Siempre me ha costado trabajo entender por qué alguien creyó que WeWork, la startup de bienes raíces, valía casi 50 000 millones de dólares.

El modelo de negocio parecía razonablemente sencillo: rentar un montón de espacio para oficinas, añadirle unas paredes, cerveza, una sofisticada máquina de café y subarrendar pedazos pequeños de ese espacio en plazos mensuales. WeWork es básicamente un casero comercial y ninguno de los métodos tradicionales para valuar propiedades comerciales indica que podría generar un total de 50 000 millones de dólares. ¿Realmente el café y la cerveza están trayendo tanto dinero extra? Y en ese caso, ¿por qué no simplemente abrir una cadena de cafeterías o bares?

Mientras WeWork se prepara para salir a bolsa en Estados Unidos, parece que a los inversionistas potenciales para la oferta pública inicial también les está costando trabajo entenderlo. El jueves de la semana pasada, The Wall Street Journal reportó que la compañía matriz de WeWork está considerando reducir su valuación al rango de los 20 000 millones —menos de la mitad de la valuación en su más reciente ronda de financiamiento—, luego de que los inversionistas potenciales “expresaron un amplio escepticismo respecto al modelo de negocio y la gobernabilidad corporativa”.

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WeWork no es el único “unicornio” tecnológico que ha perdido algo de su magia. Uber y Lyft son probablemente los unicornios más famosos. Ambas compañías, valuadas en más de mil millones de dólares en rondas de inversión privadas, han ido rezagando por mucho sus valuaciones iniciales desde que salieron a bolsa esta primavera. Ahora otro de los unicornios más conocidos parece estar perdiendo su lustre, y tal vez no se trate de un accidente.

Estas compañías se volvieron tan famosas y obtuvieron valuaciones tan estratosféricas porque prometieron ser revolucionarias y no evolucionarias. En el caso de Uber y Lyft, por ejemplo, los inversionistas estaban comprando no solo una mejor manera de conseguir un taxi, sino también la opción de un futuro en el que todo mundo tercerizaría la tenencia de un auto.

Piénsalo: hay unos 250 millones de autos en Estados Unidos, los cuales están estacionados 95% del tiempo en promedio. Para mantener ese inmenso exceso de capacidad, los consumidores estadounidenses pagan un promedio de 37,000 dólares por cada uno, para un total de unos 17 millones de vehículos nuevos al año.

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Si pudiéramos reducir tan solo la mitad de esa capacidad no utilizada a través de servicios de taxis, podríamos ahorrarnos cientos de miles de millones de dólares, sin mencionar el lío del tráfico, y los costos ambientales de todo ese metal y plástico. Dénle a Uber y a Lyft la mitad de ese dinero y estarían nadando en ingresos.

Solo que cuando se ve una inmensa redundancia en los mercados, con frecuencia es porque hace algo muy valioso: asegura la disponibilidad confiable de servicios extremadamente importantes. Tomemos como ejemplo mi familia, que parece estar perfectamente adaptada a un estilo de vida libre de auto. Vivimos en un vecindario urbano, densamente poblado y caminable y, en 10 años, mi auto ha recorrido menos de 32 000 kilómetros. ¿Entonces por qué tomarnos la molestia de siquiera tener un auto?

Una razón: su nombre es Fitzgerald, pesa 72 kilos y debe viajar frecuentemente al veterinario por envenenamiento.

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Hasta que Uber pueda garantizar que podemos estar en camino y acelerando hacia el hospital de animales en Virginia en menos de diez minutos después de que Fitzgerald se zampe medio kilo de pasas, seguiremos teniendo auto. Claro, la mayoría de la gente no tiene un mastín inglés voraz, pero la gente suele tener hijos o familiares de edad avanzada quienes a veces necesitan viajes en auto así de urgentes. O tienen trabajos en los que no pueden salir del paso con llamarle a su jefe y decir: “Lo siento, mi Uber canceló, voy a llegar tarde”.

Estas personas no pueden renunciar a sus autos a menos que Uber y Lyft puedan garantizar la misma disponibilidad que el Honda en su cochera. Las compañías no están para nada cerca de eso todavía, en especial fuera de centros urbanos densamente poblados. La única manera en que podrían lograr una confiabilidad similar sería añadiendo mucha de la inmensa sobrecapacidad que queríamos eliminar.

Una advertencia similar aplica a WeWork. La compañía se dedica fundamentalmente al negocio de disminuir riesgos: al rentar en WeWork, compañías pequeñas y fugaces no necesitan cargar con el alto costo de construir una oficina ni la costosa obligación de un arrendamiento a largo plazo, y los dueños evitan la molestia y el riesgo de lidiar con arrendadores pequeños. El problema es que WeWork en realidad no elimina todos los riesgos, gastos y molestias; la compañía simplemente las absorbe. A menos que obtenga un muy buen pago por hacerlo (y en la actualidad WeWork está perdiendo dinero a manos llenas), podría estar coqueteando con la insolvencia tan pronto como el capital de los inversores se termine, o Estados Unidos entre a una recesión.

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Los inversores de capital de riesgo prefieren historias de inversión revolucionarias sobre las evolucionarias porque cuando tienen éxito, las revoluciones de los negocios dan dinero a borbotones. Google y Facebook, Apple y Amazon realmente han cambiado el mundo y también hicieron a sus inversores fabulosamente ricos.

Pero siempre ha habido más aspirantes a revolucionarios que revolucionarios de verdad. Y en el largo plazo, tanto en política como en economía, el cambio por evolución ha demostrado ser por lo general más remunerador y duradero que la disrupción radical. Ni siquiera los unicornios tienen la magia suficiente para repeler esas verdades, lo que puede ser la razón por la cual los unicornios que nos ofrecen mejores hamburguesas a base de plantas o teleconferencias más claras están haciendo más dinero para sus inversores que las firmas que prometieron revolucionar por completo nuestro estilo de vida.

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