En una publicación en Facebook que después se hizo noticia, Marlon García contó que, a las 2:00 am, llegó al mercado de Camagüey y Vento, en La Habana, para hacer compras. Preguntó quién era la última persona en la fila y se colocó detrás. Mientras corrían las horas, cientos de personas fueron amontonándose en el lugar. Cuando salió el sol un gentío impresionante, sin dormir y sin ni siquiera saber cuáles productos estarían en venta, abarrotaba los alrededores del mercado esperando a que abriera sus puertas. A las 11:30 am, Marlon logró entrar, pero encontró la mayoría de las estanterías vacías y los dependientes le informaron que los pocos productos que podía adquirir tenían restringida su venta, con el fin de que la mayor cantidad de clientes alcanzara alguna mercancía. Las nueve horas de fila y pasar ahí la madrugada solo le valieron para comprar: cuatro paquetes de detergentes, una botella de aceite, dos paquetes de salchichas y sal.

La escasez ha sido la postal del coronavirus en Cuba. Durante la pandemia, la mayoría de los 11.2 millones de cubanos, como García, han tenido que enfrentarse a una dicotomía: quedarse en casa, sin suficientes alimentos, para no contraer el nuevo coronavirus, o salir a exponerse a las aglomeraciones de personas que en tiendas y mercados intentan comprar lo poquísimo que el país puede ofertar. El COVID-19 ha venido a agudizar la crisis económica que ya padecía la isla y le ha puesto el agua al cuello al régimen, que se encuentra en una encrucijada: o decide reformar de una vez y por completo la carcomida y rígida empresa estatal socialista que impera en el país, y con ello da paso a un nuevo sistema económico donde la propiedad privada ejerza como protagonista, o el país se hundirá en el lodo de la carestía.

Con la nación en paro y la economía empantanada, después de que el presidente Miguel Díaz-Canel y su gabinete se vieran obligados a tomar medidas estrictas para evitar la propagación de la pandemia en Cuba, se auguran tiempos peores a los que se viven hoy. La situación es tan grave que el gobierno abrió cuentas bancarias para que los propios ciudadanos donen dinero y le den una mano al Estado con los gastos de la producción de alimentos. Una jugada que, por un lado, delata la insolencia de la dictadura al recoger ayudas de quienes ha ahogado por décadas, imponiéndoles un sistema económico sin flexibilidad y, por otro, expone la alarmante falta de liquidez en las arcas estatales tras el cierre de las misiones médicas en Brasil, Ecuador y Bolivia, el endurecimiento de las sanciones de la administración del presidente estadounidense Donald Trump hacia la isla, y la consecuente caída del turismo.

En 2019, Cuba importó casi 80% de lo que se consumió en el país. Lo que significa que está en un gran problema, pues en 2020, con sus números en negativos, no conseguirá importar todo lo que sus ciudadanos necesitan y, por tanto, la escasez en el país aumentará. El panorama huele a hecatombe y la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) lo vaticina al proyectar que el Producto Interno Bruto (PIB) de la nación caerá hasta -3.7 %.

A la desesperada, el gobierno cubano está buscando la manera de salir a flote de lo que ya parece inminente: una catástrofe económica histórica. Por ello, entre otras cuestiones, intenta escaquearse de su deuda con el Club de París, que asciende a 82 millones de dólares. Estableció una estrategia económica para enfrentar la pospandemia, que según el presidente Díaz-Canel llevará a “liberar definitivamente las fuerzas productivas en el país”, lo que significará “que esa liberación de las fuerzas productivas tenga un impacto en el desarrollo económico y social de la nación”.

Cuba no tiene capacidad financiera para salir del estancamiento por sí misma. El estático sistema económico actual, donde el Estado tiene el absoluto control de las fuerzas de producción, no permite variantes a aplicar. El saldo de la pospandemia es tan desastrosamente insondable que al gobierno no le ha quedado de otra que, en contra de su voluntad, comenzar a pensar en desamarrar la empresa estatal socialista que sustenta la isla para encontrar alternativas que puedan airar la asfixiada economía. Contra las cuerdas, el gobierno tendrá que levantar las trabas que por años les ha puesto a la inversión extranjera y a la propiedad privada.

Ha sido la imperiosa necesidad generada por la pandemia quien, en definitiva, ha motivado un cambio de mentalidad en el gobierno y no las añejas plegarias de sus ciudadanos. El colapso de la economía será tan estrepitosa que puede asemejarse a lo que sucedió en el país a inicios de los años 90, cuando el derrumbe del campo socialista provocó que el PIB de la isla se contrajera 36%, por lo que las forzosas reformas económicas, que inevitablemente vendrán, no garantizan un florecimiento instantáneo de los índices económicos, pero sí condicionará el devenir político y social de la nación.

Cómo salga Cuba de esta crisis prescribirá el futuro inmediato del país. Quizás sean estas reformas económicas, provocadas por las consecuencias de la pandemia, las que poco a poco comiencen a generar un cambio sistémico y determinen el curso definitivo del régimen.

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