Hace un mes y medio, cuando celebró su cumpleaños 51, casi nadie en México conocía a Hugo López-Gatell. Era un subsecretario más de los muchos que tiene el gobierno federal: subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud.

Cuando llegó a México el coronavirus, el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO) le encomendó combatirlo. Hoy es el nombre que todos los mexicanos tenemos en la mente por ser el portavoz del gobierno frente a la pandemia. Con hasta dos conferencias de prensa al día, acaparó en marzo 44% de la cobertura de los medios.

Los gestos de López-Gatell son memes en redes sociales, stickers en apps de mensajería, se ha vuelto una suerte de sex-symbol y hay quien incluso lo apunta en la carrera presidencial.

Sin embargo, su gestión de la crisis está aún a prueba por varias críticas que ha recibido. Primero, por hacer malabares científicos para justificar a AMLO, quien es identificado internacionalmente como uno de los líderes negacionistas del peligro de la pandemia: hasta hace unos días seguía recomendando salir a la calle, y repartía besos y abrazos en sus mítines; ante ello, López-Gatell dijo que el presidente era “una fuerza moral, no una fuerza de contagio”. Segundo, porque no ha seguido la recomendación de la Organización Mundial de la Salud de hacer pruebas exhaustivas a posibles contagiados de coronavirus. Y tercero, porque se retrasó en ordenar la cancelación de eventos masivos y las actividades del país.

Pero comparado con el desdén del presidente ante la pandemia, López-Gatell resulta ser la voz oficial sensata.

El COVID-19 no es la primera pandemia del nuevo superhéroe del gobierno mexicano. Hace 11 años explotó en México la gripe A(H1N1) cuando él era director general adjunto de Epidemiología en la Secretaría de Salud. Y por la manera en como gestionó aquella crisis fue marginado por el entonces presidente Felipe Calderón, quien lo consideró ineficaz porque defendió lo mismo que plantea para el coronavirus: no hace falta hacer tantas pruebas y es exagerado ordenar el cierre del país.

Ese rompimiento con Calderón y su equipo es quizá lo que hoy lo tiene encumbrado. Calderón y AMLO son los más notables antagonistas de la actualidad política mexicana: detestan mutuamente todo lo que huela al otro desde que compitieron en la cerradísima elección presidencial de 2006, en la que el actual presidente denunció fraude. Para acercarse a AMLO no hay mejor carta de presentación que ser enemigo de Calderón, y López-Gatell tiene esas credenciales.

En abril de 2009, cuando se detectó el brote de A(H1N1), el subsecretario de Prevención y Promoción de la Salud, Mauricio Hernández, y —su muy cercano— Hugo López-Gatell recibieron dos tareas estratégicas: montar un laboratorio para hacer pruebas masivas del nuevo virus, y recoger la estadística de contagios y muertes que sumara todos los casos de los hospitales privados y públicos, federales y estatales, del país.

Una década después, ambos funcionarios aparecen cotidianamente en las conferencias de prensa sobre el coronavirus: el primero como director de Prestaciones Económicas y Sociales del IMSS y el segundo como vocero ante la pandemia.

Según el recuento de cuatro exservidores públicos que estuvieron en el “cuarto de guerra” para combatir la influenza hace 10 años —sólo uno de ellos sigue en la política—, López-Gatell y Hernández fallaron en las dos tareas que les encomendaron, a juicio del entonces presidente Felipe Calderón y su equipo cercano.

No montaron el laboratorio para hacer pruebas masivas y, de hecho, estuvieron en contra de realizarlas a gran escala porque consideraban que era un desperdicio de recursos. Desde entonces defendían el modelo de vigilancia epidemiológica Centinela. Ernesto Cordero, entonces secretario de Desarrollo Social, terminó armando el laboratorio en las instalaciones del Instituto de Diagnóstico y Referencia Epidemiológicos, que encabezaba la doctora Celia Alpuche: importaron 16 máquinas de análisis de San Diego, California, con paso exprés por la aduana, y al poco tiempo ya procesaban mil pruebas al día.

Cuando presentaron al presidente su primer análisis estadístico de personas muertas por A(H1N1), Calderón les reclamó que los números no cuadraban. Les quitó esa encomienda y se la encargó a su director de encuestas, Rafael Giménez, quien con su equipo auditó la base de datos de López-Gatell y Hernández, y encontró que su cifra de muertos era diez veces mayor a la real. Según los testimonios, en esa primera lista de unas 100 víctimas fatales algunas en realidad estaban vivas, habían contabilizado doble a personas que tenían nombres compuestos y registrado a un hombre que en realidad falleció atropellado. En la tarea de auditarlos también colaboró Germán Fajardo, entonces a cargo de la Comisión Nacional de Arbitraje Médico.

En cuestión de días, Hernández y López-Gatell quedaron marginados de la atención de la pandemia. Dos años después, ya con vacuna y tratamiento contra la influenza, el entonces secretario de Salud, José Ángel Córdova, dejó el gabinete. Entró en su lugar Salomón Chertorivski, y nombró como subsecretario a Pablo Kuri —adversario de Hernández y López-Gatell en las pugnas médico-políticas— en lugar de Hérnandez. López-Gattel salió meses después del gobierno calderonista.

Ahora, en el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, López-Gatell tiene a Mauricio Hernández como parte de su equipo científico en el Gabinete de Salud para enfrentar la emergencia.

Parecería que, a ojos de AMLO, López-Gatell tiene todo lo que se necesita para ser su mariscal de campo en la batalla contra el virus: es epidemiólogo, ya vivió una pandemia desde el sector público, chocó con el expresidente Calderón y su manera de enfrentar la pandemia es exactamente opuesta a la que el calderonismo planteó para la influenza.

Calderón y su equipo apostaron por realizar pruebas exhaustivas para detectar infectados y cerrar el país rápidamente, con un costo político amplio. En la crisis del coronavirus, López-Gatell ha argumentado que no se necesitan hacer muchas pruebas y retrasó al máximo el cierre del país y la suspensión de actividades masivas, también a un costo político alto. Contacté al subsecretario López-Gatell a través de su oficina de Comunicación Social, pero declinó hacer comentarios.

En el brote de A(H1N1), Calderón y su gabinete, que normalmente vestían de traje completo y corbata, aparecían sin corbata en sus actos públicos. Argumentaban que la corbata, por estar tan cerca de la boca y no lavarse tan frecuentemente, era la prenda de vestir más transmisora del virus. 11 años después el gabinete de AMLO, buscando romper con el modelo tradicional del político elegante alejado del pueblo, casi siempre viste de saco y sin corbata… excepto López-Gatell, el subsecretario que en medio de la pandemia siempre lleva la corbata puesta.

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