Nacho Lozano es reportero y presentador de noticias en televisión e internet. Es autor de los libros ‘Mariguana a la mexicana’ y ‘El priista que llevamos dentro’.

Las noticias falsas son igual de contagiosas que el coronavirus COVID-19. La Organización Mundial de la Salud (OMS) ya bautizó a esta epidemia de rumores como una “infodemia” que propaga pánico y confusión, y genera división. Estos rumores se camuflan entre las noticias reales y basadas en evidencia científica, y hay quienes no las distinguen o las prefieren sobre el periodismo serio. En México las propagan desde anónimos en redes sociales hasta el mismo presidente de la República.

El 67% de los usuarios mexicanos de internet se informa principalmente en Facebook, 42% en YouTube y 41% por WhatsApp. Es principalmente en esas plataformas donde la infodemia hace de las suyas, entre cadenas con información falsa o engañosa, y contenidos falsos en sitios poco confiables y sin fuentes verificables, hechos para tener millones de vistas o reproducciones de video.

Ahí es donde las mentiras dicen que cierto tipo de brebaje cura el coronavirus o que este en realidad no existe y todo es una confabulación de los gobiernos y las farmacéuticas. El problema es cuando esa información falsa o sin contexto proviene desde fuentes oficiales o de los líderes del país. Las noticias falsas imposibilitan que haya reacciones inteligentes no solo en la ciudadanía, sino en el gobierno.

En México el subsecretario de Salud, Hugo López-Gatell, ha sido el encargado de anunciar los datos oficiales y las medidas clave para mitigar la propagación del COVID-19. Ha sido muy bien documentado cómo el presidente, Andrés Manuel López Obrador, ha desobedecido estas medidas desde el inicio de la pandemia.

López Obrador es un político curtido que, ante los mandatarios internacionales reunidos en el G20, dijo que en esta crisis “nos hemos apoyado en los médicos, en los científicos. Los políticos no somos todólogos, necesitamos de la asesoría de los especialistas para no cometer errores”. Sin embargo, ha sido su gobierno el que ha desdibujado la frontera entre ciencia y política, y cuando eso sucede, se toman decisiones que comprometen la salud y la vida los ciudadanos.

La infodemia en México no solo proviene del presidente. El gobernador del estado de Puebla, Miguel Barbosa, dejó atónitos a varios cuando dijo en una conferencia de prensa: “Si ustedes son ricos, tienen el riesgo (de contagiarse). Si ustedes son pobres, no. Los pobres estamos inmunes”. Al día siguiente dijo con sorna: “Ya se descubrió la vacuna contra el coronavirus: es un plato de mole con guajolote (pavo)”.

El obispo de Cuernavaca, Ramón Castro, aseguró en una misa que la pandemia “es un grito de Dios por el desorden social, aborto, violencia, corrupción, eutanasia y homosexualidad” que hay en la humanidad.

En Twitter, el padre Alejandro Solalinde, antes enfocado a socorrer a migrantes centroamericanos y hoy cercano a López Obrador, escribió: “Quien quiera, persona física o moral, que haya provocado esta pandemia es un criminal de lesa humanidad. Debe investigar y castigarse al culpable”. Después aconsejó tomar un té de hierbas para protegerse y combatir el coronavirus, por lo cual Twitter eliminó su mensaje.

Los falsos rumores de desabasto, toque de queda y escasez de comida en tiendas de autoservicio y departamentales también generaron convocatorias en redes sociales para saquearlas, a lo cual las autoridades mexicanas han tenido que hacer frente, además de intentar contener la pandemia.

Incluso la jefa de Gobierno de Ciudad de México, Claudia Sheinbaum, tuvo que desmentir el 1 de abril que se prohibiría la venta de alcohol en la capital mexicana y pidió no hacer compras de pánico.

Las organizaciones como la OMS y los medios de comunicación también han tenido que destinar esfuerzos especializados —como Verificovid, Verificado y El Sabueso— a desmentir este tipo de mensajes de figuras públicas que, al igual que los dichos y hechos del presidente López Obrador sobre los abrazos y la sana distancia, sólo promueven la desinformación.

Porque después de que ellos crean las noticias falsas, llegan quienes las propagan en sus redes sociales y comparten entre sus conocidos, algunos por ignorancia, otros con alevosía. Hubo el caso de dos jóvenes que ingirieron cloro y productos de limpieza porque leyeron en redes sociales que con eso se protegerían contra el coronavirus.

Al final de esta crisis, habremos de preguntarnos: ¿Cuántos contagios se hubieran evitado si estas irresponsabilidades políticas no hubieran ocurrido? ¿Cuántos confiaron en los consejos insensatos del presidente, el gobernador o el cura? ¿O en la cadena de Whatsapp que les llegó?

El virus nos ha aterrizado como humanos y nos ha puesto en alerta. Los altos costos de no hacerle caso a la ciencia los están pagando las decenas de miles de muertos e infectados en el mundo. Es nuestro deber poner en cuarentena a quienes difunden noticias falsas, seguir las guías sobre cómo distinguirlas de las noticias verdaderas y reportar en redes a aquellos sitios que las difunden. La distancia entre las noticias falsas y nosotros es, sin duda, una sana distancia. Esta infodemia también podemos pararla todos.

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