Alejandra Sánchez Inzunza es periodista, co-fundadora de Dromómanos y co-autora de ‘Narcoamérica’.

No sabía que dar a luz era tan complicado. Ni que parir era una cuestión política. Antes de estar embarazada pensaba que había solo dos formas de nacer: parto o cesárea. No sabía que hay decenas de opciones para traer a alguien al mundo —partos sin dolor, en agua, en casa, orgásmicos, naturales o instrumentales, y hasta ceremonias con la Madre Tierra—, pero sí que en México hay una epidemia de cesáreas — un 46.1 % de los nacimientos— y que tenía que defenderme a toda costa de que un médico me abriera el vientre sin ninguna razón médica.

Había escuchado historias de mujeres cuyo parto terminaba en una cesárea injustificada, en las que cualquier excusa servía para meter cuchillo y a los bebés los alejaban de la madre apenas al nacer. También que, en la mayoría de los casos, no se respetaba su voluntad. Lo que hoy llamamos violencia obstétrica. Según la última encuesta nacional, 33.2% de las mujeres sufrió algún tipo de abuso durante el parto.

Cuando me embaracé y mi hija tenía el tamaño de una lenteja, decidir cómo vendría al mundo era una decisión compleja que no solo implicaba su bienestar, sino una defensa de mi cuerpo y mis derechos. México es el quinto país con más cesáreas del mundo, donde se triplica la tasa del 15 % recomendada por la Organización Mundial de la Salud. Aquí, parir se ha convertido en un acto de resistencia.

Durante mi embarazo aprendí el significado de palabras como episiotomía (incisión en el periné para facilitar la expulsión), litotomía (posición más común para parir) o epidural (anestesia utilizada en el parto). Cualquier elección sobre estos términos me parecía una cuestión política.

Poder tomar decisiones realmente es una cuestión de privilegio, que no solo depende de dinero, clase social o del hospital o médico que tengamos, sino de algo tan simple como tener información.

Si bien en su momento la cesárea revolucionó la obstetricia y salvó a millones de madres y bebés, su abuso derivó en una epidemia mundial. El negocio floreció a finales de esa década con el auge de los hospitales privados, debido a las deficiencias del sistema público como saturación, falta de insumos y maltrato a pacientes. Muchos de los nacimientos a finales de los 80 fueron por este método. Las madres no tenían el parto que deseaban, principalmente porque no sabían que era posible.

Hace 30 años aún no se hablaba de violencia obstétrica en México y era común —lo sigue siendo— que los médicos tomaran decisiones por la madre o que incurrieran en procedimientos sin evidencia científica como las episiotomías. Solo que antes casi nadie consideraba que esto estuviera mal.

Las experiencias traumáticas de cientos de mujeres provocaron que hoy ya se hable de derechos obstétricos. El parto respetado surgió del activismo de quienes se posicionaron contra un sistema industrializado para que otras no sufrieran lo mismo. Detrás de cada partera, doula (acompañante en el proceso de parto) o madre que da un consejo a otra, hay un posicionamiento político. No se trata solo de parir en agua o en casa, en un hospital, acostada o de cuclillas, sino simplemente de poder decidir.

En México cada vez hay más grupos de mujeres organizadas con apoyo de ginecólogos, pediatras, asesores de lactancia y otros especialistas, que han formado una gran red con organizaciones como Cepapar o Centro Luperca. Contar con alguien que te explique que es normal que te duela amantar pero que hay una solución es clave para disfrutar a tu hijo y sentirte menos sola.

Sin embargo, la mayor parte de estas iniciativas son privadas y, por lo tanto, excluyen a un gran número de mexicanas. Actualmente, solo existe el Modelo de Atención Integral en Obstetricia en el Hospital General La Perla Nezahualcóyotl, que de manera pública pretende eliminar la violencia obstétrica.

Aunque la Comisión Nacional de Derechos Humanos ha emitido una recomendación general a las autoridades sobre este tema, todavía falta mucho por hacer. Los activistas del parto humanizado calculan que solo hay unos 40 médicos en el país que lo practican, la mayoría en Ciudad de México. Los prejuicios, las prácticas médicas obsoletas y las ideas arraigadas sobre cómo se debe nacer impiden que el parto sea un momento transformador y no un suplicio.

Estar embarazada ha sido mi momento más vulnerable. Hasta entonces no entendía lo que biológicamente significaba ser una hembra. Mi cuerpo se convirtió en una máquina de hormonas que trabajaban en conjunto para crear vida. Mis senos, que solo habían tenido una función placentera, estaban por ponerse al servicio de otra persona. Mientras todo esto pasaba, lo mínimo que me merecía —que nos merecemos— era contar con la información que me permitiera tomar decisiones informadas sin que nadie me impusiera una forma de parir.

Yo no tenía grandes expectativas sobre mi parto. No pensé en una doula o un parto en agua, solo quería al padre de mi hija a mi lado, anestesia en caso de ser necesaria y que no me separaran de mi hija en ningún momento.

Durante los meses anteriores hice un plan de parto, me informé, hablé con decenas de mujeres para no sufrir la misma violencia obstétrica que ellas, e interrogué a mi ginecólogo, anestesista y enfermeras. Después de 14 horas, dos sustos porque a la bebé le bajó la frecuencia cardiaca y un equipo médico que entraba y salía de la habitación, mi parto fue una batalla ganada. Ella nació y no se separó de mí.

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