*Ignacio Escolar es director de eldiario.es y analista político en radio y televisión.

El primer partido de extrema derecha que ha llegado al Parlamento español en cuatro décadas se llama Vox. Es un partido machista, como el estadounidense Donald Trump. Xenófobo, como el italiano Matteo Salvini. Homófobo, como el brasileño Jair Bolsonaro. Autoritario, como la francesa Marine Le Pen. Entre otros muchos excesos, sus dirigentes han asegurado que los inmigrantes pueden traer “pandemias como el ébola”; que la homosexualidad “no es amor sino vicio” y “se puede curar con terapias”; que la prostitución es “la forma más segura” de tener sexo y evitar una denuncia por violación si eres hombre; y que las feministas son “feas como las hermanastras de Cenicienta”.

Vox nació el martes 17 de diciembre de 2013, a partir de que su fundador y líder, Santiago Abascal, se quedó sin trabajo tras años de vivir de distintos cargos políticos en los que lo había colocado el Partido Popular (PP, el principal partido conservador de España).

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Solo cuando fue despedido de su último puesto —director gerente de una fundación pública sin mucha más actividad que pagar su sueldo—, Abascal decidió darse de baja del partido y montar uno nuevo más a la derecha: Vox.

Cabe preguntarse qué habría ocurrido si el PP no lo hubiera despedido del cargo donde cobraba casi cuatro veces más que el salario medio en España. Es posible que Vox hoy no estuviera aquí. Pero que el líder de la extrema derecha militara durante casi dos décadas en el PP explica por qué Vox no emergió antes en España: ya era una corriente interna del partido conservador más popular.

Probablemente era mejor así. La influencia de esta ideología en el debate público era menor cuando estaba domesticada dentro del PP. Y su salida no ha servido para moderar al resto de la derecha. Al contrario: la irrupción de Vox ha radicalizado el discurso conservador.

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España ha sido de los últimos países europeos donde un partido como Vox ha llegado al Parlamento, pero también ha sido de los primeros donde esta ideología ha alcanzado importantes cuotas de poder. En Francia o en Alemania los conservadores se han negado a pactar con la extrema derecha y la han aislado. En España no ha sido así. Vox es socio del PP y del segundo partido de la derecha, Ciudadanos, en tres gobiernos regionales y en los ayuntamientos de decenas de grandes ciudades, empezando por la capital. Cada medida importante que toman PP y Ciudadanos en estos gobiernos depende de los votos del partido de Abascal.

La relación entre derecha y extrema derecha es tan cordial que el PP abrió la puerta a Vox para participar en una candidatura conjunta de “unidad nacional” si se repiten las elecciones en noviembre. Es dudoso que esa coalición se vaya a producir: Vox ya rechazó la invitación. Pero que se plantee esa opción demuestra hasta qué punto la derecha y una parte de los medios de comunicación han normalizado a la extrema derecha.

Vox nació del PP y creció gracias a la crisis política de octubre de 2017: el intento de Cataluña de independizarse de España. La reacción nacionalista explica en parte por qué es ahora, y no antes, cuando esté partido ha logrado emerger. El nacionalismo extremo y el militarismo son claves en los discursos de Vox.

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En ellos son habituales las reivindicaciones del imperio español, de “los Tercios” —la infantería española de los siglos XVI y XVII— o del “conquistador de América” Hernán Cortés. Una de las canciones que más suenan en sus mítines es “El novio de la muerte”, el himno de la Legión española. Abascal ha señalado sobre su programa de gobierno que él no tiene “el Estado en la cabeza, sino a España en el corazón”.

La buena sintonía entre ambos partidos no solo se explica por la necesidad: Santiago Abascal y el actual presidente del PP, Pablo Casado, son de la misma generación y se conocen desde hace décadas.

Hay otro motivo: Vox es un partido neoliberal en lo económico. A diferencia de Salvini en Italia, Abascal está a favor de la Unión Europea. Y a diferencia de Le Pen en Francia, Vox defiende el libre mercado, las rebajas de impuestos —especialmente a los más ricos— y la reducción del Estado a su mínima expresión. Es un programa económico más radical que el del PP, pero en la misma dirección.

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Como sus dirigentes, sus votantes también provienen del PP: son en su mayoría hombres de clase acomodada y no tiene tanto apoyo en los barrios pobres.

Sin embargo, y a diferencia de lo que ocurre en el resto de Europa, la extrema derecha española apenas ha logrado quitar votos a los partidos de izquierda. Por eso nunca se convertirá en el partido más votado del país. De hecho es probable que, si se repiten las elecciones en noviembre, Vox pierda parte de sus votos, que en gran medida regresarán al PP.

La buena noticia para España es que Vox probablemente nunca será más que un partido minoritario, aunque en este momento tenga poder. La mala, que su discurso machista, homófobo, xenófobo y autoritario está siendo normalizado como una ideología tan respetable como las demás. Y no lo es.

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