Si la política mexicana fuera un tablero de ajedrez, parecería que falta poco para que caiga el rey. Cayó primero el caballo, el que hacía el trabajo sucio: Juan Collado, abogado y operador del expresidente de México, Enrique Peña Nieto (EPN), fue acusado de lavado de dinero por millones de dólares y está en la cárcel desde julio de 2019.

Cayó después la reina. Rosario Robles Berlanga ocupó dos secretarías de Estado —donde estaba el dinero— en el mismo gobierno de EPN: Desarrollo Social, encargada de los programas contra la pobreza; y Desarrollo Agrario, Territorial y Urbano, donde se reparten las tierras. Era la reina de la operación política, protagonista de uno de los mayores escándalos de corrupción durante el gobierno pasado, conocido como La Estafa Maestra, que implicó el desvío de miles de millones de pesos. Ella entró un mes después que Collado a la cárcel.

Está en la mira la torre, sobre la que edificó EPN su control político: Miguel Osorio Chong, quien fuera su secretario de Gobernación y ahora es senador por el Partido Revolucionario Institucional (PRI). Se sabe que la Unidad de Inteligencia Financiera, encargada de las investigaciones anticorrupción, lo investiga por contratos fuera de la ley en las cárceles federales, que estaban bajo su responsabilidad.

Y junto con la torre, el peón: Luis Miranda, quien fue también secretario de Desarrollo Social, hoy es diputado federal por el PRI y fue, de todos, el más amigo del expresidente EPN, el de más confianza, el cuate.

El alfil había huido, pero ya cayó: Emilio Lozoya, quien fue director de la paraestatal mexicana Pemex y la dejó como la empresa petrolera más endeudada del mundo. Hijo de una familia de políticos-empresarios vinculados al sistema priista, fue detenido el jueves 12 de febrero acusado de lavado de dinero, delincuencia organizada y cohecho. Ha sido también acusado de recibir sobornos de la empresa constructora brasileña Odebrecht. Acusaciones similares han hecho que caigan presidentes en América Latina.

Emilio Lozoya encarna todo aquello que el actual presidente de México, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), prometió combatir: un mal gobierno, un viejo sistema de unos cuantos privilegiados, un país podrido por la corrupción.

Su detención refresca el discurso de AMLO y le recuerda a millones de ciudadanos por qué votaron por él y por qué deben seguir apoyándolo.

La detención del Lozoya, cuyo caso se volvió un símbolo de la corrupción, llega en un momento políticamente perfecto para AMLO, quien llevaba una racha negativa en las últimas semanas: violencia y feminicidios que horrorizan al país, datos económicos que apuntan a la recesión, la burla internacional por rifar el avión presidencial ante su incapacidad de venderlo, Estados Unidos señalando que el presidente mexicano es su aliado contra los migrantes, un creciente desabasto de medicinas en los hospitales públicos, una caída en su todavía alta popularidad y hasta declaraciones desafortunadas sobre los feminicidios por las que tuvo que ofrecer disculpas.

Cayó el caballo, cayó la reina, están en la mira la torre y el peón, y ya cayó el alfil, pero falta el rey: ¿El presidente AMLO llevará a la cárcel a su antecesor, Enrique Peña Nieto? La lógica diría que sí, que es sólo cuestión de tiempo.

Pero en política la lógica no es la única que juega: ¿Se atreverá AMLO a romper la regla no escrita de la política mexicana, de que no se meten expresidentes a la cárcel porque no vaya a ser que el siguiente te meta a ti? ¿Existió un pacto EPN-AMLO que aniquiló desde el gobierno al candidato panista Ricardo Anaya, el rival más duro del actual presidente en las elecciones presidenciales de 2018, y pavimentó su llegada a Palacio Nacional? ¿La transición de terciopelo entre EPN y AMLO es reflejo de un pacto político?

Desde mi punto de vista, AMLO meterá a la cárcel a Peña… si lo necesita, cuando lo necesite.

Si su gobierno sigue sin dar resultados, si sube la presión política, si se desploma su popularidad, Peña Nieto será su carta más fuerte para ganar oxígeno y comprar tiempo. Pero también conforme avance el tiempo, el recurso de acusar al pasado de la realidad actual perderá fuerza como argumento ante una ciudadanía a la que se le prometió que todo cambiaría.

El presidente López Obrador ha demostrado su habilidad para manejar los símbolos y Lozoya lo es. AMLO ha hecho polvo simbólicamente al régimen de Peña Nieto: lo hace todas las mañanas en su conferencia de prensa. Pero en los tribunales, todas las acusaciones que hace el presidente ante los medios y la ciudadanía deben ser probadas y sentenciadas. Es lo que deberá seguir. De otra forma, puede ser un búmeran para el actual presidente mexicano.

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