Ignacio Escolar es director de eldiario.es y analista político en radio y televisión.

Escribo desde Madrid, uno de los epicentros mundiales de la pandemia. Es una de las ciudades más vibrantes y divertidas de Europa; hoy está vacía y apagada, y todos los días parecen grises incluso bajo un radiante sol primaveral. Ya son cuatro semanas de confinamiento domiciliario, con las calles casi vacías, los hospitales colapsados y largas colas para comprar en los supermercados por las nuevas medidas de seguridad

El número oficial de muertos se cuenta por millares: más de 5,000 solo en Madrid, por encima de los 14,000 en toda España. La policía patrulla los barrios para evitar que nadie salga de su casa sin una buena razón. Una pista de patinaje sobre hielo de la ciudad se ha transformado en una morgue improvisada donde apilar los cadáveres.

La ciudad guarda un insólito silencio que solo se rompe cada día a las 8:00 de la tarde, cuando gran parte de los madrileños se asoman a su ventana o balcón para aplaudir al personal sanitario por su entrega y valentía ante la enfermedad. Es más que un aplauso: es un grito colectivo que nos une como sociedad en un momento en el que necesitamos más que nunca sentir que no estamos solos. Que lo vamos a superar.

Llevamos desde el 14 de marzo en estado de alarma y aún no está claro cuándo terminará. El gobierno también ha decretado, desde el 26 de marzo, el cierre de todas las actividades económicas no esenciales. El número de desempleados se cuenta por cientos de miles: 900,000 personas perdieron su puesto de trabajo solo en la segunda quincena de marzo. Eso, en un país de 47 millones de habitantes que no volverá a ser el mismo.

No es una historia muy distinta a la que antes sucedió en Milán. O a la que está empezando a pasar en Nueva York, en Londres o en París. Tampoco muy diferente de lo que está ocurriendo o pronto puede ocurrir en tu ciudad. Solo cambia el momento de la curva de contagios, de una ola que primero aparece por televisión, como algo lejano y abstracto, y que después llega a tu calle y arrasa tu realidad.

Por primera vez desde la Guerra Civil (1936-1939), este año España no tendrá procesiones de Semana Santa. Tampoco fútbol, ni cine, ni teatro, ni vacaciones en unas fechas en las que el turismo generaba importantes ingresos y puestos de trabajo: cerca de 15% de la economía del país depende de unos turistas que, este año, es dudoso que puedan llegar.

¿Por qué España es hoy uno de los países, junto con Italia, que lidera las peores cifras de muertes por coronavirus? ¿Por qué nuestro vecino, Portugal, ha registrado apenas 300 fallecidos mientras en España son cuarenta veces más?

La respuesta completa a esta pregunta compleja probablemente tardará algún tiempo en llegar. También los datos definitivos: las últimas proyecciones de la Universidad de Washington sitúan a Reino Unido como el país europeo donde, probablemente, el número de muertos vaya a ser mayor. Si se comparan las fechas de las decisiones que fue tomando el gobierno para frenar a la enfermedad en cada momento, en función del número de enfermos y muertos detectados, España no reaccionó mucho más tarde que otros países europeos; tampoco mucho mejor. Pero España e Italia son dos países muy turísticos, que reciben millones de visitantes extranjeros durante todo el año, y que también están muy conectados entre sí: había una media de 14 vuelos diarios entre España e Italia cuando los aviones aún podían despegar. Y hoy es evidente que el virus circuló por ambos países mucho antes y de manera más virulenta de lo que oficialmente se detectó.

El primer muerto en Europa por coronavirus se suponía que era un turista chino que murió en París el 15 de febrero. En realidad no fue él. El 13 de febrero, dos días antes, un español que había estado antes en Nepal murió en Valencia por neumonía. Varias semanas más tarde, en marzo, una autopsia posterior descubrió que la verdadera causa de su enfermedad fue el coronavirus. Eso no se supo cuando falleció. Tampoco está claro si realmente él fue la primera víctima española de la enfermedad.

Las razones demográficas también han influido en la alta mortalidad española: un país con mucha población envejecida porque cuenta con la esperanza de vida más alta del mundo. Las residencias de ancianos, donde el virus ha provocado estragos, han sido también multiplicadoras de la enfermedad.

El alto número de víctimas en España ha provocado una enorme tormenta política y duras críticas al gobierno por la gestión que ha hecho de esta crisis. El primer partido de la oposición, el conservador Partido Popular (PP), acusa al Gobierno de negligencia por, entre otros motivos, permitir una manifestación masiva en Madrid el 8 de marzo por el Día de la Mujer; una manifestación a la que el PP también envió una representación oficial. La extrema derecha —Vox, el tercer partido en número de diputados del Parlamento español— ha ido un paso más allá y ha tachado al presidente y los ministros de “criminales”. Es una anomalía española: casi el único país europeo donde la oposición no ha cerrado filas con el gobierno ante esta crisis, ni se ha aislado a la extrema derecha. Ni siquiera en Italia se está dando un nivel de enfrentamiento político similar.

Las noticias siguen siendo tristes, aunque se empieza a vislumbrar una salida a la crisis sanitaria: un estudio del Imperial College de Reino Unido asegura que el confinamiento de la población ha salvado ya unas 16,000 vidas solo en España. En la última semana, con algunos altibajos, las cifras diarias de muertos y nuevos contagios oficiales han comenzado a descender ligeramente, tanto en España como en Italia. El gobierno planea recuperar parte de la actividad económica el lunes 13. El confinamiento domiciliario está surtiendo efecto y ha ayudado a ralentizar la enfermedad. O al menos sus consecuencias sanitarias. Las económicas solo acaban de empezar.

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