El gusto por la patria crea un comercio de mutuo beneficio

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Por Marcela Sanchez
Especial por washingtonpost.com
Friday, September 5, 2008; 12:00 AM

Oscar Espinosa sabe que el camino más corto entre un inmigrante y su patria pasa por su estómago. Por 13 años, este inmigrante nicaragüense trabajó en equipaje y carga en el Aeropuerto Internacional Dulles de Washington, primero como maletero y luego como gerente para la aerolínea salvadoreña TACA que ofrece vuelos diarios entre Centroamérica y nueve grandes ciudades estadounidenses.

Espinosa recuerda bien el asombro en las caras de agentes de aduana cuando descubrían productos inusuales, si no desautorizados, escondidos en equipajes de pasajeros. Incluían frutas, pollo asado, carne adobada, gallinas crudas e incluso cangrejos vivos -- en su mayoría alimentos destinados a satisfacer la añoranza por sabores y aromas que dejaron atrás.

Cuando fue despedido tras los ataques terroristas del 11 de septiembre, Espinosa decidió que abriría su propio negocio. Inicialmente no tenía claro que tipo de negocio sería. Pero un día un ex colega suyo dijo la palabra mágica -- queso -- y todo comenzó a tomar forma a partir de ese momento.

"En un avión con 136 pasajeros, 142 traían queso", bromeó Espinosa en una entrevista. Entre inmigrantes centroamericanos, en particular salvadoreños, nicaragüenses y hondureños, ningún otro producto era más popular. Incluso los pilotos y demás miembros de la tripulación llevaban queso a Estados Unidos.

Espinosa y su colega lanzaron su negocio De Mi Pueblo hace cinco años con un pedido de 1200 libras de queso. Hoy en día, la compañía con sede en Springfield, Va., importa 100.000 libras al mes y ofrece otros productos como frijoles, crema y rosquillas, una especie de tostada nicaragüense hecha con harina de maíz.

De Mi Pueblo es un participante del llamado comercio nostálgico, una actividad económica cada vez más importante que resulta de la migración en un mundo globalizado. Si bien los inmigrantes en el pasado pudieron seguramente solo soñar con encontrar productos de su país en la tienda del barrio, en la actualidad esos descubrimientos son cada vez más la regla que la excepción.

Este comercio de mercancías para satisfacer la demanda de los inmigrantes empezó por medio de mensajeros informales y ahora es realizado por importadores con todas las de la ley. De acuerdo con Manuel Orozco, experto en el impacto económico de la migración de la institución de Washington Diálogo Interamericano, el comercio nostálgico desde un país como El Salvador, con un alto porcentaje de su población en el exterior, representa ahora un 10 por ciento de su comercio anual, o $300 millones de dólares.

Si bien esa cifra escasamente se compara con los $3,700 millones de dólares enviados el año pasado por inmigrantes a sus familiares en El Salvador, es la medida de una actividad transnacional con un potencial de amplio impacto económico en comunidades en este país y el exterior.

Importar productos especializados a menudo implica crear oportunidad económica para pequeños productores locales en áreas de países en desarrollo que de otra forma seguirían descuidadas. También esta actividad estimula a micro empresarios en áreas étnicamente diversas dentro de Estados Unidos. "Esta dinámica generada por los inmigrantes tiene un efecto en la creación de empleo tanto en el país de origen como en Estados Unidos", aseguró Orozco.

A Espinosa le enorgullece poder afirmar que su negocio ha contratado a casi a un pueblo entero de rosquilleras. De Mi Pueblo les ofrece entrenamiento en control de calidad a las productoras, todas mujeres en un pequeño poblado en las montañas nicaragüenses. También les ha proporcionado la maquinaria para empacar que nunca habrían podido adquirir ellas mismas.

En Estados Unidos, De Mi Pueblo emplea a seis personas tiempo completo, cuatro en Springfield y dos en Miami, Fla. Hoy sus productos alcanzan además a más de 100 tiendas y supermercados repartidos en el área de Washington.

Los vendedores de productos nostálgicos pueden ser tiendas y supermercados grandes y bien establecidos pero también incluyen a vendedores ambulantes como la inmigrante salvadoreña Francisca Ventura, quien vende queso, rosquillas y tamales en el barrio Adams Morgan, uno de los más diversos culturalmente de la capital estadounidense. Gracias al apoyo de una organización comunitaria y de la alcaldía de la ciudad, Ventura ahora comparte un mercado abierto con otras 16 vendedoras inmigrantes.

El comercio nostálgico satisface una necesidad emocional, una añoranza por la patria, y como tal, a menudo desafía la lógica empresarial tradicional. Los inmigrantes mexicanos, por ejemplo, prefieren la Coca Cola importada de México, afirma Orozco, incluso si es más costosa. También muchos inmigrantes continúan comprando productos en tiendas étnicas, tales como los populares cubos de gallina, a pesar de que son producidos por una compañía estadounidense y se pueden hallar fácilmente en cualquier supermercado, aunque en un empaque distinto.

De acuerdo con Espinosa, los salvadoreños insisten en que el queso de su país es mejor que el de Nicaragua, a pesar del hecho de que ahora todo se produce en este último. Para el empresario se trata de un fenómeno de "chovinismo" generado por productos. Orozco lo ve como una manifestación de la identidad nacional, que es particularmente fuerte entre los inmigrantes. "Por decirlo así", dijo Orozco, el hecho es que entre los inmigrantes "el sentido de pertenencia se mastica".


© 2008 The Washington Post Company

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