Lucina Melesio es periodista y colabora para diferentes medios como ‘Scientific American’ y ‘Al Jazeera’.

Hillary, estadounidense de 33 años, viajó las últimas semanas desde el estado de Colorado hacia Ciudad de México durmiendo en hostales y compartiendo literas. Hoy, cree tener todos los síntomas del COVID-19 y su hermano, médico, también piensa que está enferma. En hospitales públicos de Ciudad de México no han querido hacerle una prueba porque no ha estado en las ciudades de Europa, Asia o Estados Unidos que las autoridades mexicanas consideran de riesgo. “Solo me queda esperar en casa y buscar sentirme mejor”, me dijo.

A Julia, argentina de 31 años que vive en México y también cree tener todos los síntomas del coronavirus, tampoco le han hecho la prueba por no haber viajado a zonas de riesgo. Después de ir con síntomas a una unidad del Instituto Mexicano del Seguro Social, sin éxito, y llamar a dos hospitales privados donde la prueba costaba más de 600 dólares, optó por tratarse con un homeópata.

Los síntomas de ambas pueden o no ser de COVID-19: no hay forma de saberlo sin una prueba. Hasta el domingo 22, las autoridades mexicanas trataron principalmente como casos sospechosos a quienes han estado en contacto directo con casos confirmados de la enfermedad o han viajado recientemente a las zonas de riesgo. Como yo.

Regresé de Nueva York —un estado muy afectado en Estados Unidos— hace un par de semanas y el sábado 21 decidí probar el sistema de mensajes del gobierno de Ciudad de México porque tenía un síntoma que me preocupó. Mandé un SMS, contesté las preguntas y resultó que soy un caso de “riesgo muy alto”.

Menos de 15 minutos después de terminar el cuestionario recibí la primera llamada de seguimiento. Una operadora me repitió que tengo “un riesgo muy alto” y, entre otras indicaciones, me ordenó que esperara una llamada de la Secretaría de Salud y que no saliera de mi casa.

El problema es que antes de esta llamada, y de que hiciera confinamiento voluntario desde cuatro días antes, fui a reuniones, de compras, a la marcha feminista del 8 de marzo e hice un viaje de trabajo al interior del país sin sospechar que pudiera portar el virus.

La dirigencia global de la Organización Mundial de la Salud (OMS) ha señalado la necesidad de hacer pruebas a todos los casos sospechosos. En una entrevista con El País, los responsables locales de la OMS-Organización Panamericana de la Salud señalaron que “en México se hacen test sin dejar a ningún sospechoso”. Además, que “se están tomando las medidas adecuadas” aunque “eso no significa que todo va a salir bien”.

Parecería sensato, dada la frágil economía del país y que 56% de su población trabaja de forma informal, esperar antes de paralizarla cuando aún hay pocos casos oficiales. La pregunta es si en verdad hay tan pocos contagios.

“Si ahora hay 200 casos confirmados en México, el cálculo estimado es que en realidad debe haber unos 2,000 casos”, me dijo Jeffrey Shaman, del departamento de Epidemiología de la Universidad de Columbia, quien la semana pasada publicó un estudio en la revista Science que señala que en China 86% de los casos no fueron documentados antes del 23 de enero. Está por publicar otro trabajo que señala que en Estados Unidos la cifra fue aún mayor.

Su lógica es la siguiente: si en China por cada caso confirmado en realidad había siete, y en Estados Unidos eran 11, Shaman estima —aunque los datos son insuficientes aún— que México está en un punto entre ambos y que, en realidad, por cada caso detectado hay 10 infectados.

Moisés Santillán, investigador del Centro de Investigación y de Estudios Avanzados Monterrey, ha realizado modelos preliminares de la expansión del coronavirus en México y afirma que “el número real de personas infecciosas es mayor al número de casos confirmados”. Me dio la misma cifra estimada que el doctor Shaman —2,000 casos —, aunque él llegó a ella por otra vía.

Su modelo, como otros que son públicos, señala que en realidad lo que hoy vemos es una fotografía de la epidemia de ocho o 10 días atrás, porque la detección va retrasada. El crecimiento exponencial que Santillán modela para el COVID-19 es un escenario relativamente alentador en el que los casos se duplican cada 2.65 días, lo cual arrojaba un estimado de 2,000 casos reales.

Estas entrevistas las realicé cuando había aproximadamente 200 casos oficiales confirmados. El domingo 22 las autoridades declararon 316 casos oficiales, que según estos estimados serían unos 3,160 infectados reales.

Por otro lado Julián, neumólogo del INER quien pidió ser identificado así porque los médicos del hospital no tienen permitido hablar con la prensa, me dijo que aunque es muy difícil mantener un conteo preciso, la baja cantidad de pacientes en estado crítico refleja que los datos no deben estar tan errados: “Desde la trinchera, lo que estoy viendo en los hospitales indica que no debemos estar tan lejos de las cifras oficiales”.

El 18 de marzo la Secretaría de Salud declaró que habían realizado unas 1,000 pruebas en todo el país, las cuales se harán extensivas a partir de este lunes 23, cuando suponen comenzará la fase 2 de la pandemia: los contagios entre personas que no han viajado al extranjero.

Las estimaciones de expertos varían y, aunque los modelos no son a prueba de balas, queda la pregunta: ¿Qué tan grave sería haber comenzado la fase 2 tarde, sólo basados en las pruebas y el conteo oficial, y no en estos modelos?

“Es muy grave”, me dijo Shaman. “Es crucial identificar, aislar y rastrear los contactos de todas estas personas que son portadoras asintomáticas y que andan por las calles esparciendo el virus. [...] La evidencia señala que hacer esto a tiempo hace toda la diferencia para frenar el crecimiento desmedido de esta epidemia. [...] No entender esto es no entender lo que es un crecimiento exponencial”.

Todos los especialistas con los que hablé —incluido Malaquías López, epidemiólogo de la Comisión para la Atención de la Emergencia del Coronavirus de la UNAM, hablando a título personal— estuvieron de acuerdo en que, más allá de las pruebas y los números oficiales, las autoridades tendrían que haber actuado antes para reducir el contacto social.

En mi caso, hasta la noche del domingo 22, dos días después de haber sido identificada como un caso de “alto riesgo” de tener COVID-19, no había recibido la llamada prometida de la Secretaría de Salud. Sigo en confinamiento voluntario, esperando respuestas y sin haberme hecho una prueba.

*Nota del editor: En una versión previa de este artículo se señalaba que la Secretaría de Salud de México había dicho el 13 de marzo que ya se habían realizado 9,100 pruebas, lo cual es incorrecto.

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