Ignacio Escolar es director de eldiario.es y analista político en radio y televisión.

Escribo desde España, desde Madrid, hoy una ciudad fantasma golpeada por la pandemia del coronavirus. Hace apenas 24 horas, el Gobierno de España decretó el Estado de alarma e impuso una estricta cuarentena para todos los ciudadanos. No se puede salir de casa más que para comprar comida o medicamentos, para ir al médico, para atender a un familiar enfermo o para ir a trabajar, si es que no puedes hacerlo desde casa y tu empresa sigue abierta (la gran mayoría no lo están). Han cerrado todos los colegios y universidades, los comercios, los cines, los bares, los restaurantes... La Policía está vigilando las calles y hay severas penas y multas para los que no cumplan con estas órdenes. Está también prohibido salir a correr o a pasear.

No sabemos cuánto va a durar. Los focos de contagio del coronavirus están, desde hace más de una semana, completamente fuera de control. La cifra oficial de infectados ya asciende a 3,544 personas solo en Madrid, pero muchos de los casos leves no están siquiera reportados. Probablemente son muchos más. Ya han muerto 288 personas en España —datos del domingo 15, que cada día aumentan—. La cifra definitiva de víctimas será sin duda mayor.

No es algo muy distinto a lo que ya ocurre en otras ciudades españolas o europeas. O a lo que pasa desde hace más de una semana en Italia. Si me lees desde Milán, todo esto te sonará conocido. Si me lees desde algunas zonas de Estados Unidos, México, Argentina, Colombia… te estoy hablando desde el futuro. Es lo que, en breve, muy probablemente, va a pasar por todo el planeta. También puede pasar en tu ciudad.

¿Suena exagerado? ¿Alarmista? Es lo mismo que habría respondido yo hace solo una semana. Una de las cosas que he aprendido desde que la pandemia sacudió Madrid es lo vulnerables que somos, lo conectados que estamos, lo poco que importan las fronteras, lo rápido que todo tu mundo puede cambiar. Lo ingenuos que muchos hemos sido, que fui yo, porque las evidencias científicas estaban a la vista. A pesar de los precedentes, también en España tardamos demasiado en reaccionar.

Muchas de las personas pasan el coronavirus sin apenas gravedad; con algunas molestias, fiebre y tos. Tengo varias personas cercanas con síntomas de la enfermedad y muchas de ellas, en cuatro o cinco días, empiezan a mejorar. Pero el virus no es igual para todos: depende de tu estado de salud y de tu edad. No para todos es mortal, pero todos pueden transmitirlo, y que así el virus llegue a una persona más vulnerable. No hay vacuna y va a tardar en llegar. Por eso es tan importante que todos, también quienes no son población de riesgo, se tomen esta epidemia como lo que es: un grave problema mundial.

El cálculo de la Sanidad de Madrid es que 40% de los afectados en España van a requerir de atención hospitalaria. Es un porcentaje que duplica al de China porque la edad media de la población española es también mucho mayor. Y del total de infectados, 10% van a necesitar una unidad de cuidados intensivos.

Según la OMS, alrededor de 2% de los infectados morirán.

En toda España solo hay habilitadas 4,400 camas de cuidados intensivos. Hacen falta esos equipamientos porque los enfermos más graves necesitan respiración asistida para sobrevivir. No es una mala cifra y el sistema de salud español es de los mejores del mundo. Pero basta con hacer algunos números para ver que, si el crecimiento de la pandemia no se ralentiza con estas medidas radicales, si la curva de nuevos casos no se frena, los hospitales podrían colapsar. Como está pasando en Italia. Como puede pasar en muchos otros países más.

Desde hace varios días, todas las personas del periódico que dirijo, eldiario.es, trabajamos desde casa. Hemos aprendido que el teletrabajo es muy eficaz, y estoy seguro que, cuando todo esto pase, mi empresa no será la única que llegue a esta conclusión. El coronavirus va a ser para el teletrabajo lo mismo que fue la Primera Guerra Mundial para la incorporación de la mujer al mercado laboral. Estos cambios, una vez que llegan, no tienen marcha atrás.

También he aprendido que los seres humanos, en estas circunstancias, somos capaces de lo peor y lo mejor. El miedo se ha desbordado, pero también la responsabilidad. A pesar del pánico inicial, y de que muchas personas se lanzaron a los supermercados para acumular alimentos, no ha habido episodios de desabastecimiento y no parece que vayan a ocurrir. En los supermercados solo falta una cosa: papel higiénico. Por alguna razón difícil de explicar, es lo que la gente en sus casas está acumulando más.

Los hay egoístas e irresponsables; quienes aprovechan esta situación para irse desde Madrid a la casa de la playa, llevando con ellos nuevos focos de la infección. También ha habido algunos pocos casos de agresiones racistas contra ciudadanos chinos a los que culpan, injustamente, de la enfermedad.

Pero estos episodios son anecdóticos. La reacción de la mayor parte de los españoles está siendo ejemplar. Las muestras de solidaridad se han multiplicado. Es muy emocionante presenciar, cada noche a las 22:00, un aplauso desde los balcones y ventanas de toda España al personal de los hospitales, a quienes están en primera línea de batalla contra la enfermedad.

Aún no sabemos cuánto va durar. Ni las terribles consecuencias que puede tener para la economía mundial. Pero sí sabemos cuál es la manera de vencer a la enfermedad: hay que tomarse muy en serio las cuarentenas, y cumplir con las recomendaciones sanitarias. Evitar las concentraciones masivas de personas, también en países donde —por ahora— parece que el problema es menor. Lavarse las manos varias veces al día, con agua y jabón. Evitar los abrazos, los besos, saludar dándose la mano… unas recomendaciones difíciles de cumplir para quienes compartimos la cultura latina, pero que conviene respetar. En caso de síntomas, aunque parezcan leves, quedarse en casa, para evitar contagiar a nadie más.

Saldremos de esta, con seguridad. Los españoles y toda la humanidad. Pero el mundo, después del coronavirus, no volverá a ser igual.

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