Líderes sudamericanos superan obsesión de culpar a otros

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Por Marcela Sanchez
Especial por washingtonpost.com
Friday, September 19, 2008; 12:00 AM

El Presidente venezolano Hugo Chávez llegó a Chile esta semana alabando la determinación sudamericana de defender la democracia y lamentando los días en que los líderes de la región se mantuvieron impávidos mientras un golpe de estado, apoyado por la CIA, derrocó en 1973 al Presidente de Chile Salvador Allende. "Las cosas ya no son como antes", recalcó. Chávez tiene razón -- hasta cierto punto.

Chávez y otros ocho presidentes sudamericanos se habían reunido en la capital chilena en respuesta a la creciente crisis en Bolivia, donde la violencia reciente ha acrecentado la preocupación por la estabilidad del país. Una cumbre de emergencia como esa en respaldo al democráticamente electo Allende habría sido impensable hace 35 años. En ese momento, seis de los líderes de los nueve países eran dictadores militares a los que, probablemente, poco les preocupaba el ascenso del General Augusto Pinochet y la desaparición del líder marxista.

Estados Unidos también ha avanzado mucho. Para Heraldo Muñoz, ex disidente chileno y actual embajador de su país ante las Naciones Unidas, la mejor señal de dicha evolución ocurrió durante los primeros años de gobierno del Presidente Bush, cuando el Secretario de Estado Colin Powell reconoció que el apoyo dado por Estados Unidos al golpe y al régimen de Pinochet "no es una parte de la historia estadounidense de la que estamos orgullosos".

Eso es muy distinto a lo de entonces, cuando el Secretario de Estado Henry Kissinger le ordenó al embajador estadounidense en Santiago "que dejara de darle clases de ciencia política a Pinochet" sobre derechos humanos, según recuerda Muñoz en su nuevo libro, La sombra del dictador: La vida bajo Augusto Pinochet. Era la época de la Guerra Fría, cuando tanto el Presidente Richard Nixon como Kissinger "dedicaron una extraordinaria cantidad de tiempo y recursos a eliminar lo que percibieron como una 'amenaza roja' en las Américas", escribe Muñoz.

Pero la Guerra Fría terminó hace casi dos décadas. Y aunque algunos funcionarios en Washington parecen tener todavía dificultades en dejarla atrás, ningún otro líder político en las Américas se destaca hoy tanto como Chávez por permanecer tercamente estancado en ese pasado.

La crisis boliviana tiene sus raíces en divisiones políticas y geográficas exacerbadas por la ascensión del poder indígena en un país hasta poco gobernado inflexiblemente por la minoría blanca de ascendencia europea. Pero en la cumbre en Santiago, Chávez fustigó a Washington, alegando que tras la crisis de Bolivia estaba "una conspiración facturada y dirigida por el imperio norteamericano, tal cual ocurrió aquí en Chile".

Chávez no podía desperdiciar lo que parecía una excelente oportunidad de acusar a Estados Unidos por la compleja situación interna boliviana. En su afán por salir a flote, la semana pasada Morales había expulsado al embajador estadounidense Philip Goldberg acusándolo de conspirar contra la democracia y la integridad de Bolivia. Chávez copió a Morales y en menos de un día expulsó al embajador estadounidense, Patrick Duddy, de Venezuela.

Ningún otro líder sudamericano vio la necesidad de hacer lo mismo -- incluidos líderes de izquierda como Cristina Fernández de Argentina, Luiz Inácio Lula da Silva de Brasil, Michelle Bachelet de Chile y Tabaré Vázquez de Uruguay. Insistieron en cambio en que la cumbre encarara la realidad de la crisis boliviana y así revelaron una región más autónoma, mucho menos obsesionada con Washington y más preocupada por encontrar soluciones a sus problemas.

Al finalizar la cumbre, los líderes condenaron los actos desestabilizadores de parte de algunos bolivianos en la oposición, ofrecieron crear una comisión para acompañar un necesario diálogo entre Morales y la oposición y respaldaron una investigación independiente sobre las muertes que resultaron de la última ola de violencia. "Creemos que los problemas de la región hay que solucionarlos en la región", dijo el canciller de Chile Alejandro Foxley en una entrevista con la televisión chilena el martes. "A mí no me gusta andar responsabilizando a otros".

En un momento, la insistencia de Chávez en evocar fantasmas de pasadas intervenciones estadounidenses amenazó con minar la cumbre, según Foxley. Pero después de seis horas de negociaciones a puerta cerrada el lunes en la noche, Chávez se retractó. La declaración final no hace mención alguna a Washington.

En sus reflexiones sobre los años de Pinochet, Muñoz describe en su libro cómo "podemos ver que Pinochet fue en parte nuestra propia creación". Escribe que "las demandas irreales de la izquierda por un cambio radical a manos de un gobierno elegido por una pluralidad", combinadas con la inflexibilidad de aquellos políticamente en el centro y con la intransigencia de la derecha , contribuyeron a profundizar la polarización. Lo que vino después fue "el fracaso de la democracia chilena y la aparición de Pinochet".

Chávez está en lo correcto al decir que el compromiso regional con la democracia es ahora tan firme que la aparición de otro Pinochet es simplemente impensable. Pero eso no es solo porque la región se opondría a un dictador militar apoyado desde afuera. Más importante aun es que casi todas las naciones en América del Sur parecen ahora más dispuestas a responsabilizarse por sus propios problemas -- un precursor indispensable para empezar a resolverlos.


© 2008 The Washington Post Company

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