El viernes 17 de abril hablaron por teléfono los presidentes de Estados Unidos y México. Fue una conversación breve para agradecer que Estados Unidos prometió enviar mil ventiladores a México para los pacientes más graves de COVID-19. Pero la noticia que despertó el mayor interés fue que ya hay sobre la mesa una fecha para que, por primera vez, se vean frente a frente Donald Trump y Andrés Manuel López Obrador (AMLO), un encuentro que ni siquiera había logrado la firma del nuevo tratado comercial.

El que un presidente en México se reúna con Donald Trump genera recuerdos y una efervescencia sin par. Más aún si esta reunión será meses antes de las votaciones presidenciales en Estados Unidos.

A nadie en México se le va a olvidar la tarde del 31 de agosto de 2016. Donald Trump, candidato republicano a la Casa Blanca, visto como un locuaz payaso populista e incapaz de portar con decoro la investidura de la presidencia del país más poderoso del planeta, fue recibido en México con todo el boato y protocolo con que se recibe a los jefes de Estado: visita al entonces presidente Enrique Peña Nieto, banderas, escudo nacional, conferencia de prensa conjunta en la casa presidencial. México ardió de coraje.

El golpe de efecto era doble: no sólo porque se daba a Trump una estatura que él no había logrado construir para sí mismo ante el electorado de Estados Unidos, sino porque su campaña se había centrado en la humillación y estigmatización de México y sus migrantes. Invitarlo era hacer que luciera presidencial y poderoso, sometiendo al país al que había venido golpeando. La misma noche de su encuentro con Peña Nieto, regresó a Arizona a un mitin de campaña y, lejos de moderar su discurso anti-mexicano, lo reforzó.

En México fue un terremoto político que costó la salida del hombre más poderoso del gabinete presidencial, considerado el cerebro no sólo de la visita de Trump sino de toda la administración federal: el secretario de Hacienda, Luis Videgaray.

Arturo Sarukhán, exembajador de México en Estados Unidos, me cuenta que en el Partido Demócrata estadounidense evalúan que uno de los factores que explican el triunfo de Trump sobre Hillary Clinton en las pasadas elecciones fue el efecto de esa gira a México: el elector estadounidense vio que el excéntrico millonario sí podía parecer presidente, recibir ese trato, representar a su país en el extranjero e imponer su discurso e intereses. El Partido Demócrata quedó tan herido por eso que se desdibujó la relación de sus principales figuras con el país vecino del sur: México había votado por Trump.

Entre las voces más críticas a esa cumbre Trump-Peña Nieto estuvo la del principal líder opositor del país, el ya perfilado aspirante presidencial del partido Morena, Andrés Manuel López Obrador. En 2016 vapuleó la visita y dijo que él nunca la hubiera realizado. En 2017 publicó el libro Oye, Trump que promocionó con la frase: “Enrique Peña Nieto calla ante Trump, nosotros decidimos enfrentar la xenofobia y defender a los migrantes”. Señaló también la actitud “autoritaria” del mandatario estadounidense. En 2018 prometió que, de ganar la presidencia, contestaría a cada tuit de Trump sobre México.

A un año y medio de estar en el poder, AMLO ha hecho todo lo que antes criticó: no ha contestado un solo tuit de Trump; tampoco una sola declaración. Siempre dice que él respeta a Trump y sus opiniones, y que tiene una gran amistad con Estados Unidos, que no se va a “enganchar” en ningún pleito.

No sólo no ha enfrentado la xenofobia ni ha defendido a los migrantes, sino que desplegó 26 mil elementos de la Guardia Nacional para frenar el flujo de migrantes desde Centroamérica y hacia Estados Unidos, por exigencia de Trump. Pese a ser duramente criticado por organismos defensores de los derechos humanos, y en contra de sus compromisos de campaña, AMLO logró cerrarles el paso y eso le ha merecido que Trump se refiera a él en los mejores términos. Uno de los temas favoritos de Trump en sus discursos es que, gracias a su presión, México militarizó sus fronteras sur y norte, y frenó así el flujo de personas indocumentadas.

El primer encuentro bilateral, según AMLO, podría ser en junio o julio, a unos meses de los comicios en los que el estadounidense busca reelegirse.

Desde que triunfó en las urnas, AMLO ha evadido encontrarse con Trump. “¿Qué ganaríamos con reunirnos? ¿Para qué?”, me dijeron una y otra vez fuentes de primer nivel en el gobierno federal mexicano, cuando les pregunté por qué no se habían visto personalmente los presidentes.

La pregunta se les devuelve: ¿Qué gana México ahora, con una reunión a meses de su posible reelección?

Está claro que para Trump hay muchas ventajas, pues aun cuando mantiene su discurso anti-inmigrante recibe el respaldo del presidente del país de origen de la mayoría de los migrantes. Pero no sólo eso: la cumbre llega cuando la popularidad del estadounidense ha estado a la baja por su mala gestión de la emergencia por el coronavirus, y en la misma semana en que finalmente el Partido Demócrata se alineó en torno a un solo candidato para enfrentar al ocupante de la Casa Blanca.

Así, esta semana, mientras el demócrata Joe Biden recibió los decididos respaldos de sus colegas demócratas Bernie Sanders, Elizabeth Warren y Barack Obama, el republicano Donald Trump recibió el de Andrés Manuel López Obrador.

Leer más: