Diego Enrique Osorno es reportero y documentalista independiente. Su libro más reciente es ‘El valiente ve la muerte sólo una vez’.

Hace diez años, un grupo de periodistas que documentábamos la barbarie de la llamada guerra del narco, declarada por el expresidente Felipe Calderón, hicimos un libro para visibilizar y contar las historias de las víctimas de la violencia en México. Nos desesperaba la ausencia de justicia en la totalidad de los casos y nos desconsolaba la falta de empatía en Ciudad de México con lo que sucedía en el resto del país.

El libro se tituló País de muertos. Crónicas contra la impunidad y, al igual que muchas otras iniciativas que intentaban denunciar lo que estaba pasando, el libro se perdió en la nada: la propaganda belicista del gobierno, en contubernio con algunos medios de comunicación, mantenían ocultas a las víctimas.

Todo cambió cuando un poeta llamado Javier Sicilia, tras el asesinato de su hijo Juanelo, decidió alzarse contra la barbarie. Al estar dotado con el don de la palabra, ser miembro respetado de una élite cultural y residir en el centro del país, Sicilia abrió el primer sendero para que otras víctimas emergieran del sótano en el que estaban confinadas.

El 8 de mayo de 2011, Sicilia llegó al Zócalo de Ciudad de México tras una caminata de tres días desde Cuernavaca, Morelos. Fue la primera marcha registrada en contra de la “guerra del narco”. Aunque ahora pueda parecer extraño, no fue sino hasta ese momento cuando surgió la oposición organizada en contra de la trágica y desafortunada política antidrogas del gobierno del entonces presidente Calderón. Ni siquiera se atrevió a hacerlo el actual presidente, Andrés Manuel López Obrador, que en aquel entonces recorría carreteras y pueblos de todo el país. Encabezaba un notable movimiento nacional que, algunos piensan, de haberlo querido pudo haber parado la guerra en ese momento, pero en lugar de eso se enfocó en la disputa electoral por venir.

Aquella tarde de mayo, en el Zócalo, retumbó la voz de María Rivera con su poema “Los muertos”, así como también los discursos combativos y la presencia de figuras independientes como el escritor Paco Ignacio Taibo II, el sacerdote Alejandro Solalinde, el actor Daniel Giménez Cacho y el activista Daniel Gershenson. También, sobre todo, las voces de las víctimas de casi todos los rincones del país que se sumaron a la caminata con la esperanza de organizarse alrededor de la lucha de Sicilia y obtener justicia para sus familiares asesinados o encontrar auxilio en la búsqueda de sus desaparecidos.

Sicilia inició su discurso de ese día exigiendo la renuncia del entonces secretario de Seguridad Pública, Genaro García Luna. Lo hizo justo en el momento de mayor poder del funcionario ahora caído en desgracia, tras ser detenido y procesado por el gobierno de Estados Unidos (no por el de México, por cierto).

De esta forma Sicilia, a diferencia de otros escritores en su circunstancia, renunció a transformar su tragedia en literatura y la volvió una acción política trascendente: creó el Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad (MPJD), una iniciativa colectiva, catártica y caótica.

Con el paso de los años y en medio de diversas dificultades internas, el MPJD logró visibilizar por fin a las víctimas de la violencia, hasta entonces ignoradas y desorganizadas. También impulsó leyes e instancias a nivel federal y estatal para atender a las víctimas, aunque algunas de estas creaciones ciudadanas terminaron siendo ejercicios demagógicos por parte de las autoridades correspondientes.

Poeta que tras el asesinato de su hijo se convirtió en activista, Sicilia no pretende con su lucha confirmar una verdad revelada, como el creyente que es; ni fundirse a una realidad trascendente, como el místico que también es. Al volverse víctima supo que, para enfrentar la barbarie, no bastaban las intenciones sino los resultados.

López Obrador es el tercer presidente con el que le toca interactuar. Se trata de un gobernante empeñado en demostrar una teoría sumamente básica: que una política, solo por ser bien intencionada, basta para contener esa barbarie desatada por los gobiernos anteriores.

Sin embargo, el poeta no ha cedido: las teorías —o creencias— de un presidente, por más popular que este sea, deben resistir el ácido de la prueba y el fuego de la crítica. Y en este “cambio de régimen”, como llama el presidente a su administración, la violencia todavía no ha cedido.

Por eso es que Sicilia ha mantenido sus caravanas, una forma de resistencia a la que ha recurrido estos años, caminando al sur y al norte de México, e incluso al oeste y al este de Estados Unidos, sin vacilar nunca en arriesgar su integridad —e incluso su vida— para desafiar a la violencia.

Ante la escasa legitimidad de las oposiciones visibles al actual gobierno —desde las de los partidos políticos hasta las empresariales— el poeta, junto con el Ejército Zapatista de Liberación Nacional, pueden representar la dirección cardinal de un movimiento verosímil y con calidad moral para cuestionar no solo la falta de justicia transicional y el abandono de las víctimas, sino también la criminalización de la migración y la implementación estatal de megaproyectos que amenazan a la vida comunitaria.

La resistencia no es solamente contra los homicidios, desapariciones y secuestros que padeció el país durante el primer año de gobierno de López Obrador. Esta violencia directa se junta con la violencia económica e institucional que existe detrás de proyectos como el Tren Maya o los operativos contra migrantes en la frontera sur mexicana.

Si el presidente López Obrador, como pregona, desea distinguirse de sus antecesores, bien haría en acompañar la agenda de verdad, justicia y paz con la que se comprometió a través de la Secretaría de Gobernación el 14 de septiembre de 2018, delante de víctimas de todo el país. Los cambios de régimen no se hacen por mera voluntad presidencial: son resultado de un largo proceso dialéctico y colectivo en el que ha sido innegable la contribución de figuras como Sicilia.

Cuando acompañé a Sicilia en la caravana que hizo por Estados Unidos en 2012, comprendí el sentido que tenía para él encabezar esta forma de resistencia. Su viaje tenía algo que ver con La carretera, la novela de Cormac McCarthy en la que el protagonista va con su hijo buscando el mar en un mundo postapocalíptico. Sicilia me contó que a veces así se sentía: en busca del mar, para que su hijo Juanelo no sepa que su país ya quedó devastado. Sin embargo, el poeta solía aclarar: “Algún día vamos a llegar a nuestro destino”.

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