Melanio Escobar es activista, periodista y tecnólogo venezolano, fundador de la ONG RedesAyuda & Humano Derecho Radio Estación.

Latinoamérica ardió todo 2019, y sigue ardiendo. Las decisiones económicas del presidente Lenín Moreno en Ecuador, la percibida ineptitud de Iván Duque en Colombia, la desigualdad económica en Chile, levantaron una costra que no había terminado de sanar: paro nacional, manifestaciones y represión inundaron los medios de comunicación, dejando en evidencia la gravedad de las situaciones en estos países.

Entretanto, un deslegitimado Evo Morales abandonó Bolivia tras protestas en contra de las irregularidades con las cuales pretendía mantenerse en el poder, lo cual lo llevó al exilio político en México, país que lidera Andrés Manuel López Obrador, quien se ha encargado, desde que tomó posesión del cargo, de contradecir todas las promesas que hizo durante su campaña. Nicaragua, por su lado —y durante ya casi 15 años—, vive el día a día siendo maltratada, encarcelada y asesinada por la dictadura de Daniel Ortega. Hasta 2019, esto ya había obligado a más de 60 mil nicaragüenses a abandonar el país escapando de los paramilitares leales al presidente.

Hay que imaginar ahora todo lo anterior concentrado en un solo país: la Venezuela de Hugo Chávez, Nicolás Maduro y Juan Guaidó.

Durante 20 años Venezuela ha estado sumida bajo un esquema socialista/comunista que ha ido cercenando, de forma paulatina, todas las libertades de los ciudadanos. Esto ha sido registrado y expuesto en todo el mundo, sobre todo desde 2014, cuando comenzaron las grandes protestas en todo el territorio nacional. Así, el carácter dictatorial, represivo y arbitrario del régimen de Nicolás Maduro quedó al descubierto: la organización de información pública Nuestros Caídos registró casi 250 asesinatos durante las manifestaciones entre 2014 y 2019, sin contar los 18 000 asesinados por las las Fuerzas de Acciones Especiales (FAES) de la policía venezolana entre 2016 y 2019, y los casi 500 presos políticos. Todo esto mientras los venezolanos estábamos —y estamos— padeciendo los golpes de una de las peores crisis humanitarias de la región, que se ha traducido en la migración masiva de 4.6 millones de personas.

Durante 2019 se vio una luz de esperanza y cambio cuando la Asamblea Nacional —la única institución legítima y electa por más de 14 millones de personas— hizo una jugada constitucional maestra en la que, basándose en irregularidades de las elecciones de 2018, se decretó un vacío de poder y logró que el presidente del parlamento, Juan Guaidó, fuera ascendido de cargo a presidente encargado de Venezuela. Guaidó sumó el apoyo de más de 50 países.

Pero todo se esfumó en la supuesta toma de la base aérea militar de La Carlota, en Caracas, donde quedó al descubierto que Guaidó y la oposición no poseían el respaldo de las Fuerzas Armadas. A eso se sumó la significativa disminución del apoyo presencial en las convocatorias de la oposición a marchar y tomar las calles.

En lo que va de este año, el ojo que el mundo aún tiene hacia Venezuela ha estado enfocado en el forcejeo político entre Maduro y la oposición venezolana. Guaidó inició una gira con la que busca reivindicar su puesto como presidente encargado, y agentes policiales del régimen de Maduro allanaron las oficinas de Guaidó.

Lo que sucede en el espacio político interno venezolano, que se suponía iba a liberarnos, comienza a alejar al pueblo de la dirigencia opositora que, además, ha sido tocada por el cáncer de lo que juraron destruir: corrupción, mentiras y censura. Solo han logrado que las personas miren hacia otro lado y se enfoquen en tratar de vivir la vida en un país con dos Estados paralelos y diferentes en esencia, pero iguales en su ausencia e incompetencia para resolver los problemas de la gente. Lo que debió ser una búsqueda de soluciones ante una crisis de derechos humanos, se ha convertido en un juego de poder, una continuación de la pelea de lo político por sobre lo humano.

No sorprende, entonces, que los medios venezolanos y mundiales también prefieran ocupar sus imprentas en otros asuntos, dejándonos en menos de un año aún más indefensos y desamparados, y con más posibilidades de ser sometidos ante un régimen cohabitado por una oposición desarticulada.

Es una tragedia continua en la que no se vislumbra un desenlace cercano, y cuyas opciones de escape son tan sangrientas y despiadadas como la realidad diaria. Para Venezuela en este momento es fundamental seguir vigilando a los vigilantes, seguir gritando “libertad” en todos los espacios. Una crisis humanitaria que se cuenta en vidas y no horas no puede, ni debe, salir del foco internacional.

Leer más: