiempos".

Claro está que poca o nula atención es probablemente mejor que lo que ofrecía esta capital no hace mucho tiempo. Hace apenas seis años la amenaza del sur la encarnaba el candidato presidencial brasileño Luiz Inácio Lula da Silva. Políticos en Washington advirtieron que si Lula era elegido se uniría a Fidel Castro y a Hugo Chávez en "un eje del mal en las Américas que podría pronto tener armas nucleares y misiles balísticos". Lula es ahora visto como un izquierdista pragmático que no representa amenazas para Washington.

El giro a la izquierda de América Latina ha coincidido con una administración en Washington primero demasiado recargada ideológicamente y luego demasiado comprometida en otras partes del mundo. Aún así, la mayoría de los nuevos líderes latinoamericanos, incluido Lugo, han señalado su interés en mantener buenas relaciones con los Estados Unidos, aunque en sus propios términos.

Hasta ahora todo indica que Lugo será más un Lula que un Hugo. Su única nota nacionalista durante la campaña no fue una diatriba anti americanista. En cambio, el obispo de los pobres, como se le conoce, enfrentó a Brasil y prometió cambiar un impopular tratado hidroeléctrico que obliga a Paraguay a vender todo su excedente de energía a Brasil a precios inferiores a los del mercado.

Los expertos en Paraguay coinciden que Lugo no estará en condiciones de hacer reformas radicales, como la nacionalización de industrias o expropiación de tierras. La influencia del Partido Colorado continúa fuerte en el congreso, donde mantiene la mayoría, y en las otras ramas del gobierno.

Además Lugo estará limitado por su propia Alianza Patriótica para el Cambio, un grupo diverso de izquierdistas, centristas y conservadores. Si se añade a ello su inexperiencia para gobernar es evidente que a Lugo le convendría obtener el apoyo de otros gobiernos, incluso si se limita a mensajes de amistad.

Eso es precisamente todo lo que Estados Unidos puede ofrecer en este momento, asegura Juan Carlos Hidalgo, coordinador de proyectos de América Latina en el Cato Institute. Los tratados de libre comercio, la principal herramienta que la administración Bush tenía para premiar a amigos en la región, han sido archivados por la mayoría demócrata del Congreso.

No sorprende entonces que la próxima elección a seguir es la de Estados Unidos en noviembre. Si gana un demócrata, el clima político en la región tal vez se torne más benigno hacia Washington y mejoraría la oportunidad de avanzar las relaciones en términos más constructivos. Pero teniendo en cuenta lo poco que han dicho los candidatos demócratas sobre política hacia América Latina y todo lo que han dicho en contra del libre comercio, todavía queda la duda de si esta coyuntura se sabrá aprovechar.


© 2008 The Washington Post Company

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