Esta vez fue George Floyd, pero la historia nos sugiere que habrá una próxima vez, y una vez después de esa. Los afroamericanos son víctimas regulares de una violencia policial injustificada, no provocada e imperdonable, por lo cual sería de ceguera voluntaria pensar que un patrón tan arraigado cesará de repente.

Las protestas y la rabia han estallado en los Estados Unidos no solo porque un policía blanco, a sangre fría, cortó el suministro de aire de Floyd al arrodillarse sobre su cuello hasta que se le fue la vida; sino también porque ese fue solo uno de los muchos, y frecuentes, episodios deshumanizantes. Su muerte es un recordatorio de la suposición cotidiana que se le impone a a tantos afroamericanos: que sus vidas son baratas y que pueden ser extinguidas en cualquier momento, y en cualquier lugar, por un uniformado con una pistola.

El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha aprovechado la violencia en cascada en Minneapolis para hacer lo que mejor sabe hacer: inflamar, dividir y, sobre todo, distraer; incluso cuando tantos estadounidenses se tambalean por los estragos del coronavirus y el desempleo. Al igual que los políticos Richard M. Nixon, George Wallace y otros discriminadores raciales antes que él, Trump considera que los cismas del país son una puerta abierta, una oportunidad para abrazar “la ley y el orden”, amenazar con la acción militar y ganar apoyo de la clase trabajadora blanca, su base electoral. Es una estrategia despreciable que no beneficia a Estados Unidos, pero que le ha funcionado hasta ahora.

El presidente señaló que los manifestantes blancos fuertemente armados en Michigan, que amenazaron a funcionarios públicos al oponerse a la cuarentena por la pandemia, eran “gente muy buena”. Pero dijo que los manifestantes de diversas razas en Minneapolis, que iban mayormente desarmados, eran “MATONES”. Queda en manos de otros el poner en contexto la furia y los incendios que han seguido a la muerte de Floyd. “Las cenizas son el símbolo de décadas y generaciones de dolor, de angustia”, dijo el gobernador demócrata de Minnesota, Tim Walz.

Algunos departamentos de Policía en el país, al igual que muchos oficiales, han tomado estas lecciones de nuestra historia como un grito de guerra para hacer reformas. Un detective afroamericano de la ciudad de Nueva York, Dmaine Freeland, publicó un video esta semana para denunciar a Derek Chauvin, el oficial de Minneapolis que se arrodilló sobre el cuello de Floyd. Chauvin, dijo el detective, “no es mi enemigo por su raza, credo o color, sino porque trajo deshonor al uniforme y a la placa de policía”.

Por el contrario, la propia Policía de Minneapolis ha hecho poco para buscar ganarse la confianza de la comunidad a la que ha jurado servir. No han publicado las imágenes de las cámaras de los policías en el arresto de Floyd, ni se han disculpado por la declaración engañosa que publicaron sobre el incidente, que eludió el hecho de que la rodilla de Chauvin ahogó a Floyd. El jefe del sindicato de Policía de la ciudad, el teniente Bob Kroll, dijo que “ahora no es el momento de precipitarse a juzgar” a Chauvin o a los demás agentes presentes en el lugar de los hechos, que no hicieron nada para interferir mientras Floyd suplicaba por su vida.

El viernes 29, Chauvin fue arrestado y acusado de homicidio. Una investigación del FBI sobre los derechos civiles del incidente está en marcha; el Departamento de Justicia dice que es una prioridad. Se necesitará mucho más para sofocar la furia en Minneapolis y en todo el país, enfrentado una vez más la discriminación y y la brutalidad policial, que para demasiados estadounidenses no es ninguna sorpresa.

Leer más: