Los médicos se han estado preparando durante 15 años para “la grande”: una pandemia que sacudirá el sistema mundial de salud pública como un terremoto. Ahora, con la rápida propagación del coronavirus, podría estar sucediendo.

Probablemente la mayoría de nosotros no hemos visto un brote viral similar. Algunas escuelas seguramente serán cerradas, los horarios deportivos serán modificados, los planes de viaje serán pospuestos y se aconsejará a algunos trabajadores que se queden en casa y trabajen a distancia. La infraestructura para entregar alimentos y otros elementos esenciales se ampliará.

Funcionarios de salud pública de Estados Unidos advirtieron esta semana de la propagación “inevitable” del virus en ese país. “No se trata de si esto va a suceder, sino de cuándo y cuántas personas en este país tendrán enfermedades graves”, dijo el martes 24 Nancy Messonnier, directora del Centro Nacional de Inmunización y Enfermedades Respiratorias. Declaraciones como esa provocaron un desmayo en los mercados financieros por segundo día consecutivo.

Los médicos están atrapados entre su obligación de alertar a los ciudadanos y el deseo de evitar causar pánico. La Organización Mundial de la Salud ya advirtió sobre una “infodemia” en la que la mala información y los rumores amplifican el peligro. La desinformación puede propagarse más rápido que la enfermedad.

En 2006, Estados Unidos emitió su primera “Estrategia nacional para el plan de implementación de la influenza pandémica”, que se actualiza regularmente desde entonces. Esa primera versión contenía esta severa advertencia: “La incertidumbre durante una pandemia generará muchos de los resultados que tememos, incluido el pánico entre el público, las acciones impredecibles y unilaterales de los gobiernos, la inestabilidad en los mercados y los impactos potencialmente devastadores en la economía. No es exagerado señalar la necesidad de información oportuna, precisa, creíble y consistente que se adapte a audiencias específicas”.

Google, Facebook y Twitter, los guardianes privados de internet, han estado trabajando para mantenerlo sanitizado. Twitter ha estado tratando de garantizar que #coronavirus entregue “información creíble y autorizada”. Facebook está eliminando información inexacta sobre la enfermedad. Google está haciendo que la información verificada se destaque en los resultados de búsqueda.

Mientras tanto, la Organización Mundial de la Salud ha estado contrarrestando mitos. Por ejemplo: ¿El ajo o el aceite de sésamo previenen la infección? No. ¿Es seguro recibir correo de China? Sí.

Hasta ahora, las autoridades sanitarias han estado dando los pasos correctos. El virus fue secuenciado genéticamente con rapidez, las vacunas ya se están desarrollando y los epidemiólogos están monitoreando de cerca la propagación. Los médicos en Wuhan, China, donde comenzó el virus, han mapeado cuidadosamente los primeros casos y las tasas de mortalidad. El número de casos nuevos en China se ha reducido drásticamente, lo cual es alentador.

Los médicos advierten que, para cuidarse, las personas deben enfocarse en los aspectos básicos de una buena salud: lavarse las manos regularmente es una mejor medida preventiva que usar una máscara facial; vacunarse contra la gripe es esencial; si alguien se enferma, necesita recibir atención y apoyo mientras su sistema inmunitario combate el virus.

Los funcionarios de salud han tratado de controlar la epidemia con exámenes, bloqueos y cuarentenas. Pero estos han tenido un efecto limitado. Algunos viajeros que llegaron a Alemania desde Wuhan dieron negativo para el virus, pero después se descubrió que estaban infectados. Algunas infecciones, en Irán e Italia, tienen orígenes misteriosos. Por mucho que los médicos estén aprendiendo sobre la nueva enfermedad, todavía hay muchas cosas que los desconciertan.

Las formas políticas de esta crisis importan. Inicialmente, China tardó en reaccionar porque sus funcionarios querían suprimir las malas noticias. Las autoridades iraníes, de forma similar, pueden haber dado a conocer inicialmente menos casos de los que había allí. El pronunciamiento hace dos semanas del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de que era probable que el virus “desapareciera” en abril, no fue acertado.

El cruce de una crisis de salud pública y la campaña electoral presidencial en Estados Unidos también es preocupante. La economía global inevitablemente se contraerá y, a medida que eso suceda, Trump buscará a quién culpar. También puede verse tentado a tomar medidas que empeorarían aún más los costos económicos y de salud de la crisis.

Es un momento en que los consejos de los expertos son esenciales para calmar los temores y desarrollar tratamientos efectivos. Pero el brote viral se produce en un momento en que la política se ha debilitado en Estados Unidos y en el extranjero por políticos populistas y rumores. Los analistas han advertido sobre “La muerte de la experiencia”, como lo expresó un libro reciente de Thomas M. Nichols. Ha habido una reacción violenta contra las vacunas y otras medidas de salud pública en todo el mundo.

Aquí hay una declaración simple, de seis palabras, que me gustaría escuchar de Trump y demás políticos: “Amigos, hagan caso a su médico”.

A veces decimos que una crisis global, un desastre natural catastrófico, podría unir al planeta y alentar a todos a unirse. Con el coronavirus tendremos una prueba de esa propuesta. Este brote viral es manejable con buenas medicinas, buena información y cooperación global. Pero va a ser un viaje lleno de baches por un tiempo.

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