Romina Pons es periodista musical. Coautora de dos libros sobre música. Actualmente conduce el programa matutino Sálvame Diario por salvameradio.com.

La primera vez que fui a un concierto de Café Tacvba, uno de los grupos de música más importantes de México y Latinoamérica, cumplían 15 años. Fue en el Palacio de los Deportes, en la Ciudad de México, un lugar donde han tocado también Radiohead y Paul McCartney.

Rubén, Quique, Meme y Joselo —nombres que en conjunto no necesitan apellidos— entraron en una carroza saludando, vestidos como si fueran a una fiesta de 15 años. Yo tenía 18 años y lo que más me llamaba la atención era que una banda mexicana tuviera un sonido actual y siguiera siendo relevante después de década y media. 15 años después siguen siendo actuales, relevantes y, también, mal vestidos.

En el imaginario de Café Tacvba, desde que iniciaron, existen todos los Méxicos. Por sus discos han pasado ritmos de todo el país y le hablan a todos los grupos: lo escuchan los ricos, los rockeros, los intelectuales, los hippies y los rebeldes. Siempre hay una canción suya que musicaliza un momento importante, algún encuentro o historia. Forman parte de nuestro inconsciente colectivo.

En una buena fiesta mexicana, sin importar dónde se realice y el costo que haya tenido, sonará tarde o temprano alguna canción de ellos: “Eres” para los cursis, “Las Flores” para los folclóricos, “Las Batallas” para los intelectuales y “Rarotonga” para los rockeros. Si gritas en la calle “Pa-pa-ru-pa-pa”, sabes que antes del tercer intento alguien contestará con “eu-eo”.

Su música forma parte de la banda sonora no sólo de nuestra cotidianeidad, sino también de películas como Biutiful, Y Tu Mamá También y hasta la versión latinoamericana de Batman y Robin. Está tan arraigada en nuestra cultura que la llevamos a todos lados. No tienes que amarlos ni ir a todos sus conciertos para entender su trascendencia.

El mundo también la entiende. En 2012 la revista Rolling Stone en Estados Unidos nombró a su disco Re como el disco más importante de rock latino, y les llamó “Radiohead mexicano”. La declaración generó tanta controversia en redes que la versión mexicana de la marca sacó un comunicado deslindándose de dicha afirmación.

La comparación me parece no solo adecuada sino muy atinada: son contadas las bandas que logran reinventarse en cada disco, hacer cosas nuevas y, sin embargo, mantener su esencia. Ambos grupos están formados por músicos excelentes y multi instrumentistas, no le tienen miedo al cambio y han logrado trascender sin volverse complacientes.

En una sociedad obsesionada con la juventud, a los tacvbos no les asusta crecer. Su imagen, música y letras denotan que han pasado los años y su perspectiva no puede ser la misma. No les importa quedar bien con nadie. Ya sea en su primera aparición — casi como adolescentes— en el emblemático programa musical mexicano Siempre En Domingo, en una extraña presentación con Incubus en los Grammy o en un Tiny Desk Concerts de NPR, siempre son ellos mismos.

En un mundo donde todo es desechable o efímero, ellos llevan 30 años con la misma alineación. A ninguno le interesa brillar más que los otros, su búsqueda es por algo mayor: crear música memorable. Con ocho discos en su trayectoria, dejan claro que para ellos la calidad va por encima de la cantidad.

Su último disco, que grabaron hace unos meses, es su segundo unplugged y es la muestra de cómo siempre pueden tomar algo y volverlo otra cosa. Sería sorprendente si no lo hicieran todo el tiempo. En él canciones icónicas se transformaron desde la raíz: “Chilanga Banda” es ahora un son cubano, “Mediodía” le da un nuevo significado a los organilleros de la Ciudad de México y “Volver a Comenzar” es siete minutos de un viaje sonoro arropado con cuanta cuerda se les ocurrió. El resultado es adictivo.

Después de ese primer concierto he acudido a muchos más de los tacvbos, desde festivales como el Vive Latino, en México, hasta Coachella, en California. Uno de las más especiales fue el aniversario 25 de la banda y 20 de Re, su disco icónico. Cuando terminaron de tocar el Re, Rubén pidió al público que le gritaran las canciones que querían escuchar. Cada quien pedía algo distinto y el cantante no entendía los nombres. Nos dijo que nos pusiéramos de acuerdo y gritáramos el nombre de la canción que más gente estaba pidiendo. Poco a poco quedaron de lado los deseos individuales para dar pie a peticiones colectivas. Me gustó mucho esa lección de dejar de lado lo individual y apostar por la colectividad.

Tal vez en eso reside la magia de Café Tacvba: que a través de su música nosotros, su público, crecemos con ellos.

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