En la descripción del nuevo especial de comedia de Dave Chappelle —probablemente “monólogo” sea un término más adecuado—, el legendario comediante ofrece una preventiva cuasi disculpa: “Normalmente no les mostraría algo tan poco refinado, espero me comprendan”.

Pero es esa naturaleza poco refinada lo que hace que la presentación sea tan poderosa. Su naturaleza espontánea, su total e ilimitada emoción. Incluso el entorno se siente crudo, con poca preparación: un grupo de personas llegan a lo que parece ser un parque y se sientan en mesas distanciadas socialmente mientras utilizan cubrebocas, rodeados de un sistema de audio improvisado. Un subtítulo nos informa que han pasado “87 días desde la última presentación de Dave Chapelle en un escenario”. La fecha es 6 de junio, menos de dos semanas después del asesinato de George Floyd perpetrado por un oficial de Policía que se arrodilló en su cuello durante ocho minutos y 46 segundos. Esta presentación se realizó en medio de manifestaciones pacíficas y disturbios violentos, marchas en la mañana y saqueos en la noche.

Hay muchas maneras de intelectualizar el descontento de las últimas semanas, de atascar lo que hemos visto en las pantallas de televisión dentro de nuestras cajas preconcebidas. Martillar estacas ideológicas cuadradas en los hoyos circulares de la realidad es el pasatiempo favorito de las redes sociales, y las últimas semanas no han sido distintas en ese sentido. Es por eso que esta explosión descarnada de furia, tristeza y desesperación de Chappelle es tan poderosa. Elimina mucho de los adornos y titubeos que distorsionan estas discusiones.

Tras empezar con un relato sobre el terremoto de Northridge y lo aterrador pero breve que fue esa experiencia —“el terremoto no pudo haber durado más de 35 segundos”— Chappelle entra de una vez en el meollo del asunto: “Este hombre plantó su rodilla en el cuello de un hombre por ocho minutos y 46 segundos”. Chappelle sube la voz, mientras sus manos agitan la libreta que lleva consigo. Esta no es una demostración ensayada de rabia; no es un momento trabajado y pulido en un especial de comedia, diseñado para pasar al siguiente momento, para provocar la siguiente risa. Es simple y pura indignación.

“¿Con-quién-estás-hablando? ¿Qué estás dando a entender? Qué te hace poder plantar tu rodilla en el cuello de un hombre durante ocho minutos y 46 segundos y estar convencido de que no vas a recibir la furia de Dios. Eso es lo que está sucediendo justo ahora”, dice Chappelle. “Esto no es asunto de un solo policía. Es todo lo relacionado a eso”.

Si 8:46 tiene alguna intención, es gritar que esto no es un incidente aislado, que la rabia actual está justificada por años de maltratos, en múltiples jurisdicciones, contra demasiadas personas.

“Yo no les miento”, dice Chappelle poco después, y esa práctica de decir su verdad lo ha metido en algunos problemas en los últimos años con personas a las que no les agrada las cosas que tiene que decir. Pero esa certeza —de que no va a limitarse, de que ha ganado suficiente dinero y credibilidad para decir lo que quiera, cuando quiera y a quien quiera— le funciona, y nos funciona, muy bien en esta oportunidad. “La única razón por la que la gente quiere escuchar a personas como yo es porque confían en mí. Ustedes no esperan que yo sea perfecto”.

A medida que Chappelle brinca de asesinato en asesinato, de Eric Garner a Philando Castile a John Crawford, se puede sentir la atrocidad de esas conexiones, la manera cómo cada una parece conducir a la otra, y a la siguiente, para luego enlazar con la primera. Se puede sentir el peso abrumador de cada muerte, y lo que eso puede hacerle a alguien que se ve reflejado en cada una de las víctimas. La naturaleza poco refinada de un monólogo que casi llega a ser un flujo de conciencia, es lo que le da su poder. Es la manera como Chappelle habla sobre el hecho de que 8:46 es la hora en la que nació. Es el momento en el que nos relata su tristeza sobre la muerte de Kobe Bryant y cómo su último juego pudo o no haber distraído al país de otra avalancha de violencia.

Es la rabia. La rabia justificada, comprensible. Y funciona mayormente precisamente porque es poco refinada y nada pulida. El monólogo de Chappelle hace recordar el especial Nanette de Hannah Gadsby, el cual siempre me pareció que no terminaba de encajar, en parte porque la rabia en esa presentación fue refinada. Nanette fue una actuación, una cuidadosamente calibrada, como la de cualquier especial de comedia. Fue diseñada para tocar los botones correctos sobre los pecados modernos del sexismo y cosas similares, para marcar la aparición de Gadsby como un Jonathan Edwards moderno, la predicadora de un “radicalismo puritano”, como Hilton Als describe su trabajo. Chappelle no es un predicador. Ni siquiera es realmente un comediante aquí. Es solo un tipo en el que confiamos para que nos diga lo que piensa. Y la confianza escasea estos días.

“Representar algo no significa respaldarlo” es uno de los axiomas críticos más importantes. A eso, yo le añadiría: “Entender algo no significa consentirlo”. Uno puede escuchar el monólogo de Chappelle, su aullido de furia, y entenderlo mientras se está en desacuerdo con la opinión de que incendiar negocios está bien, o de que los saqueos es un resultado natural de esta rabia. Existe un diagrama de Venn en el que las personas pueden estar de acuerdo en que la protesta es buena, la violencia policial es mala, y los saqueos ilegales son inaceptables y necesitan ser detenidos.

Sin embargo, te pido encarecidamente que escuches a Dave Chappelle e intentes entender lo que está diciendo, y de donde vienen sus opiniones. Estoy seguro que de este momento surgirán piezas de arte, tanto grandiosas como pésimas. Ninguna será tan pura como este esfuerzo de Chappelle. Y esa pureza es la que le da su poder.

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