Una Afición a Reescribir la Democracia

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Por Marcela Sanchez
Especial por washingtonpost.com
Friday, August 1, 2008; 12:00 AM

La misión del Ministro de Seguridad de Ecuador Gustavo Larrea la semana pasada era, como él mismo la describió, terminar con la "estigmatización" de Ecuador en esta capital.

Tarea nada fácil. Desde que el Presidente de Ecuador Rafael Correa se posesionó en enero de 2007, el país andino ha estado peleando con empresas de petróleo estadounidenses, ha informado a Estados Unidos que no permitirá más el despegue de aviones en misiones anti drogas desde su territorio y ha roto relaciones diplomáticas con Colombia, el aliado más cercano de Washington en la región. Larrea mismo ha estado en el centro de la disputa con su vecino, por su reunión con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia, catalogadas por Estados Unidos como una organización terrorista internacional.

En una entrevista al comienzo de su visita, Larrea lamentó que Washington haya tomado esos desacuerdos como gestos hostiles, cuando no lo son. Ese mismo día le dijo a una audiencia en Washington reunida en el Center for Strategic and International Studies que Ecuador debiera ser considerado "un amigo en la lucha por la paz, por la democracia" en vez de un enemigo.

Entre tanto en Ecuador, la "lucha" por la democracia de Correa lo ha llevado a enviar una nueva constitución al Tribunal Supremo Electoral que deberá someterla a un referendo el 28 de septiembre. La redacción de una nueva carta magna para Ecuador ha sido la prioridad número uno de Correa. El nuevo documento le dará más poder y le permitirá extender su mandato.

Correa fue el candidato del cambio en 2006 y en América Latina eso ha llegado a significar también un cambio de la constitución. Desechar la vieja constitución y escribir una nueva extrañamente se ha convertido es un método aceptable y popular para atender los males de un país. Correa tiene de hecho un fuerte respaldo para hacer precisamente eso en Ecuador.

La afición latinoamericana a alterar constituciones no tiene igual. De acuerdo con el conteo del profesor de ciencia política de la Universidad de Illinois, Zachary Elkins, casi la mitad de las 801 constituciones adoptadas en el mundo desde 1789 han sido escritas en América Latina. La República Dominicana encabeza la lista con 29 constituciones. Ecuador se acercaría más a esa cifra con 20, si la última es aprobada en septiembre.

Escribir constituciones para fines políticos es una "aberración" en la tradición democrática de la región, aseguró Arturo Valenzuela, director del Centro para Estudios de América Latina de Georgetown University y ex funcionario de la administración Clinton. "Una constitución democrática no es para darles garantías a la mayoría pasajera", dijo. Debe sobrevivir a los caprichos de un gobernante o una mayoría del momento y tiene que "darle garantías a todos", en especial a las minorías.

La obsesión de América Latina por reformas constitucionales ha llevado a veces a una desconexión cultural. En Nueva York hace dos años, el Presidente boliviano Evo Morales ofreció a una audiencia de potenciales inversionistas una entusiasta presentación sobre sus planes para una nueva constitución, ante la mirada confundida de una audiencia que buscaba garantías de estabilidad en Bolivia. Ahora, con dos años y medio en la presidencia, el esfuerzo de reformar la constitución en Bolivia se ha hecho tan contencioso que le está impidiendo a Morales gobernar.

Más profundamente, producir constituciones a granel, señala Elkins, "hace muy difícil el consolidar instituciones democráticas". Sin continuidad, la administración pública queda a la deriva y las instituciones democráticas no pueden avanzar. Se crea así un círculo vicioso en el que se promete cambio, se elevan las expectativas del electorado y nada termina lográndose.

Es más, las constituciones no son sustitutas de políticas sólidas urgentemente necesarias. Pero con demasiada frecuencia líderes en la región ganan por pequeños márgenes y llegan al poder con coaliciones políticas débiles. De repente, lo que debiera ser una gestión de alto calibre -- escribir una nueva constitución -- parece más fácil que intentar aprobar reformas urgentes en el congreso.

Con 444 artículos, es probable que la nueva constitución ecuatoriana tenga algo para todos y cada uno. Pero como Michael Shifter, vicepresidente de políticas de Diálogo Interamericano, acertadamente afirma "lo que la gente va a recordar acerca de esa constitución es lo que recuerda de la constitución venezolana: que permitirá la reelección". Shifter cree, de hecho, que buena partes de la actitud inamistosa de Correa, particularmente hacia Colombia, busca elevar el nacionalismo que le ayudará a ganar el referendo en septiembre.

Una motivación clave para enmiendas constitucionales en América Latina ha sido con demasiada frecuencia el servir al mandatario en el poder. Durante las últimas dos décadas, presidentes de Perú, Argentina, Brasil, Panamá, República Dominicana, Venezuela, Bolivia y Colombia también han intentado y en general tenido éxito en reformar la constitución para ser reelegidos.

Claro está que nadie puede decir con certeza lo que una reelección de Correa significaría para Ecuador. Pero pareciera que el proceso de escribir nuevas constituciones perpetúa un estado constante de cambio que impide un desarrollo democrático normal. Fenómeno demasiado común en América Latina.

Marcela Sanchez's e-mail address is desdewash@washpost.com.


© 2008 The Washington Post Company

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