En México se cuenta este viejo chiste: un hombre conduce en sentido contrario en una autopista llena de autos. Los autos derrapan para esquivarlo, otros giran fuera de control y unos más apenas logran no chocar con él. Es un caos total. El hombre sigue conduciendo, sin inmutarse por la realidad que lo rodea. Enciende la radio y en ella un locutor alarmado dice: “¡Cuidado, hay un loco conduciendo en sentido contrario en la carretera!”. El conductor frunce el ceño, mira a su alrededor y dice en voz alta: “¿Solo uno? ¡Hay miles!"

El presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, ha estado conduciendo en el sentido equivocado durante la crisis del coronavirus. Al principio, López Obrador siguió el libro de jugadas Trumpiano de negar y acusar. Hace dos semanas, cuando la virulencia de la enfermedad ya era evidente, sugirió que los mexicanos deberían seguir abrazándose, condenando el distanciamiento social: “Hay quienes dicen que por lo del coronavirus no hay que abrazarse. Pero hay que abrazarse, no pasa nada". Pocos días después fue tras sus oponentes, a quienes llama los “conservadores”: "Quieren que nos infectemos. Yo estoy deseando que eso no pase, pero los conservadores quisieran, para echarnos la culpa de todo". El domingo 15 se volvió aún más desafiante. "No nos van a hacer nada los infortunios, las pandemias, nada de eso", argumentó en el estado sureño de Guerrero, uno de los más pobres del país.

Aunque la popular liga de futbol del país ha sido suspendida y las escuelas suspenderán clases antes de las vacaciones de Semana Santa, el gobierno de López Obrador ha sido ajeno a los desafíos que se avecinan. A veces tercamente. El gobierno se ha negado a prohibir la llegada de vuelos internacionales, mucho menos a cerrar las fronteras. También se ha resistido a pedir la cancelación de reuniones públicas masivas. El domingo 15, unas 40,000 personas se reunieron en el festival de música Vive Latino en la Ciudad de México.

El propio López Obrador ha dado el ejemplo de forma sorprendentemente mala. A fines de febrero, insistió en estrechar la mayor cantidad de manos posible durante los eventos públicos, manteniéndose fiel a su rutina gregaria a pesar de las advertencias. Sin embargo, el sábado 14 en el estado de Guerrero, el presidente convirtió el hábito en una provocación. "Saludé y atendí peticiones de la gente", tuiteó. El video muestra a López Obrador siendo besado por una mujer en medio de una multitud, mientras él posa para las selfies. Después alguien le entrega una niña pequeña, a quien López Obrador abraza y besa. Esto continúa por unos minutos, con él tocando a tantas personas como le es posible. Un día después, López Obrador volvió a tuitear un video de él saludando a cientos de seguidores a lo largo de la costa en Guerrero: "La gente está entusiasmada, alborotada y feliz".

Es un misterio por qué López Obrador ha elegido ignorar incluso las recomendaciones más básicas de distanciamiento social, por qué ha elegido ser el conductor en el lado equivocado de la carretera. No se puede obtener ninguna ventaja política de tales escenificaciones. A menos que la escenificación sea el punto en sí mismo. Para el analista político Jesús Silva-Herzog Márquez, López Obrador ha rechazado la seriedad del momento para centrarse en la alegría de ser visible y celebrado. “Para López Obrador gobernar es ser visto. Su irresponsabilidad es casi criminal”, escribió Silva-Herzog el lunes 16.

Realmente lo es, y no solo por el ejemplo que está dando en un momento en el que se requiere exactamente lo contrario. En su descarado desprecio por las medidas de precaución ante una pandemia severa, el presidente de México se está poniendo a sí mismo y al país en peligro. López Obrador tiene 66 años. Sufrió un infarto hace siete años. Él es la definición misma de una persona que enfrenta un mayor riesgo de desarrollar una enfermedad grave si se infecta. Durante la desgarradora experiencia de China con el virus, más de 13% de las personas mayores con antecedentes de enfermedades cardiovasculares han muerto. ¿Entonces por qué López Obrador insiste en tentar al destino?

Tal vez la respuesta se nos escapa porque es de naturaleza metafísica. El lunes 16, un periodista le preguntó a Hugo López-Gatell, subsecretario de salud de México, si López Obrador debería escuchar los consejos de los expertos y dejar de asistir a reuniones masivas. La respuesta de López-Gatell fue una para la Historia. "Que tenga más de 60 años no significa que se tenga un riesgo especial”, mintió. Y luego fue más allá: "La fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio”.

Lo que López-Gatell quiso decir con "fuerza" es una incógnita. Pero la implicación parecía clara: López Obrador es intocable, mágico, casi un santo.

De pie a unos metros detrás de López-Gatell, López Obrador sonrió. “¿Solo uno? ¡Miles!”, quizá pensó.

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