Julie Schwartz Gottman es presidenta y cofundadora del Instituto Gottman y cofundadora de Affective Software, Inc.

Últimamente la vida no ha sido fácil. El coronavirus nos ha roto las rutinas, ha puesto nuestra economía en caída libre y nos ha dejado aturdidos. Nos ha despojado de nuestras redes de seguridad social como nuestras conversaciones habituales con vecinos, amigos y familiares. Estamos aislados y separados como peces del agua.

El aislamiento es un castigo. Nos roba nuestras identidades, las formas en que nos reconocemos como individuos. Muchos nos hemos quedado sin trabajo —o al menos sin el compañerismo que los trabajos suponen— y nuestras rutinas. No más conducir hacia la escuela, viajes compartidos para los compañeros del partido de básquetbol, ni disfrutar cenas fuera de casa; no más viajes, fiestas, ni temporada de fútbol acompañada de cervezas. Las vacaciones de primavera terminaron y nuestros puntos de referencia han desaparecido.

Sin eso estamos a la deriva, confinados en casa pero inquietos. La única persona a la que nos atrevemos a acercarnos es a nuestra pareja , que también está atrapada en casa. Pero a veces él, ella o ellos nos molestan muchísimo.

Muchos tenemos relaciones íntimas para nada ideales. Nos relacionamos más con la película Historia de un matrimonio que con Sintonía de amor. Hace un mes podíamos escapar de las peleas constantes y discusiones acaloradas e ir al gimnasio, pero ahora estamos atrapados en nuestra olla a presión de cuatro paredes, y el vapor caliente aumenta cada día. El coronavirus cierra nuestras válvulas de escape habituales. ¿Cómo destapamos la olla y apagamos la estufa antes de que nuestra relación se derrita?

Como tantos otros psicólogos, psicoterapeutas e investigadores académicos, mi esposo John y yo hemos estudiado y atendido durante casi cinco décadas a parejas con dificultades. Al analizar segundo a segundo conversaciones, emociones y la fisiología de las parejas, esto es lo que hemos aprendido:

Las parejas exitosas —aquellas que permanecen felices juntas durante décadas— viven conforme a pautas consistentes. Se centran en lo que su pareja hace bien, no lo que hace mal, y dicen “gracias” una docena de veces al día, incluso por algo tan simple como hacer por enésima vez el primer café de la mañana. Buscan la belleza, los rasgos positivos en su pareja y los señalan con cariño y ternura. Se esmeran para evitar la crítica y el desprecio en su vocabulario, casi nunca se insultan ni ponen los ojos en blanco en señal de burla. En cambio, dicen lo que realmente necesitan y no lo que les molesta. Saben escuchar y primero preguntan para sondear las necesidades de su pareja: “¿Por qué es tan importante para ti?” o “¿Hay algún trasfondo o historia de la infancia que lo explique?”. Llegan a acuerdos justos: cada uno primero identifica los valores y sueños del otro, aquellos que no se pueden negociar, y luego encuentran en conjunto la manera de ceder en lo que sí es posible. Por último, aunque no menos importante, se abrazan y acarician a menudo, con afecto, no solo con erotismo.

Estos hábitos de comunicación evitan que venenos como la crítica, el desprecio y la violencia contaminen el aire que respira una pareja. Por el contrario, crean un entorno cálido, seguro y estimulante para que la pareja pueda relajarse y crecer como individuos y en conjunto.

En la década de los noventa otro investigador de relaciones interpersonales, Neil S. Jacobson, analizó sus propias intervenciones para ayudar a las parejas en dificultades. Descubrió que la mayoría de las parejas que atendió recayeron en poco tiempo, excepto un grupo atípico. Estas parejas mantenían una práctica diferente a la que él les enseñó. Cada noche tenían una “conversación para reducir el estrés”, en la que cada parte abordaba los puntos más y menos destacados de su día y compartía sus preocupaciones externas, las que emanaban del exterior del matrimonio. Contrario a la norma, las parejas que escuchaban no trataban de resolver nada. Solo pedían más detalles, en especial sobre las emociones del interlocutor, mientras escuchaban y asentían con empatía. Estas parejas se mantuvieron más felices a largo plazo. Integramos el trabajo de Jacobson en el nuestro y comprobamos la validez de sus hallazgos.

Guy Bodenmann, un investigador suizo, cultivó la “terapia de pareja orientada a la superación”, un estilo diferente de asesoría matrimonial que hacía hincapié en que las parejas hablaran para reducir el estrés. Funcionó de maravilla, y no es ninguna sorpresa. Biológicamente, los humanos somos animales de manadas. Dependemos unos de otros como lo hacen los lobos y primates. El trabajo de Bodenmann y Jacobson —junto con el nuestro— sugiere que las parejas se necesitan mucho, sobre todo en momentos de estrés. No necesitan la ayuda de su pareja para resolver sus problemas. Cada uno necesita ayuda para sentirse menos solo.

Entonces, ¿por qué seguimos pensando que existe “demasiada dependencia” o que la autosuficiencia en solitario es lo ideal? Estas ideas no tienen sentido. Frente a este nuevo virus, nos necesitamos más que nunca, sobre todo a la persona con la que vivimos. Cultivemos un poco más de bondad entre nosotros.

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