El 16 de mayo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, recurrió a Twitter para regañar de nuevo a México. Le llamó la atención un reportaje de Judicial Watch, una de sus fuentes predilectas de opinión conservadora y teorías de conspiración. Las autoridades habían descubierto un túnel que iniciaba en Tijuana y terminaba en una bodega en San Diego, California, en donde agentes confiscaron drogas con valor de más de 30 millones de dólares y arrestaron a un sospechoso. Trump tuiteó: “¡México debe controlar este problema enorme!”.

Si bien desde hace tiempo los túneles que cruzan la frontera han sido motivo de alerta, no se trata de “un problema enorme”. De hecho, la mayoría de las drogas que entran a Estados Unidos lo hacen por tierra, a través de puertos legales de entrada. Los opioides sintéticos mortales, como el fentanilo, letal incluso en cantidades pequeñas, han inundado al país mediante el Servicio Postal estadounidense.

Trump debería saber que los cárteles del narcotráfico no se están haciendo más ingeniosos, innovando con túneles. De hecho, las organizaciones criminales están experimentando una crisis sin precedentes.

La pandemia del coronavirus ha complicado la producción y el tráfico de drogas en México y más allá. El comercio lícito e ilícito con China está detenido y parece que los cárteles batallan con la severa escasez de precursores químicos necesarios para producir fentanilo y metanfetaminas. La ciudad china de Wuhan, epicentro de la pandemia, también era centro de producción de estos precursores y los precios han aumentado. “No hemos dejado de producir, pero subió el precio del cristal por la escasez de químicos en China… transportarlos tan lejos también es más caro”, dijo un operador del Cártel de Sinaloa a Vice en abril.

La producción de drogas es solo el inicio de los problemas recientes de los cárteles. Otro desafío notable es la distribución. Como todas las operaciones transnacionales a gran escala, el tráfico de drogas depende de la apertura de las fronteras. También depende de que la seguridad sea relativamente laxa. La frontera sur de Estados Unidos nunca había sido vigilada con el escrutinio de estos tiempos, por lo que a los cárteles se les ha complicado cruzar su mercancía al norte. En una entrevista reciente, Uttam Dhillon, administrador interino de la Administración para el Control de las Drogas, declaró: “Identificamos alteraciones en la distribución y venta de casi todas las drogas ilícitas”. Para Dillon, el resultado ha sido evidente: menos disponibilidad y precios más altos para las metanfetaminas y otras drogas que, antes de la pandemia, eran más baratas y se encontraban sin dificultad en muchas ciudades de Estados Unidos.

Por último, la cuarentena generalizada ha puesto en peligro el tercer brazo crucial del negocio del narcotráfico: las ventas. Alejandro Hope, analista de seguridad mexicano, escribe: “Incluso cuando las drogas llegan a sus mercados de consumo, los canales tradicionales de distribución como bares y antros están cerrados”. Los toques de queda y las medidas de confinamiento complican otros negocios ilícitos a los que recurren las organizaciones criminales cuando disminuye el tráfico de drogas. “¿A quién pueden extorsionar las bandas si la mayoría de los comercios están cerrados?”, pregunta Hope.

La crisis actual podría presentar una oportunidad única para alterar las actividades de los cárteles del narcotráfico y acorralar a las organizaciones criminales. Hope argumenta que “condiciones como esta brindan un momento perfecto para que las autoridades intenten desmantelar las redes del narcotráfico”. Es lamentable que, tanto para México como para Estados Unidos, esto exija otra clase de liderazgo. Llama la atención que el presidente mexicano, Andrés Manuel López Obrador, se ha mostrado reticente a combatir a los cárteles de frente. En octubre, tomó la controvertida decisión de liberar al capo de la droga, Ovidio Guzmán, hijo del cerebro del Cártel de Sinaloa, Joaquín “Chapo” Guzmán —ahora en la cárcel—, cuando se dio a conocer su arresto y estalló el caos en Culiacán. Seis meses después, nada menos que al inicio de la pandemia, se reunió con la madre del Chapo. En reiteradas ocasiones, López Obrador ha señalado que su estrategia para combatir a los cárteles es “abrazos, no balazos”.

Parece que la administración de Trump tiene otras prioridades en la agenda bilateral. En el curso de estos dos años, el secretario de Estado, Mike Pompeo, ha estado en contacto frecuente con el secretario de Relaciones Exteriores mexicano, Marcelo Ebrard. Han abordado sobre todo la imposición de las leyes migratorias y la disuasión de la migración, a lo que México accedió sin reparos. Bajo presión de la Casa Blanca, México militarizó su frontera sur e instrumentó la política de la administración de Trump “Quédate en México”, que ha cambiado por completo la frontera norte del país. La colaboración en otros temas no parece urgente.

Si los dos gobiernos cooperaran para desmantelar las organizaciones criminales transnacionales con el mismo entusiasmo con el que han detenido a las caravanas migrantes compuestas de miles de posibles refugiados aterrados y empobrecidos, entonces los cárteles estarían en serios problemas.

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