Julio Astillero es periodista. Es columnista del diario ‘La Jornada’ y conduce en redes sociales los programas ‘Videocharlas Astilladas’ y ‘Astillero Informa’.

A un año de las elecciones intermedias potencialmente más participativas, con la organización más complicada y el mayor número de cargos en juego de toda su historia, México vive una temprana y acelerada polarización social, política y partidista.

La causa es la pugna entre dos modelos que difieren sobre lo que se debe hacer en un país atenazado entre los problemas estructurales aún no resueltos y la dupla de calamidades que no estaban consideradas en el plan de ruta del gobierno del presidente centroizquierdista Andrés Manuel López Obrador (AMLO): la pandemia del COVID-19 y las graves consecuencias económicas derivadas de esta.

Hay una creciente confrontación entre el modelo político de AMLO, que, entre zigzagueos, trata de remontar la podredumbre política y económica que le fue heredada —cuyo tufo y daño al país propició su enorme triunfo electoral—, y la reacción de los grupos desplazados o afectados por sus políticas, a los que tachan de populistas y equívocas.

A semejanza de otros países, las elecciones intermedias mexicanas suelen carecer de grandes pasiones, tanto numéricas como ideológicas. En un escenario convencional, podrían esperarse pocos reacomodos radicales en un país donde los comicios de 2018 arrojaron los más cuantiosos resultados de su historia para un candidato presidencial: AMLO, con el partido Morena, alcanzó más de 30 millones de votos (53%), frente a 22% del derechista Partido Acción Nacional (PAN) y 16% del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

A su apabullante triunfo personal, AMLO añadió un extraordinario avance de su partido en el control de las cámaras legislativas (diputados y senadores), lo que a su vez le ha permitido extender su proyecto hacia el poder Judicial y organismos autónomos y descentralizados. Nunca, en la historia política mexicana, un presidente había concentrado tanto poder institucional, con un activismo incesante (sus conferencias matutinas de prensa marcan la agenda de cada día) y una porfiada aplicación de su proyecto de nación en cuanto ámbito le es posible.

Contra ese abrumador poder presidencial no ha podido organizarse ni levantarse, hasta ahora, una oposición partidista o cívica medianamente viable. Las movilizaciones que han realizado los contrarios a AMLO han sido cuantitativamente intrascendentes y hasta ahora no han logrado que asome un liderazgo fuerte y atractivo.

Aún así, el sector empresarial se ha convertido en el motor de esa oposición y la mayoría de los medios de comunicación tradicionales mantienen distancia o una abierta oposición al presidente y sus políticas. Además, la evolución crítica de factores como el COVID-19, el peor pronóstico económico en muchas décadas y los grupos del crimen organizado batiendo marcas de violencia, ofrecen a esos adversarios una oportunidad de crecimiento a corto plazo.

En los precoces escarceos tácticos ya han quedado definidos los campos de una batalla que, en términos formales, aún no ha iniciado. AMLO ha urgido a los mexicanos a que “cada quien se ubique en el lugar que corresponde; no es tiempo de simulaciones: o somos conservadores o somos liberales, no hay medias tintas (...) no hay para donde hacerse: o se está por la transformación o se está en contra de la transformación del país”.

El propio presidente dio a conocer en una conferencia de prensa un documento, de autenticidad no confirmada, que anunciaría la existencia de un Bloque Opositor Amplio (BOA) que integrarían el PAN, el PRI y el partido Movimiento Ciudadano, grupos empresariales, medios de comunicación y otros políticos “conservadores”. A su vez, Morena anunció días después su convocatoria a un bloque partidista que incluye al teóricamente izquierdista Partido del Trabajo y al muy repudiado —por oportunista y por sus malas prácticas— Partido Verde Ecologista de México.

Ese combate pasará por la elección de 500 diputados federales, 15 gubernaturas (casi la mitad de las que hay en el país), congresos locales en 30 de los 32 estados y casi 2,000 ayuntamientos. Será la primera ocasión en que haya tal abanico de cargos en disputa y no habrá un estado en el que no haya algún tipo de elección local, además de la federal.

Los adversarios de AMLO pretenden arrebatarle el control de la Cámara de Diputados y frenar la tendencia victoriosa que hasta ahora ha tenido el partido Morena en otros comicios. De ahí, se buscaría impulsar en 2022 una consulta constitucional para decidir si el presidente debe dejar anticipadamente el poder.

Frente a ese reto, AMLO ha asumido el mejor de sus roles: el de candidato o impulsor electoral en campaña, en un proceso de exacerbación de ánimos que logre activar masiva y vigorosamente a su amplia base social. La batalla electoral ha iniciado en México, de manera adelantada pero políticamente entendible. Quienes piensen en un choque de trenes, ya pueden vislumbrar el tendido de vías.

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