Gisela Pérez de Acha es periodista y abogada, especialista en seguridad digital y género.

Primera escena. En una escuela privada de Ciudad de México, varios adolescentes conviven con sus celulares sin voltear a ver a nadie. Sus mensajes vuelan en la pantalla como burbujas digitales. Sofía, el personaje principal de la serie Control Z, de Netflix, cruza los pasillos escuchando rock a máximo volumen en sus audífonos, mientras los observa.

Sofía es una Sherlock Holmes de la Generación Z. Tiene un ojo especial para los detalles y una mente brillante que, a partir de ciertas pistas, llega a conclusiones únicas. “Observar y ver no son lo mismo”, dice Sofía parada en el techo de cristal de la escuela, desde donde analiza los patrones de sus compañeros de preparatoria. Minutos después, los alumnos se reúnen en el auditorio para discutir su adicción a los celulares con el director. Todo sale mal. Bajo el pseudónimo @_todostussecretos_ , alguien hackea la pantalla del auditorio y proyecta fotos íntimas, vidas pasadas, preferencias sobre porno y secretos personales de los alumnos.

En la serie, que se estrena el 22 de mayo, hay un trabajo de investigación serio en algunas cosas, pero hay otras que solo refuerzan clichés sobre la adolescencia, la sexualidad o el mundo digital.

Desde el primer capítulo, un mensaje queda claro: la información es poder. Sobre todo, en la era de las redes sociales, donde todos los bits que intercambiamos son potencialmente públicos. ¿Hasta dónde estaríamos dispuestos a llegar para no revelar nuestros secretos? La pregunta impulsa la trama del techno-thriller: encontrar a la persona responsable de la filtración y proyección de los secretos.

“El objetivo principal es divertir a la audiencia juvenil y, en segundo nivel, a los papás y las tías,” me dijo el director Carlos Quintanilla en entrevista telefónica. Quintanilla creció como productor y escritor en Televisa, y ahora es parte de Lemon Studios, la casa productora detrás de la serie. “Las series juveniles marcan una tendencia porque se nos permite hablar y tocar otros temas,” dijo Quintanilla.

En efecto, de lo mejor y más sorprendente es que la serie subvierte algunos estereotipos empezando porque Sofía, y no @_todostussecretos_, tiene más información, y por lo tanto más poder. La serie explora el sexo, las identidades de género y el suicidio en la Generación Z de forma abierta. El suspenso es palpable desde el primer episodio, pero también el clasismo y la homofobia de los personajes principales: adolescentes ricos de una preparatoria privada en México.

Según los realizadores, esto es algo intencional. “Queremos (también) poner un granito de arena para reflexionar sobre una realidad mexicana: la violencia está siendo normalizada y el bullying puede tener consecuencias fatales para quien lo sufre y para toda la comunidad”, me dijo Quintanilla.

En cuanto a tecnología, la serie tiene aciertos y errores. En el segundo capítulo el encargado de tecnología de la escuela le dice a Sofía: “Les dije que cualquiera que se metiera al Wi-Fi de la escuela podría quedar expuesto”. Esto es cierto. Sin embargo, la serie falla al replicar los clichés sobre qué es un hacker y cómo es su estética: voz distorsionada, letras rojas, machismo y mensajes crípticos. Ser hacker se presenta como algo negativo, cuando en realidad hackear la tecnología implica controlarla y usarla como herramienta de poder. La tecnología no es algo malo en sí, sino simplemente una extensión de las conductas humanas. La serie a veces parece olvidarlo.

El mismo título sugiere algo problemático. Para los realizadores, Control Z es una metáfora de las ganas de borrar o “deshacer” un evento de “la vida real.” Control + Z es el comando que usamos normalmente en procesadores de texto para deshacer la última acción. Espero este título no sea para sugerir que los adolescentes de nuestra época deberían evitar mandar fotos íntimas o buscar porno en internet, ya que estos son los secretos que el “hacker” reveló.

Hacerlo sería tan conservador como promover la abstinencia sexual como medida para proteger a alumnos de preparatoria. Además, la extorsión en la que se basa la serie (desde la red de Wi-Fi de la escuela) podría evitarse con una medida simple de seguridad digital: usar una VPN, o una red privada virtual que puede instalarse tan fácil como bajando una app. Siguiendo con la analogía, una VPN es una especie de “condón digital” que previene que hackers puedan ver la información de nuestros teléfonos o computadoras a través de internet.

Netflix solo me dio permiso para ver dos capítulos, así que mis comentarios se atienen a estos. ¿Será que al final Sofía es la heroína que usa la tecnología a su favor? ¿Que la sexualidad expresada digitalmente tiene un potencial profundo para explorar libertades? ¿O que la tecnología no es mala? Está por verse.

Hay un tema de representatividad también en esta serie, que sucede en otras de Netflix Latinoamérica, sobre todo las dirigidas a adolescentes. A pesar de incluir diversidad de género y de distintas comunidades LGBTQI, Control Z falla en reflejar una verdadera representatividad de color de piel y clase en México y América Latina. Casi no hay personajes de piel morena, a pesar de que los países latinoamericanos son en su mayoría no-blancos.

Control Z tiene sexo, escándalos, y mucho rock’n’roll sin tabús, lo cual se alínea a cómo piensan las nuevas generaciones. Sin embargo, seguir perpetuando clichés en torno a la tecnología podría dar pie a miedos infundados que guíen el debate público, inclusive al interior de las familias.

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