El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, cumplió este 1 de diciembre un año en el cargo. Es claro que ha tomado decisiones y realizado actos buenos, malos y feos. Empezaré con lo bueno.

En lo económico: desde que estaba en campaña apostó decididamente por mantener un tratado de libre comercio con Estados Unidos y Canadá, ha diseñado dos presupuestos (2019 y 2020) equilibrados, prolongó el equilibrio macroeconómico y aumentó el salario mínimo 16% sin que eso disparara la inflación.

En lo político: borró la imagen de suntuosidad asociada al ejercicio del servicio público y, aunque ha bajado su aprobación, sigue gozando de una enorme popularidad y capital político. También impulsó reformas a las leyes laborales para facilitar la democracia sindical y para enmendar la vieja deuda social que tenía el país con las trabajadoras del hogar.

En lo mediático: ha puesto a México a hablar de los asuntos públicos como nunca antes y eso es sano para la sociedad. Ha animado el debate y, desde su polémica tribuna de las conferencias matutinas diarias, ha despertado un interés récord por los asuntos del gobierno.

Pasemos a lo malo.

En lo económico: es una máquina de generar desconfianza entre los inversionistas. Lo ha logrado con temas como la cancelación del aeropuerto en Texcoco, la necedad de malgastar en una nueva refinería el dinero que Pemex (la empresa petrolera estatal mexicana) no tiene y el torpe golpe a los contratos de empresas privadas que transportan gas natural por gasoductos. Todos ellos radiografían a un presidente que no sabe de economía, pero que actúa como si supiera: niega los datos y contesta con calumnias a quienes cuestionan sus políticas o a las calificadoras internacionales que le rebajan la calificación crediticia. Apostó que el crecimiento del Producto Interno Bruto sería de 2% y ahora presume el 0%.

El problema no es que haya crecimiento cero. Eso ha pasado en México antes. El problema es que los expresidentes que tuvieron estancamientos similares, o hasta crisis económicas, al menos las reconocían y se mostraban dispuestos a hacer lo que fuera necesario para revertirlas. López Obrador no: ni lo reconoce ni se muestra dispuesto a trabajar para revertirlo. Ahí está el núcleo de la desconfianza. Sin confianza no hay inversión, sin inversión no hay éxito económico y, sin él, la Cuarta Transformación del país que dice buscar el presidente se quedará en puro apodo.

En lo político: reformó la ley para entregar la educación del país a la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, que es lo peor del sindicalismo; puso la política migratoria mexicana al servicio del presidente estadounidense, Donald Trump; y manejó con tal torpeza los nobles ideales de austeridad y de no corrupción que generó una crisis social que pasó de la falta de guarderías a la escasez de medicinas hasta para niños con cáncer.

La loable lucha contra la corrupción alcanzó rápido a sus rivales políticos de gobiernos anteriores como la exsecretaria de Desarrollo Agrario, Rosario Robles —hoy en juicio político— pero perdonó a sus aliados como Manuel Bartlett, director de la Comisión Federal de Electricidad y quien tiene 21 denuncias ante la Secretaría de la Función Pública.

También se ha negado al diálogo con sus opositores: prefiere echarles gases lacrimógenos, como a los alcaldes a quienes no quiso recibir en sus oficinas de Palacio Nacional. Tiene una sagacidad extrema para hablar pero una notable incapacidad para escuchar, no se diga corregir: las renuncias de Carlos Urzúa a la Secretaría de Hacienda y Germán Martínez al Instituto Mexicano del Seguro Social dieron pistas de ello.

Pero nada fue tan contundente como el fallido operativo en la norteña ciudad de Culiacán para capturar al hijo del narcotraficante Chapo Guzmán, en el que las fuerzas armadas tuvieron que liberarlo tras su detención. Pese a todas las voces que le han señalado al presidente que su estrategia de seguridad es un error, él se aferra a ella. Eso ha llevado a México a sufrir este año su nivel más alto de homicidios desde que se tienen registros.

En lo mediático: ha tratado de hacer de sus conferencias matutinas diarias un show propagandístico. Y aunque no siempre lo ha logrado, utiliza esa poderosísima tribuna desde Palacio Nacional para calumniar a periodistas y medios de comunicación que lo critican, cuestionan o sencillamente publican información que no le es favorable. El presidente López Obrador es una amenaza para la libertad de expresión en un país que ya es el más peligroso de América para los periodistas.

Llegamos a lo feo.

Paulatina, pero sistemáticamente, el presidente trata de desmantelar todos los contrapesos institucionales a su investidura. Puso a una fanática suya en la Comisión Nacional de Derechos Humanos; llenó los organismos que regulan el mercado energético de gente incondicional a él, pero incapaces; los que regulan las telecomunicaciones están a sus órdenes; derribó a la cabeza del organismo autónomo que mide la pobreza; se está quedando con la Suprema Corte y sus alfiles ya apuntan contra el Instituto Nacional Electoral.

Si analizamos a detalle lo bueno, lo malo y lo feo, podemos sintetizar en una frase el primer año de AMLO en el poder: los logros son puntuales pero las deficiencias son estructurales.

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