Mariana Orozco es cocinera e instructora. Conductora del pódcast ‘Gastronomicast’ y vocera sobre la esclerosis múltiple.

Parece que cocinar mucho, todos los días y a toda hora, es la norma de estos días de pandemia. Quizá porque cocinar nos libera, creativa y emocionalmente, y nos pone a pensar en algo que no es el coronavirus, las pérdidas económicas, los muertos o los servicios de salud colapsados. Cocinar nos salva temporalmente del mundo. Nos sostiene.

Por eso ha crecido en redes la tendencia de mostrar los platos que cocinamos, el pan que horneamos o el café que preparamos. Tomamos a la cocina como remedio para cualquier mal; para este mal. Hemos romantizado que cocinar mucho y (casi) perfecto nos va a amparar ante la incertidumbre que atravesamos.

En el mundo sin pandemia me dedico a dar clases de cocina. Mis alumnos tienen distintos niveles de conocimiento culinario: están los que no saben diferenciar el cilantro del perejil; los que sí cocinan, pero siempre lo mismo; y los que solo quieren pulir algunas técnicas. Me gusta hablarles, a todos, sobre la belleza que es cocinar, para una misma o para los demás: les comparto historias personales sobre cómo la cocina me ha salvado, pero siempre y cuando cocinar sea una elección y no una obligación.

Este encierro nos ha confrontado con las herramientas que teníamos en casa para cocinar. Fue hasta que debimos pasar tantos días encerrados que nos dimos cuenta de que tener un cuchillo con buen filo, más de una tabla para picar, y buenos sartenes y tópers —con tapa— era primordial.

También nos ha puesto enfrente nuestras propias limitaciones o éxitos en la cocina. Conozco a personas que buscan resolver dudas en YouTube que van desde cómo preparar un huevo revuelto o hacer la mejor salsa verde para chilaquiles, hasta dónde conseguir harinas importadas para hacer pan de altísima complejidad.

He visto en mis redes desfilar festines en mesas de jardín, con asadores prendidos, costillares de concurso, una docena de guarniciones, y pan y helado caseros. Pero también se han llenado de preguntas para mí, en público o en privado: “¿Tienes una receta de picadillo?”; “ya sé que es una pregunta tonta pero, ¿cómo abro un huevo?”; o una foto de una alacena o refrigerador que acompaña el mensaje: “Tengo esto para vivir 10 días, ¿qué puedo hacer?”.

Los que saben poco de cocina se sienten asustados por el juicio hacia su ignorancia porque, ante esta crisis, saber cocinar parece ser el mejor atributo o, al menos, el que vale la pena presumir en redes. Sin embargo, yo, que sé preparar casi todos los platos que veo desfilar en esos festines caseros, a veces me siento un fracaso por haber cenado una pasta simple; así que apenas imagino lo que mis alumnos virtuales deben sentir al ver estas fotos.

En mis buenos días, físicos o emocionales, he cocinado delicioso: he hecho pan, mermeladas, pasta a mano y hasta mis propios encurtidos. En los días intermedios he preparado tres comidas de buena calidad. En los días malos me he llegado a comer una lata de atún con una tostada de maíz. Porque cocinar cansa. Muchísimo. Agota. Hay que comprar, lavar, acomodar, preparar, picar, cocinar, servir, comer, recoger y lavar de nuevo. Todo para comer en 30 minutos lo que pudo llevar horas de preparación.

En el entendido de que estamos encerrados por un problema extraordinario, doloroso y del que no tenemos control, cocinar nos rescata. Sin embargo, no todos los días es necesario hacer recetas complejas, en exceso o que nos cansen de más.

Vivo con una enfermedad autoinmune que me coloca entre la población de riesgo, y hoy llevo 42 días de encierro. Por eso necesito tener malos días en la cocina, así los buenos se viven mejor. No puedo, ni quiero, hacer festines rimbombantes todos los días porque no quiero agotar los ingredientes que tengo en la alacena y en el refrigerador.

No quiero que mi comida de martes sea un menú de degustación por el simple hecho de que no puedo salir y mis clases están suspendidas. Sobre todo, necesito malos días en la cocina porque estoy preocupada y triste, porque no me quiero obligar a cocinar en los días complicados.

Está bien no saber partir un huevo o preparar solo una receta de salsa para chilaquiles mediocre. Se puede comprar el pan en el supermercado, no hay necesidad de hornearlo siempre en casa. Se puede vivir con un solo cuchillo, una olla chica y una grande. Está bien lucirse en la cocina a veces sí y a veces no; porque lo que sabemos hacer y lo que desconocemos no nos debe hacer sentir culpables jamás. Menos ahora que estamos luchando por salvarnos o salvar a otros.

Está bien no querer hacer festines a diario, porque la cocina solo es romántica cuando se puede elegir.

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