Fred Ryan es Publisher y CEO de The Washington Post. Trabajó en la oficina del expresidente estadounidense Ronald Reagan.

En el ciclo acelerado de noticias en el que vivimos, los periodos de atención son cortos. Después de la indignación de mañana, la gente no recordará la de hoy y, mucho menos, la de la semana pasada. Cualquiera que busque evadir el tener que rendir cuentas por acciones vergonzosas puede contar con la ayuda de la corriente implacable de nuevas controversias.

Pero no importa cuán grave sea la sobrecarga de información, algunas acciones son demasiado atroces como para que el público las olvide.

Hace un año Jamal Khashoggi, columnista y colaborador de The Washington Post, fue brutalmente asesinado por un escuadrón de asesinos enviado por orden del príncipe heredero de Arabia Saudita, Mohammed bin Salmán. La evidencia sugiere que los sauditas esperaban esquivar la justicia cuando el caso de Jamal desapareciera de la memoria pública. Inicialmente, buscaron evadir el tema al negar cualquier conocimiento del paradero de Jamal. Cuando la comunidad internacional insistió en obtener respuestas, alegaron que Jamal era víctima de un “asesino solitario”. Los informes indican que, meses después del asesinato, Mohammed todavía le aseguraba a quien lideró el asesinato que regresaría al círculo íntimo de la realeza en cuanto el furor por la muerte de Jamal disminuyera.

Mohammed va a tener que esperar mucho tiempo. El horror que siente el mundo por el asesinato de Jamal no se desvanecerá así nada más, por muchas razones. Aquí hay algunas que deberían hacer eco en los estadounidenses de todas las aristas políticas.

La primera es la naturaleza diabólica del crimen. Jamal fue atraído al Consulado de Arabia Saudita en Estambul, Turquía, para obtener una licencia de matrimonio y poder casarse con su prometida turca. Ella lo esperó en la puerta del consulado, sin saber que 15 asesinos entrenados lo aguardaban dentro. Uno de los atacantes estaba armado con una sierra para huesos. No buscaban una pelea justa: Jamal estaba en desventaja de 15 a uno y no tenía esperanzas de poder defenderse. Estos detalles macabros e indignantes están aún en la memoria de la gente.

En segundo lugar la gente no olvidará fácilmente que el líder de un país aliado de Estados Unidos desde mucho tiempo, que además recibe enormes cantidades de ayuda, dirigió el asesinato de un residente estadounidense que además trabajaba para un periódico nacional. Esta agresión descarada forma parte de un patrón más amplio de brutalidad por parte de Mohammed. A medida que el príncipe heredero de 34 años se consolida en el poder, ha emprendido una campaña para silenciar a los disidentes: mantuvo prisioneros a 200 líderes empresariales dentro de un hotel Ritz-Carlton, encarceló y torturó a mujeres activistas que buscaban libertades básicas, secuestró al primer ministro de una nación soberana y alimentó una guerra devastadora en Yemen. Que un aliado de Estados Unidos muestre un desprecio tan flagrante hacia nuestros valores sin esperar consecuencias, dice mucho sobre la forma en que ahora se percibe a los Estados Unidos. La alarma que sienten los estadounidenses sobre nuestra posición disminuida es poco probable que se desvanezca.

Esto está relacionado con la tercera razón por la que el ataque contra Jamal sigue vivo en nuestra memoria y la de la audiencia: la respuesta de Estados Unidos. Después del asesinato, la administración de Trump buscó posibles acuerdos de venta de armas con los saudíes, en lugar de tener el coraje para defender los valores estadounidenses de la libertad de prensa y los derechos humanos. Cuando el presidente de los Estados Unidos abandona nuestros principios porque un tirano le firma un gran cheque, nos sentimos enojados y descorazonados.

Los estadounidenses no son las únicas personas prestando atención a este tema. Los regímenes autoritarios de todo el mundo también están tomando nota. La reacción de impotencia de los líderes de nuestro gobierno le indica a los caciques de todas partes que pueden aterrorizar a su pueblo, y burlarse de Estados Unidos, con impunidad.

En cuarto lugar, será difícil olvidar el desaire inexplicable del gobierno federal a la Agencia Central de Inteligencia (CIA), las Naciones Unidas (ONU) y el Congreso. Aunque la investigación de la CIA determinó con gran confiabilidad que Mohammed ordenó el asesinato de Jamal, los expertos de la agencia fueron ignorados. El relator especial de la ONU que investiga el caso declaró que Estados Unidos se está permitiendo “ser cómplice de lo que a todas luces es una injusticia” y pidió al Buró Federal de Investigaciones (FBI) que siga investigando. No se ha anunciado ninguna acción por parte de esta instancia.

Y quizá lo más atroz es que la administración de Trump sigue obstruyendo al Congreso y violando los términos del Acta Global Magnitsky. El año pasado, un grupo bipartidista de senadores invocó esta norma y le exigió al presidente que informara al Congreso de los hallazgos de su gobierno sobre quién mató a Jamal. Por ley, el informe debía presentarse el pasado febrero. El Congreso aún sigue esperando.

A los estadounidenses no les gusta ver que se ignore así como así a instituciones y ramas importantes de nuestro gobierno. Eso menosprecia y desmoraliza a los hombres y mujeres que arriesgan sus vidas todos los días para obtener los datos de inteligencia que mantienen segura a nuestra nación. Y ofende nuestra dignidad como una nación de leyes.

Quinto: el recuerdo del asesinato de Jamal será duradero porque sus efectos serán duraderos. Seremos privados para siempre de las historias que él habría escrito y, por lo tanto, permaneceremos siempre ignorantes de la corrupción que podría haber expuesto, el heroísmo que podría haber elogiado y las ideas que podría haber ofrecido.

La historia de Jamal no se puede olvidar. Si es así, sus asesinos lograrán evadir la justicia. Y Jamal Khashoggi no será la última víctima de Mohammed bin Salmán.

Sin embargo, podemos sentirnos reconfortados de que, por todas estas razones, Jamal seguirá siendo recordado este 2 de octubre y por muchos años más. Esperamos que algún día, cuando Arabia Saudita y Estados Unidos tengan un mejor liderazgo, el caso de Jamal sea recordado como un punto de inflexión. Podría quedar un como un registro del momento en que Arabia Saudita comenzó a comprender las consecuencias de su brutalidad, de cuando Estados Unidos aprendió importantes lecciones sobre defender sus valores y de cuando ambos países redescubrieron la libertad, los derechos humanos y el respeto por la verdad.

Lee más sobre Jamal Khashoggi (en inglés):