Ruth DeFries es profesora de Desarrollo Sustentable en la Universidad de Columbia y autora de “The Big Ratchet: How Humanity Thrives in the Face of Natural Crisis”. Doug Morton es el jefe del Laboratorio de Ciencias Biosféricas en el Centro de Vuelo Espacial Goddard de la NASA. Este texto refleja sólo sus opiniones.

Hace poco más de 16 años, durante un día sofocante en la franja sureste de la selva amazónica, nos sentamos en un tronco a medio quemar para recuperar el aliento. En el horizonte, las columnas de humo flotaban hacia el cielo y las motosierras rugían a la distancia. No sabíamos que, en ese momento y lugar, nos estábamos acercando rápidamente al punto máximo de deforestación de la Amazonía en este siglo. Era julio de 2003 en el estado brasileño de Mato Grosso.

Recordamos ese momento recientemente al saber que, este año, la Amazonía brasileña está sufriendo un récord de incendios, resultado de un clima más seco y de quemas intencionales para reducir el tamaño de la selva. Mientras el humo de los incendios forestales cubre la zona una vez más, la respuesta de las personas en el poder ha sido atacar a los científicos que trabajan en el gobierno, intentando así encubrir información como la que muestran los registros satelitales. Pero las lecciones que ha aprendido Brasil en el pasado muestran la importancia de estos datos, y podrían ahora mostrar el camino a seguir.

En 2003, hicimos un recorrido con nuestros colegas del Instituto Nacional de Investigación Espacial de Brasil (INPE) como parte de una colaboración entre científicos estadounidenses y brasileños. El objetivo era comprender cómo el bosque amazónico almacena grandes cantidades de carbono que, de otro modo, atraparían el calor en la atmósfera, y cómo los árboles transforman el agua en nubes que sustentan los bosques y las zonas alejadas de cultivo.

Antes de partir hacia la selva, revisamos con nuestros colegas brasileños los datos de un satélite que había sido lanzado recientemente y que nos enviaba imágenes diarias del bosque. Los datos eran prometedores, sugiriendo la posibilidad de reducir el tiempo entre la tala de una zona forestal y el mapeo de la misma por parte del INPE. Con los satélites más antiguos, esto podía demandar semanas o meses.

¿Era posible confiar en los algoritmos? La única forma de averiguarlo era viéndolo con nuestros propios ojos, así que marcamos los lugares a verificar en un mapa y partimos. Después de cruzar puentes de madera frágiles, cambiar numerosas llantas ponchadas y desatascar los autos de la arena, llegamos a uno de los puntos en el mapa. De inmediato vimos cómo una cadena gruesa colocada entre dos tractores había arrancado los árboles desde la raíz. En el segundo punto había pilas de árboles que todavía ardían. Un tercer lugar tenía signos de deforestación reciente. Luego, un cuarto, quinto y sexto. Cada claro era tan grande como un maizal de Iowa. El algoritmo tenía razón.

Sentados en ese tronco a medio quemar, nos miramos consternados. Estábamos encantados con la precisión del algoritmo, pero angustiados por lo que significaba: el forraje para el ganado y los plantíos de soya que se enviarían a Europa y Asia estaban reemplazando a los árboles. Las imágenes del satélite nos mostraban el panorama general: el bosque amazónico estaba desapareciendo ante nuestros ojos.

Nuestros colegas brasileños se pusieron a trabajar con habilidad y dedicación. Durante décadas, el gobierno brasileño ha tenido el mejor sistema del mundo para monitorear sus bosques. Las estimaciones del INPE son el estándar máximo para documentar oficialmente los cambios forestales. La clave ha sido la transparencia: las imágenes de satélite, los métodos y los resultados se comparten con todo el mundo. Y su trabajo hizo la diferencia. Los datos por sí solos no pueden mantener el bosque en pie, pero, sin ellos, incluso las mejores políticas públicas no pueden implementarse.

En los años siguientes, las tasas de deforestación bajaron gracias a las políticas gubernamentales que combinaban apoyo y sanciones para los ganaderos y agricultores. Se derrumbó el viejo discurso que dice que mantener los bosques se interpone en el camino del progreso. Con zonas de pastoreo y sembradíos bien manejados, los ganaderos y agricultores produjeron más carne de res y soya a pesar de las restricciones para ampliar los claros. Brasil se convirtió en un ejemplo para otros países bendecidos con grandes extensiones de bosques tropicales. El monitoreo satelital de la deforestación se volvió algo casi tan cotidiano como un chequeo médico anual.

Con los cambios políticos, el exitoso modelo de Brasil está perdiendo brillo. La deforestación avanza poco a poco, algo que se sabe por el propio sistema de la INPE y otras fuentes. Al presidente brasileño, Jair Bolsonaro, quien ha hecho de la oposición a las políticas ambientales un pilar de su plataforma, no le gustan estos datos. Está utilizando la conocida táctica de decir que la verdad es una mentira y se ha lanzado contra quienes lo contradicen, pues la realidad se interponen en el camino de las mineras, de satisfacer el clamor por la agricultura comercial y de construir infraestructuras masivas. Todo esto tiene un gran costo.

En los años que han transcurrido desde que nos sentamos en ese tronco al borde de la frontera de la deforestación, Brasil le demostró al mundo que las políticas funcionales podían frenar el daño. Pero los activos más vitales de nuestro planeta nunca pueden estar completamente a salvo de los cambios políticos que revierten el curso de lo ya ganado. Los éxitos requieren años del trabajo arduo y la experiencia técnica de muchas personas talentosas, como nuestros colegas de la INPE. Mientras las motosierras rugen una vez más, nosotros nos solidarizamos con la verdad: un registro satelital de la pérdida de bosques para los ojos del mundo.

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