Julio Astillero es periodista. Es columnista del diario ‘La Jornada’ y conduce en redes sociales los programas ‘Videocharlas Astilladas’ y ‘Astillero Informa’.

Este lunes 23 iniciará en México la “Jornada nacional de sana distancia”, concebida como la primera acción masiva de la Secretaría de Salud federal para tratar de contener el contagio del coronavirus COVID-19, que hasta el domingo 22 había dejado ya dos muertos y 316 contagiados de forma oficial. Es el final de la primera fase de la estrategia gubernamental, enfocada a la contención de los casos que llegaron del extranjero, y abre la puerta a la segunda etapa, en la cual se cerrarán comercios y se limitará la movilidad ciudadana.

El arranque de este ciclo aumentará la discusión pública respecto a la rapidez o tardanza con que se han tomado medidas restrictivas en México, tomando como referencia, en sus circunstancias, lo que se ha hecho en otros países.

En estas semanas han crecido las críticas y protestas hacia el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) por parte de sus opositores —partidistas y empresariales—, que creen posible encontrar en este delicado tema de salud pública una oportunidad de restarle fuerza al aún dominante mandatario, sobre todo rumbo a las elecciones intermedias de 2021. Pero hay consideraciones para el actuar del presidente.

Hasta ahora, el gobierno de AMLO ha mantenido una línea de trabajo que conlleva la información diaria sobre el tema, tanto en sus conferencias de prensa matutinas como en un reporte nocturno específico a cargo de Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud federal. Además, se difunden de forma institucional las recomendaciones sanitarias, se han suspendido las clases en el sistema de educación pública y privada, y el trabajo no esencial en el aparato burocrático también entra en un estado de letargo provisional.

Una parte de la discusión pública descansa en la conducta asumida por AMLO, quien se ha negado a frenar sus giras masivas y el contacto directo con la población convocada a esos actos. Entre abrazos, besos y saludos de mano, suscita preocupaciones tanto del eventual contagio del hombre en cuyos hombros y salud descansa el complicado proceso de reformismo del sistema mexicano —al que él denomina Cuarta Transformación— como de la posibilidad, a la vez, de convertirse él en un foco de contagio masivo.

El presidente ha derivado la responsabilidad de su activismo público a sus subordinados de la Secretaría de Salud, al declarar que él hará lo que le indiquen y como se lo indiquen los mandos médicos de esa oficina. El subsecretario López-Gatell provocó estupefacción cuando en una conferencia de prensa, ante la pregunta de una reportera sobre los riesgos de contagio del presidente, dijo que “la fuerza del presidente es moral, no es una fuerza de contagio, en términos de una persona, un individuo que pudiera contagiar a otros”. Precisó que “el presidente no es una fuerza de contagio, entonces no tiene por qué ser la persona que contagie a las masas, o al revés".

La semana pasada, el presidente volvió a atizar el fuego de la polémica al mostrar en su habitual conferencia de prensa mañanera imágenes religiosas que dijo son sus guardaespaldas, sus protectores. En particular, se detuvo largos segundos en la contemplación de una estampa conocida como “Detente”, con una reproducción gráfica del Sagrado Corazón de Jesús, muy utilizada durante la Guerra Cristera (una insurrección de 1926 a 1929 de grupos católicos, opuestos a la pretensión de imponer restricciones al culto religioso). AMLO leyó en voz alta la leyenda distintiva: “Detente, enemigo, que el corazón de Jesús está conmigo”.

El comportamiento público del presidente en esta etapa médica, económica y socialmente tan difícil, tiene ingredientes que vale considerar. Su llegada al poder, y su conservación en él, tienen como factor básico la adhesión de masas sociales a las que debe alentar y sostener en una especie de resorte latente, siempre dispuesto a saltar en defensa del líder y el proceso que encabeza. López Obrador tiene que mantenerse en contacto estrecho, directo, casi temerario, con su base social y electoral.

Por otra parte, el sistema de salud pública atraviesa por una situación muy complicada pues la revisión, cancelación y nueva elaboración de contratos para suministro de medicinas y material médico se ha entrampado entre la búsqueda de que no haya actos de corrupción —una promesa fundamental del presidente— y las necesidades inmediatas de los pacientes. AMLO ha ido posponiendo la toma de decisiones fuertes porque generarían más miedo social y, al propiciar la concurrencia masiva a clínicas y hospitales, provocarían el colapso de ese sistema deficitario de salud.

Hay otro dato, que no es menor. El inicio del aislamiento social se topará con la realidad socioeconómica de un país con 41.9% de su población en pobreza y 56% sin trabajo formal, que viven prácticamente de lo que logran ganar día a día. Ordenar la suspensión de actividades comerciales y confinar a las personas en sus casas es algo que muchos mexicanos no pueden hacer porque tienen que trabajar en las calles o en lugares públicos para ganar el dinero básico de su supervivencia cotidiana.

En esas coordenadas, la nación entrará este lunes 23 a las jornadas de la sana distancia. Ya se verá si los cálculos de AMLO en los tiempos del coronavirus fueron correctos y eficaces, o resultarán insuficientes ante la dimensión de lo que llegase a suceder.

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