La tos se volvió algo serio el 10 de noviembre, un martes. Era tos seca y fue empeorando conforme pasaba el día. Me fui a la cama temprano y desperté la mañana siguiente sintiéndome como si me hubiera arrollado un camión y me hubieran dejado a morir al borde del camino. Mi fiebre llegaba casi a los 103 grados Fahrenheit (39.4 grados Celsius) y no me quería mover.

Esto sería apenas el comienzo de mi descenso al COVID-19, una enfermedad que no discrimina y desgarra vidas y familias sin importarle si crees en ella o no. Yo sí creo en ella e intenté afanosamente evitarla. Usé cubrebocas en donde fuera que estuviera. Con la excepción de dos visitas en junio, no comí en interiores en restaurantes. Cuando comí en exteriores, me aseguré de cubrir mi cara siempre que interactuaba con otras personas. Si entraba a una tienda, seguía otras dos reglas: no pasar mucho tiempo ahí y no entrar si había mucha gente.

No soy el primer crítico gastronómico que se contagia del coronavirus y probablemente no seré el último, considerando lo que sé de las tasas de infección y la ética laboral de mis pares, quienes siguen moviéndose en sus comunidades para comunicarte lo bueno, lo malo y lo sabroso. Entre el 1 y el 29 de noviembre, casi 3.7 millones de estadounidenses se enfermaron a causa del coronavirus, según datos de los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades, lo cual representa 29% de los casos de coronavirus en Estados Unidos hasta ese momento. Estas cifras nos dicen una cosa que ignoramos bajo nuestro propio riesgo: apenas estamos entrando a la boca del lobo. Muchos más van a ser masticados en esas fauces.

También estamos en plena temporada de fiestas de fin de año y a pesar de que los casos se están disparando y de las advertencias del gobierno para evitar reuniones, cientos de miles de estadounidenses decidieron subirse a un avión para visitar a familiares y/o amigos. Lo que impulsa este comportamiento es en parte humano (el deseo de rodearse de seres queridos en esta época del año) y en parte es un desconcertante nivel de negación respecto a un virus al que no le importan un bledo tus reuniones familiares.

He leído historias sobre personas que han muerto de COVID-19 pero que no dejaron de alegarle a sus cuidadores que todo esto es un engaño, incluso mientras los estaban conectando a un ventilador porque no podían respirar por sí mismos. Esto es negación nivel cuatro estrellas, pero hay muchos niveles por debajo. Cuando empecé a sospechar que tenía la enfermedad (unos dos días antes de que llegara el diagnóstico) no me permití a mí mismo imaginar los peores escenarios. Simplemente no podía imaginar que yo estuviera entre la minoría de personas que manifiestan síntomas más allá de los que son similares a los de un resfriado, a pesar de que mi edad está por los cincuenta y muchos, de que tengo un ligero sobrepeso y también alergias graves que a veces detonan asma. Mis pulmones eran un blanco fácil.

Mi preocupación más inmediata era si perdería mis sentidos del gusto y el olfato, cosas que son síntomas comunes en enfermos de COVID-19. Algunos pacientes han tenido que esperar meses para que la sensibilidad de su olfato y sus papilas gustativas vuelva. No tenía idea de cómo iba a hacer mi trabajo si tenía un destino similar. Por fortuna nunca tuve que preocuparme por eso. Perdí mi apetito por un par de semanas y perdí peso pero nunca perdí mi habilidad de saborear ni de oler. Es una posición cruel para un crítico gastronómico: puedes oler los aromas de una sopa casera de tomate, de unas galletas de chispas de chocolate, del arroz persa, de un café recién hecho, de un ramen tonkotsu… y nada te atrae. Por dos semanas bebí casi pura agua y jugo de naranja.

En su lugar, el COVID-19 tenía otras sorpresas esperándome. El miércoles por la noche, apenas 24 horas después de empezar esta pesadilla, me desperté a las cuatro de la madrugada con una incomodidad generalizada. Me senté en la cama y en cuestión de minutos pude sentir cómo mi cuerpo se volvía en mi contra. Me sentí caliente así que me deslicé hacia el piso para dejar que la madera refrescara mi piel. Fue entonces que experimenté un dolor tan profundo y extendido por todo mi cuerpo que no pude expresárselo con palabras a mi esposa, Carrie. Lo único que podía hacer era exclamar “Ay, Dios” una y otra vez. Sabía que no iba a poder aguantar el dolor por mucho tiempo. También sabía que no iba a poder moverme del piso.

