Mario Maldonado es periodista financiero de prensa, radio y televisión en México.

Andrés Manuel López Obrador perdió la apuesta del crecimiento económico. Desde que asumió la presidencia de México, en diciembre de 2018, retó en distintas ocasiones a los analistas financieros y a los organismos internacionales —como el Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial— a que el país crecería al menos 2% en 2019. Sin embargo, la realidad terminó por imponerse y, en el mejor de los casos, el Producto Interno Bruto (PIB) cerrará el año con un crecimiento de 0%. Esta semana, el Banco de México señaló que será de entre -0.2% y 0.2%.

Los datos oficiales fueron borrando las altas expectativas iniciales del presidente y, hacia mediados del año, viró su discurso. “Estamos creciendo poco”, reconoció, pero hay “más desarrollo y mejor distribución de la riqueza”. Hay pocos indicadores que puedan comprobar su dicho. Quizá uno sea el aumento del salario real, impulsado por los ajustes al salario mínimo, pero aún no hay evidencia clara de mexicanos que dejaran de ser pobres, ni que la clase alta tenga menores ingresos que en el sexenio anterior.

Un funcionario del gabinete, quien me pidió no ser citado, me explicó recientemente cómo funciona la lógica de López Obrador en materia económica: “El presidente ha recorrido todo el país y se ha dado cuenta de las necesidades que hay en las distintas regiones, sobre todo en las más marginadas. Ahí es donde está enviando los recursos de los programas sociales y piensa que está habiendo una mejor distribución de los ingresos. Por otro lado, la política de austeridad del gobierno —que ha reducido el salario de los funcionarios—, el control de las licitaciones públicas y la disminución del gasto público, le hacen deducir que quien tiene mayores ingresos está concentrando menos riqueza”.

El presidente sostiene, en público y en privado, que las proyecciones del crecimiento económico son hechas por “técnicos” (o tecnócratas) que poco saben de lo que él llama la “economía real”, que es la que vive “el pueblo”.

Para demostrar que el desarrollo sí ha llegado a la población a la que se ha entregado apoyos por 300 mil millones de pesos este año, como a los adultos mayores —125 mil millones de pesos— o los campesinos del sureste — 20 mil millones—, dijo tener información de que en las rancherías se solía sacrificar una res cada semana, pero ahora se sacrifican dos “porque hay un poco más de recursos”. También refirió que Carlos Slim, el hombre más rico del país y dueño de un consorcio de telecomunicaciones, le comentó que se está “incrementando el uso del teléfono”.

Las referencias del presidente chocan con la lógica del modelo “tecnócrata neoliberal” que tanto ha criticado, el cual se basa en datos estadísticos oficiales y modelos econométricos para medir y proyectar indicadores. Esta es la razón por la cual López Obrador busca instaurar un nuevo modelo económico “posneoliberal”, sin que hasta ahora queden claros los postulados o las bases de esa propuesta.

Aunque su libro “Hacia una economía moral” —publicado hace unos días— trata sobre este tema, ha sido criticado incluso por Carlos Urzúa, su exsecretario de Hacienda, por su fuerte carga ideológica y política y poco desarrollo de temas económicos. Además, porque en él no habla de los objetivos de crecimiento.

Si bien es inexacto decir que la economía mexicana está en crisis o en recesión, a pesar del crecimiento negativo de -0.1% de los primeros nueve meses de 2019, es un hecho que hay un estancamiento que pone en entredicho los objetivos económicos iniciales de crecer al menos 2% anual. Pero el rumbo puede recuperarse.

López Obrador acaba de acordar con la iniciativa privada una inversión en infraestructura para reactivar la economía y poder desarrollar regiones históricamente rezagadas️ como el sur y sureste del país. El plan contempla 147 proyectos que requerirán una inversión de 859 mil millones de pesos. Si se ejecuta adecuadamente, la inversión en infraestructura será de 5% del PIB, algo que no se consiguió ni en el sexenio de Felipe Calderón —cuyo lema fue “el sexenio de la infraestructura”— cuando llegó a 4.5%.

Durante la presentación pública de los proyectos, el millonario Carlos Slim fue cuestionado sobre el estancamiento de la economía y el primer año de gobierno de AMLO. Dijo que no hubo crecimiento pero que ya se creó confianza para la inversión: “No era importante que creciera la economía este año. Están sentadas las bases, se creó una gran confianza para la inversión financiera”.

El presidente perdió la apuesta del crecimiento económico en su primer año de gobierno, pero aún tiene la confianza de un sector de los empresarios. Carlos Salazar, el presidente del Consejo Coordinador Empresarial, la cúpula del país, me confió que le dijo una vez a López Obrador: “Una elección se puede ganar sin los empresarios, pero no se puede gobernar sin ellos”. Parece que el presidente ya lo entendió.

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