David Lat es editor fundador deAbove the Law’, página web que cubre la profesión jurídica, y director ejecutivo de Lateral Link, despacho de contratación jurídica.

El respirador se ha convertido en objeto de fascinación y controversia. El antes desconocido aparato médico, que ayuda a los pacientes a respirar mecánicamente, ha adquirido fama mundial durante la pandemia del coronavirus. Muchos pacientes con casos graves de COVID-19 tienen insuficiencia respiratoria y corren el riesgo de morir si no se les conecta a respiradores.

Lo sé porque estuve seis días en condición crítica conectado a un respirador en la unidad de cuidados intensivos del centro médico Langone, de la Universidad de Nueva York. No estaría aquí de no haber sido por un respirador.

El 16 de marzo me ingresaron en el hospital por coronavirus. Tenía varios síntomas propios de la influenza: fiebre, escalofrío, dolor muscular y fatiga. Pero el más grave fue la dificultad para respirar. Sobre todo porque tuve asma de niño y, de adulto, bronco-obstrucción inducida por el ejercicio, aunque sin complicaciones gracias a mi inhalador.

Mi condición durante los primeros días en el hospital fue estable y recibí oxígeno complementario. Pero la tarde del 20 de marzo empeoré. Por la noche supe que me conectarían a un respirador.

Estaba aterrado. Días antes, tras mi ingreso al hospital mi padre, que es médico, me advirtió: “Más vale que no te conecten a un respirador. La gente no se recupera”.

Mientras las enfermeras me preparaban para entubarme, pensé: “No me toca morir”. Mi esposo y yo tenemos un hijo de dos años. Quiero verlo graduarse de la preparatoria, de la universidad. Quiero estar presente si se casa o tiene hijos algún día. Empecé a rezar el Ave María varias veces.

No recuerdo bien la entubación. Mi anestesióloga tenía un suave acento caribeño y porte autoritario que transmitía tranquilidad. En mi estado de agobio, me daba la impresión de que en mi cuarto había decenas de personas, cuando en realidad debió haber sido un puñado. Me quedé dormido pronto gracias a la anestesia.

Los siguientes seis días estuve sedado, dormido casi todo el día. El respirador hacía el trabajo de mis pulmones. No recuerdo nada de esos días. Después me enteré de que algunos pacientes con respiradores tienen pesadillas o alucinaciones, así que me considero muy afortunado.

Con el tiempo mis doctores tuvieron que tomar una decisión: desconectarme del respirador y comprobar si podía respirar sin asistencia, o realizarme una traqueotomía, es decir, una incisión en el cuello para insertar un respirador directo en la tráquea. Me hicieron estudios para determinar si sería capaz de respirar solo, y decidieron desconectarme del respirador. Fue un éxito. Con ayuda del oxígeno complementario volví a respirar por mi cuenta.

Como paciente al que un respirador salvó la vida, me parece una atrocidad y obscenidad que un país como el mío, Estados Unidos, se plantee siquiera la posibilidad de la escasez de respiradores. Por fortuna, el país ha sorteado el racionamiento generalizado en parte gracias a que lugares que los necesitan poco, los envían a lugares que los necesitan mucho. Debemos asegurarnos de que todo paciente que requiera uno lo tenga para que la mayoría sobreviva.

Esto es muy importante porque las tasas de supervivencia de los pacientes cuya vida depende de un ventilador es baja. El comentario pesimista de mi padre refleja una realidad desalentadora: entre 40 y 50% de los pacientes que padecen insuficiencia respiratoria grave que terminan conectados a un respirador, no sobreviven. En la ciudad de Nueva York, en donde estuve hospitalizado, 80% o más de los pacientes con coronavirus que son conectados a un respirador ha muerto.

Para los afortunados que sobrevivimos, nuestras vidas no son las mismas. Muchos padecen problemas físicos, mentales y emocionales a largo plazo, como déficit cognitivo, desempleo, padecimientos psicológicos como depresión y trastorno de estrés postraumático.

En mi caso, mis pulmones deben regenerar su capacidad. El esfuerzo más mínimo me deja sin aliento. Antes corría maratones, ahora camino en mi habitación o subo las escaleras y me quedo sin aire. No puedo salir a tomar aire fresco a menos que mi esposo me lleve en silla de ruedas. Cuando me baño, no puedo estar de pie todo el tiempo: descanso en un banquito de plástico que tengo en la regadera.

Estar conectado a un respirador casi una semana me dañó las cuerdas vocales y ahora tengo la voz muy ronca. Mi patólogo del lenguaje es optimista y cree que el daño no será permanente. El tiempo lo dirá.

No me quejo. Estoy inmensamente agradecido de estar vivo. Y se lo debo a un respirador.

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