Alma Delia Murillo es escritora. Ha publicado las novelas “El niño que fuimos” y “Noches habitadas”, y el libro de cuentos “Damas de Caza”.

El 17 de febrero, durante su habitual conferencia de prensa, el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), pidió a las feministas que, por favor, no pinten las paredes ni las puertas. Se refería a las protestas que se realizaron el viernes 14 de febrero en Ciudad de México para pedir al gobierno una reacción urgente ante el brutal feminicidio de Ingrid Escamilla. Durante estas protestas, las palabras “Estado Feminicida”, entre otras, quedaron plasmadas en las puertas del Palacio Nacional. Dos días después, el cuerpo de Fátima, una niña de siete años torturada y asesinada, se había encontrado al sur de la ciudad. Quien insistió 18 años hasta lograr convertirse en presidente de este país pidió a las mujeres que no rayen las puertas. A los asesinos no les dijo nada.

Cuando reparo en el informe sobre violencia del Instituto Nacional de Estadística y Geografía de México (INEGI) de 2019, siento un abismo en el pecho porque los datos son dantescos, sí, pero aún más porque sólo se concentran en las mujeres de 15 años en adelante. Es decir, que la estadística de abuso infantil en este recuento está fuera: “De los 46.5 millones de mujeres de 15 años y más que hay en el país, 66.1% (30.7 millones) ha enfrentado violencia de cualquier tipo y de cualquier agresor, alguna vez en su vida. Y 43.9% ha enfrentado agresiones del esposo o pareja actual, o la última a lo largo de su relación”.

Yo crecí en el Estado de México, tierra de nadie, páramo de miserias. Era una niña de seis años viviendo en ese entorno de pobreza cuando fui sexualmente abusada por un vecino.

Hace aproximadamente seis meses publiqué un texto donde contaba mi historia. Cinco horas después, tenía más de 100 correos electrónicos en mi bandeja de entrada de mujeres que relataban sus propias experiencias de abuso infantil. A los cinco años, a los siete, a los 10, a los 12. Víctimas de abusos sistémicos con detalles perturbadores que no voy a compartir. Sin embargo, quiero reparar en dos tendencias contundentes: de esa muestra del horror que recibí, la totalidad de los casos habían ocurrido al interior de la familia y el abusador era el padre, el abuelo, un tío, un primo, un hermano.

La otra tendencia destacable es la increíble transversalidad social del fenómeno, desde mujeres que crecieron en un entorno carente, como yo, pasando por niñas que se criaron en una comunidad indígena, hasta hijas de empresarios, artistas, intelectuales, destacados profesionistas de la clase media alta… todas las mujeres de esa muestra tenemos algo en común: sobrevivimos a un abuso sexual en la infancia.

Las víctimas de abuso infantil no hablamos recién ocurrida la tragedia. Si lo hacemos, es hasta que nos convertimos en adultas y podemos reconocerlo, reconstruirnos pedazo a pedazo. Fátima no tuvo tiempo de hacerse adulta ni oportunidad de contarlo, ni ella ni las niñas que han sido arrojadas en pedazos al Gran Canal o al Río de los Remedios y cuyos casos documenta Lydiette Carrión en el libro La fosa de agua.

Cuando se le preguntó específicamente sobre Fátima, AMLO culpó a una decadencia “que tuvo que ver con el modelo neoliberal”. Una enfermedad social que “no solo se resuelve con policías, ni con cárceles, ni con amenazas de mano dura”, sino con el “bienestar del alma”. Fátima no le mereció ni un minuto de silencio. Ni una mención de su nombre.

Fátima, Ingrid Escamilla, Abril Pérez Sagaón y Lesvy Osorio tenían diferentes edades, diferentes condiciones socioeconómicas, diferentes orígenes y formas de vida. ¿Es el Neoliberalismo lo que nos está matando? Y si es así, ¿cómo elige esa entelequia llamada Neoliberalismo a sus víctimas, señor presidente?

Este sistema monstruoso es la Hidra de las mil causas y de los mil responsables, por eso todos se esconden, si no hay mejor coartada que desaparecer en colectivo; por eso es una epidemia, por eso todos los días hay diez mujeres asesinadas, por eso todos los días hay 51 víctimas de delito sexual. Y es infinitamente peor de lo que suponemos porque hablo de datos conocidos y registrados, lo que ignoramos es abismal.

En Las Suplicantes de Esquilo, un coro de mujeres que huye de la guerra con Egipto llega al rey de Argos pidiendo asilo de esta manera: “No estamos desterradas por haber cometido ningún crimen, venimos huyendo llenas de un horror innato al hombre…” El rey las escucha, al principio duda, pero finalmente abre sus puertas. Está dispuesto a pelear una guerra para protegerlas. Desde luego, el arquetipo del gobernador honorable es el corazón de la tragedia griega.

¿Con quién tenemos que hablar las mujeres mexicanas para que se atienda la emergencia? ¿Cómo se pelea para salvar la vida?¿Blandiendo un decálogo o los atentos saludos de un memorándum para no ver más niñas y mujeres destazadas? ¿Será que el señor presidente quiere vernos suplicando?

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