Entonces me llegó la náusea. Se sintió como si algo oscuro y pegajoso estuviera intentando salir de mi cuerpo y yo no podía moverme para ir al baño. Carrie me trajo un tazón y empecé a imaginarme que así era como todo iba a terminar: conmigo hecho una bola en el piso con mi playera de “Exile on Main St.”, la cabeza ligeramente alzada sobre un tazón de cocina de acero inoxidable, clamándole a un dios que nunca entendí. Y entonces, así nomás, como por intervención divina, el dolor y la náusea desaparecieron. Fueron reemplazadas casi de manera instantánea por una ira sobrecogedora hacia el gobierno de Donald Trump, que preferiría que todos experimentemos nuestro propio infierno de COVID-19.

Chimére Smith and Kimmy Campbell are "long-haulers," or patients who have experienced covid-19 symptoms for more than 30 days. (The Washington Post)

Para el viernes ya me estaba empezando a sentir mejor pero mi amigo Lou, un científico y ejecutivo de biotecnología, me advirtió que eso podría ser solo una pausa. Debería prepararme para la segunda ola. Tenía razón. Si el episodio de la noche del miércoles había sido un breve vistazo a la muerte, los días siguientes fueron largas batallas físicas y sicológicas durante las que nunca supe si iba a dar al hospital esa noche o no.

La hermana de Carrie, Molly, es enfermera y a sugerencia suya Carrie compró un oxímetro para vigilar nuestros niveles de oxígeno en la sangre. Las mañanas eran el peor momento. Me despertaba para hacer mis tareas cotidianas: vigilar a los perros mientras salían de la casa, hacer café vertido, y alimentar a las mascotas. Estas tareas simples podían tomarme hasta tres horas a menos que le pidiera ayuda a Carrie, algo que cada vez dudaba más en hacer porque ella también se estaba sintiendo enferma. Con frecuencia sentía que me iba a desmayar después de estar de pie por tan solo un par de minutos. Sabía que no estaba obteniendo suficiente oxígeno. Empecé a temer cada vez que ponía el oxímetro en mi dedo, a tener miedo de que ese fuera el día en que la medición estaría por debajo de 95, el límite bajo de lo “normal”, y en que Carrie tendría que llevarme a urgencias.

Para cuando le dieron el diagnóstico a Carrie, yo ya empezaba a hacer chistes de que nuestro hogar en Hyattsville, Maryland era la zona Este de la Casa Blanca. No salimos de nuestro búnker en la bahía de los enfermos por dos semanas completas. Solo abríamos la puerta de enfrente para recibir víveres que pedíamos a domicilio y las muchas comidas y paquetes que amigos y colegas dejaban para nosotros. Fue como un sueño febril: quitar el seguro, girar la manija y ¡pum!, mágicamente aparecía comida en el porche de la entrada. Sopa de pollo, sopa de lentejas, panes, brownies, quesos, tacos para el desayuno, botellas de vino, bolsas de café, fideos birmanos al curry. Luego de años de andar por toda el área metropolitana de Washington, D.C. cazando mis comidas, me sentí agradecido de encontrar unos de los fideos más finos que hay, literalmente, en la puerta de mi casa.

Dos grupos de amigos nos dejaron comida el Día de Acción de Gracias, más de la que Carrie y yo podíamos comer en una sola sentada. Disfrutamos nuestro cobertor juntos, rodeados de nuestro par de perros siempre glotones y abrigados por la idea de que, con la ayuda de nuestros amigos, familia y Tylenol, lograríamos escapar lo peor de esta cosa. Nuestras temperaturas bajaron, nuestros niveles de oxígeno se normalizaron y la energía está volviendo lentamente a nosotros.

Para mí, el Día de Acción de Gracias nunca se había tratado del banquete. Tal vez como escritor gastronómico no debería admitir esto. El desfile de platillos color beige nunca me ha atraído. Siempre fue algo secundario a la experiencia de sentarse a la mesa y escuchar las anécdotas de personas que amo, alentadas por una segunda botella de vino y una historia compartida de alegría y pena. Muchos de nosotros no tuvimos esa experiencia este año, pero el sacrificio es un acto de amor, como decir: puedo soportar un Día de Acción de Gracias vacío para asegurarme de que la mesa familiar va a estar llena de vida en los años por venir.

Esta vida y la gente con la que decidimos compartirla son todo lo que tenemos. Siento que he recuperado mi vida. Puedo respirar de nuevo y cuando estemos del otro lado de la pandemia, planeo pasar tanto tiempo como sea posible ocupando el mismo espacio y el mismo aire que la gente que nos ayudó a pasar este calvario. Volveremos a reír juntos, a comer juntos y a respirar libremente juntos.

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