Marco Avilés escribe sobre racismo en América Latina. Es autor de ‘No soy tu cholo’ y ‘De dónde venimos los cholos’. Actualmente estudia un doctorado en la Universidad de Pennsylvania.

En mi clase de secundaria, en la Lima de los años noventa, tuve un compañero apodado Cochinón. Se llamaba Enrique y era un chico afroperuano cuyo sobrenombre había transitado de la llana literalidad del Negro a la metafórica crueldad que asociaba su color de piel con la suciedad. Enrique era un gran jugador de fútbol y, en cada partido, acometía el triple prodigio de pasar la pelota entre las piernas de los contrincantes, hacía goles increíbles y remontaba el pánico escénico para lograr ser el mejor mientras otros lo insultaban en coro.

Entonces, como ahora, la piel negra parecía una invitación natural a la violencia y generaba una especie de hermandad en la burla, el asco o la conmiseración, actitud popular en las escuelas, la publicidad y la televisión de América Latina.

Recordé a Enrique y a mis compañeros de escuela al ver un debate reciente entre dos políticos cuarentones que compiten para ser congresistas del Perú en las próximas elecciones: Julio Arbizú, un abogado de izquierda y piel oscura, y Mario Bryce, un periodista ultraconservador y de piel clara. En un gesto inspirado en el típico bullying escolar, Bryce terminó su intervención entregándole dos jabones a su oponente: uno de ropa y otro de cara. Negro cochino, te regalo jabón para que te bañes, sería la traducción.

El racismo es un lenguaje familiar fruto de siglos de historia colonial, esclavismo, latifundismo, imposición del mestizaje, colorismo, culto a la supremacía blanca y también el resultado de una educación que niega u obvia todo lo anterior como un tabú. Es especialmente notorio en esta época de hipercomunicación y de extrema polarización política. Pocas cosas más extremas, más polarizantes, más virales, más políticas que la violencia racista.

Cuando la abogada Jeanine Áñez asumió el cargo de presidenta interina de Bolivia, en noviembre de 2019, una de sus primeras acciones consistió en borrar varios de sus mensajes de Twitter. Algunos habían pasado años reposando en el olvido pero ahora, con la repentina notoriedad y poder adquiridos por Áñez, parecían el ideario político de Daenerys Targaryen, la madre de los dragones, en la última temporada de Game of Thrones: “Aferrado al poder, pobre indio”, había escrito el 5 de octubre de 2019 sobre su antecesor, Evo Morales. “Qué año nuevo aimara ni lucero del alba!! satánicos”, en junio 2013.

En un país como Bolivia, donde casi la mitad de personas se identifica como indígena, los tuits de Áñez parecían el prólogo de una inminente campaña de extirpación de idolatrías en tiempos de redes sociales. Los policías cortaban las banderas indígenas de sus uniformes, decenas de personas morían en las calles. En medio del caos, Áñez entró al Palacio de Gobierno cargando una Biblia enorme, como un arma para aplastar enemigos o un estandarte para atraer a sus partidarios en un ritual de fanatismo anti indígena.

El racismo es la afirmación de la superioridad racial y cultural de “lo blanco”, en una especie de lógica vertical donde arriba se encuentran los que encajan o encajamos en esa categoría; al medio, quienes se consideran o nos consideramos mestizos; y abajo, quemándose casi en el infierno, los indios “satánicos” y los negros “cochinos”. Las personas ni siquiera necesitamos entender esto de manera consciente: el sistema funciona así. Desde la colonia hasta hoy, desde el soldado español Francisco Pizarro hasta el actual presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, el racismo ha producido a nuestras élites latinoamericanas y a nuestros excluidos.

En otras palabras, el racismo nos ha producido a cada uno de nosotros: nos ha dado un lugar, nos ha marcado un camino y es muy probable que parte del argumento de nuestras vidas consista en remontar o aprovechar esa corriente. Como el machismo y la homofobia, el racismo tiene una dimensión política y estructural: los exabruptos, los jabones, los insultos que se viralizan en la internet son apenas el indicador de ideas y sentimientos más profundos, más antiguos.

Los políticos de moda lo entienden. Donald Trump, presidente de Estados Unidos, y Bolsonaro son ejemplos de manual de cómo convertirte en presidente inventándote un enemigo étnico para el consumo de las masas y de los medios: el latino ilegal, en el norte; el indio salvaje que ocupa tierras que el país necesita para crecer, en el sur. En 2008, el diputado Bolsonaro llamaba a los nativos “indios hediondos, no educados y no hablantes de nuestra lengua”. No eran solo insultos sino el tono de un plan por venir. Una década después, el presidente Bolsonaro ha emprendido una campaña contra los indígenas para, según la relatora de las Naciones Unidas, poder quitarles sus tierras en favor de la ganadería y la minería. El tiempo parece detenido en Latinoamérica. Los estados republicanos siguen siendo estados colonialistas.

El Perú, que elegirá nuevos congresistas en menos de dos semanas, no ha necesitado de un Bolsonaro para que la política sea un espectáculo y una práctica racistas. Para el expresidente Alberto Fujimori, en los noventa, los indígenas eran una estadística de pobreza que había que reducir impidiendo que tuvieran hijos. Para Alan García, una década más tarde, los indígenas eran “perros del hortelano”, violentos y egoístas. Para Pedro Pablo Kuczynski, que gobernó en esta década, los indígenas andinos no entendían la economía porque el oxígeno no les llegaba al cerebro. Con semejantes antecedentes, hoy circulan con alegre libertad memes que llaman a no votar por candidatos indígenas porque “son el atraso”. Tampoco sorprende que, aprovechando el momento y de cara al 2021, otros políticos jueguen a atraer la atención de los medios anunciándose como el “Bolsonaro peruano”. Ese año el país elegirá a un nuevo presidente y apagará 200 velitas de historia republicana. Una historia que, como en el resto de América Latina, ha sido y seguirá siendo una pelea contra nosotros mismos.

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