Hasta hace muy poco, a finales de febrero, prácticamente nadie había escuchado sobre el “distanciamiento social”, el término incómodo utilizado para referirse a la acción de mantenerse alejado de otros para frenar la propagación del coronavirus. El término fue establecido por los funcionarios de salud pública durante los últimos días de febrero. Para finales de la primera semana de marzo, ya era tendencia en las redes sociales. Para el 12 de marzo, había superado a “Taylor Swift” como término de búsqueda en Google. El 17 de marzo, había sobrepasado a “Joe Biden” (sin duda, el presidente de Estados Unidos sentirá un alivio al saber que “Donald Trump” sigue estando muy por delante).

Mientras el pánico sobre el virus altamente contagioso crecía, y Estados Unidos (como muchos otros países) cerraba sus puertas por quién sabe cuánto tiempo, el distanciamiento social significó, en un inicio, no darse abrazos. Luego, no estrecharse las manos. Después, se tradujo en la prohibición de grandes congregaciones. Luego, en evitar las interacciones en persona con extraños. Para algunos, eso significa en la actualidad no tener ningún tipo de contacto humano significativo por un indeterminado periodo de tiempo (¿Semanas? ¿Meses, quizás? Nadie lo sabe). Es percibido como una situación esencial para prevenir el escenario más apocalíptico, en el cual la mayoría de personas contraen la enfermedad, los hospitales se desbordan y millones de personas mueren.

Si bien las autoridades sanitarias están, sin duda, en lo correcto al afirmar que el distanciamiento social es necesario, yo añadiría como sociólogo que es un mal necesario. Enormes cantidades de estudios han demostrado que la conectividad social es fundamental para el bienestar y la buena salud mental. De hecho, el padre del campo de la psicología positiva, Martin Seligman, de la Universidad de Pensilvania, ubica la cercanía social en el mero centro de su modelo sobre la felicidad humana. La investigación muestra que esto incluye contacto regular no solo con amigos y familiares sino también con conocidos e incluso extraños.

¿Por qué es tan fundamental la cercanía social? Y más importante, ¿por qué el aislamiento social es tan perjudicial para nuestro bienestar? El trabajo de Paul Zak, profesor de ciencias económicas, psicología y gestión de Claremont Graduate University, en California, ofrece una explicación. Zak estudia los efectos de la oxitocina, un neurotransmisor altamente placentero que actúa como una hormona en el cerebro. A veces se le conoce con el nombre de “molécula del amor”, porque es liberada cuando tenemos contacto con otros.

Al dotar a la conexión social de placer, la oxitocina nos mantiene unidos. Aumenta la felicidad y reduce el estrés, e incrementa la bondad y la caridad hacia los demás. En contraste, cuando estamos aislados de otros y por lo tanto desprovistos de oxitocina, la vida puede sentirse fría y vacía. Para muchos, la sensación de soledad e incluso la depresión es el siguiente paso. El sistema actual de distanciamiento social bien podría salvarnos de una infección de COVID-19, pero si continúa por demasiado tiempo y sin medidas de reparación, también nos privará de la oxitocina que necesitamos para sobrevivir y prosperar.

La oxitocina es producida como respuesta al contacto físico. Basándose en su investigación, Zak descubrió que se incrementa a los 20 segundos de un abrazo entre parejas. Sin embargo, la producción de oxitocina también puede ser estimulada por un simple roce entre amigos. Especialmente en mujeres, el abrazarse y elevar los niveles de oxitocina disminuye la presión arterial y las frecuencias cardíacas.

El contacto visual tiene un efecto similar. Quizás el estudio más conocido al respecto fue publicado en 1997 en el Boletín sobre la Psicología Social y la Personalidad. Se les pidió a hombres y mujeres jóvenes, que no se conocían, que se miraran fijamente a los ojos y respondieran una serie de preguntas personales. Los participantes reportaron haber experimentado un vínculo intenso a pesar de nunca haberse conocido. Al menos dos de las parejas que se conocieron en el experimento terminaron casándose. Sin embargo, de nuevo, los beneficios no están exclusivamente asociados con el romance: el contacto visual entre amigos, e incluso extraños, puede incitar una liberación placentera de oxitocina.

Entonces, ¿qué podemos hacer para mantener altos los niveles de oxitocina mientras evitamos el coronavirus? Primero, saber que las redes sociales son un mal sustituto del contacto humano en el mejor de los casos, porque no proporciona ni contacto físico ni visual (sin duda, esta es la razón por la que muchas personas solitarias usan compulsivamente las redes sociales y aun así pueden terminar sintiéndose incluso más solas). Mientras se practica el distanciamiento social, es importante apoyarse más bien en tecnologías que proporcionan un simulacro de contacto verdadero, especialmente aquellas que nos permiten vernos, como Skype y FaceTime. Haz una lista de familiares y amigos para contactar a diario, y aparta una o dos horas para hacerlo.

Segundo, plantéate establecer más contacto visual con otros en el mundo real. Hacerlo puede sentirse extraño, especialmente para algunas personas. Pero mira a otras personas a los ojos, incluso a las que ves durante las rápidas visitas al supermercado (en caso de que te estés preguntando cómo hacer para no lucir como un bicho raro, las investigaciones muestran que las personas empiezan a sentirse incómodas con tu mirada fija luego de unos 3.2 segundos). En casa, no mantengas tu mirada en la pantalla de tu teléfono o en la página de un libro mientras conversas con un familiar. Míralos a los ojos. Existen incluso pruebas de que el contacto visual directo con tu perro estimula la oxitocina, ¡en ambos!

Finalmente, durante estos días socialmente distantes, necesitas tocar más de lo normal a los seres queridos a los que puedas tocar. Sugerencia: establece una regla en la casa en la que todos deben recibir un abrazo de 20 segundos cada dos horas. Si vives solo pero tienes una mascota, convierte en hábito el tomar un descanso cada hora para acariciar a tu perro, gato o incluso hámster.

Armados con estos protocolos, creo que podremos soportar con éxito el mal necesario del distanciamiento social. Si convertimos estas prácticas en hábitos, podríamos terminar saliendo de este período de mejor manera que cuando entramos: menos adictos a las redes sociales, haciendo contacto visual con otros y abrazando generosamente a nuestros amigos y familiares.

De hecho, eso suena bastante bien.

Leer más: