Steve Fisher es un periodista de investigación con sede en México.

Hace dos semanas, la muy respetada periodista mexicana Carmen Aristegui copublicó una investigación que muestra que Sanjuana Martínez, directora de la agencia estatal de noticias, Notimex —nombrada por el presidente Andrés Manuel López Obrador (AMLO)—, estaba usando cuentas falsas de Twitter para atacar a periodistas, incluida ella. Pero la respuesta ante estas acciones no fue el condenarlas o llamar a una investigación seria: en cambio, AMLO dijo en una conferencia de prensa que le creía a ambas partes.

Mientras tanto, hubo consistentes ataques de bots pro-AMLO hechos para crear tendencia en redes sociales, y una serie de personas pro-AMLO que se unieron para realizar ataques sexistas y profundamente personales contra Aristegui, un periodista de investigación con una larga trayectoria en México. El martes, surgió otra tendencia: #ApagaAristegui.

En 2011, cientos de mexicanos salieron a las calles para protestar por el despido de la periodista de su popular programa de radio. Hoy, aquellos que la defienden en las redes son opacados por bots que dan forma y controlan una narrativa tóxica, a pesar de que ella tiene la verdad de su lado.

Su página de noticias, Aristegui Noticias, publicó mensajes de texto filtrados que revelaron pruebas condenatorias de ataques institucionales contra ella y otros, lo que provocó llamados para que se realice una investigación. Pero la crítica nunca ha sido sobre la veracidad de su trabajo: su sitio de noticias cuenta con la mayor confianza del país, según una encuesta anual del Instituto Reuter.

Se trata de atacar al mensajero.

México ya es el país más peligroso del continente para los periodistas. Más reporteros locales han sido asesinados aquí que en cualquier otro lugar del hemisferio occidental. A esta situación alarmante, agregamos las sofisticadas campañas digitales para desacreditar su trabajo, lo que también pone sus vidas en peligro.

En medio de la pandemia por coronavirus, The New York Times, El País y The Wall Street Journal publicaron investigaciones que mostraban un gran subconteo de las víctimas de COVID-19 por parte del gobierno mexicano. Los bots pro-AMLO lanzaron una vez más ataques contra los reporteros en Twitter, en particular contra el de The New York Times, llamando al medio #PrensaProstituida.

Nuevamente, en lugar de discutir los méritos de la historia, los bots atacaron al mensajero. Hicieron numerosos insultos racistas contra el corresponsal de The New York Times, Azam Ahmed, y una persona le dijo que se “bajara de su camello”. Al periodista de El País Javier Lafuente le dijeron que regresara a España.

Los bots convirtieron el hashtag #PrensaProstituida en tendencia al manipular el algoritmo de Twitter. Y la gente real le dio viento a sus velas.

Algunos analistas, reporteros y activistas reaccionaron de buena fe ante los reportajes, pero una gran cantidad de simpatizantes de AMLO, incluidos inexplicablemente algunos reporteros internacionales, atacaron a los periodistas que hicieron las historias. Cualquier discusión saludable sobre los hechos presentados en las investigaciones se perdió en el caos.

Luego, el presidente siguió la conversación, no para negar los informes, sino para unirse a sus seguidores y atacar la integridad de los medios de comunicación.

En una conferencia de prensa matutina, AMLO dijo que The New York Times era “un periódico famoso pero con poca ética”, y que “en este caso es evidente de que no hicieron un buen trabajo”. Su subsecretario de Salud insinuó, sin evidencia, que los medios se coordinaron en una conspiración para atacar al gobierno.

Aún así, ningún funcionario del gobierno negó que hubiera fallas sistémicas para dar cuenta de las víctimas de COVID-19. Ellos fueron más sensatos.

De hecho, la jefa de Gobierno de Ciudad de México lanzó rápidamente un comité independiente para investigar las muertes no reportadas después de que la historia de The New York Times descubriera que había tres veces la cantidad de muertes de lo que se informó oficialmente. La organización Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad siguió la historia con su propio reportaje, confirmando la historia de The New York Times.

Desde el comienzo del gobierno actual, las líneas de batalla para criticar y atacar a los periodistas se han vuelto cada vez más borrosas. Esta turbiedad ha hecho que la búsqueda de la verdad sea mucho más difícil y peligrosa.

Las investigaciones mencionadas aquí dieron lugar a cambios importantes, algo que en otro momento se habría presentado como un ejemplo de lo que puede lograr una prensa libre. Pero no hoy.

Los críticos que aplaudieron el audaz trabajo de estos medios en los tiempos del presidente anterior, Enrique Peña Nieto, se han vuelto contra los mismos periodistas en los tiempos de AMLO, como si de alguna manera perdieran su rigor en los últimos dos años.

Esta es una transformación aleccionadora contra un cuerpo de prensa ya asediada aquí en un momento en que este oficio es más importante que nunca.

La retórica cada vez más peligrosa del presidente mexicano ha alimentado los incendios que fomentan la confusión sobre la verdad, ya sea en la exposición de ataques coordinados contra periodistas por parte de una agencia de noticias estatal, o en el reconocimiento de aquellos que han perdido la vida en esta pandemia global.

Lo que no cambiará es la resolución de los periodistas de seguir llamando a cuentas a este gobierno, tal como lo han hecho con gobiernos anteriores.

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