Ricardo Raphael es periodista, académico y escritor mexicano. Su libro más reciente es 'Hijo de la guerra’.

“Se sobredimensionó el riesgo, no se ubicó a Donald Trump en el contexto de la campaña electoral. Es distinto ser candidato que ser gobernante”. Con esta frase atemperó el hoy presidente de México, Andrés Manuel López Obrador, los ánimos de un nutrido grupo de empresarios el 10 de noviembre de 2016.

Dos días antes se habían celebrado comicios presidenciales en Estados Unidos, en los que ganó Trump, y los ánimos volaban bajo durante la XLIV convención anual del Instituto Mexicano de Ejecutivos de Finanzas.

Me tocó en suerte conversar ese día con López Obrador, quien ya estaba en la vía de ser candidato presidencial. Me sorprendió su parsimonia. Trump logró ganar la elección prometiendo, entre otras cosas, la cancelación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) —“el peor de la historia”, según sus palabras—. También anunció que iba a construir un muro a lo largo de los 3,000 kilómetros de frontera que dividen a las dos naciones, como símbolo del endurecimiento de su política migratoria. Se comprometió a que el pueblo mexicano pagaría por él.

Abordé con López Obrador el tema y él contestó, frente a una audiencia sorprendida, que no debía verse como una fatalidad la revisión del tratado ni la edificación del muro. Durante aquella semana era incorrecta, políticamente, aquella respuesta: las emociones nacionalistas contaban con mayor gravedad que las reflexiones neuronales.

Quizá por eso insistió en que, desde el 8 de noviembre, había llamado al pueblo de México para serenarse respecto del triunfo de Trump.

—¿Cómo lidiar entonces con las amenazas del vecino? —insistí.

—Nosotros vamos a exigir respeto —contestó.

—¿Cómo puede obtenerse respeto de parte de alguien que no respeta a nadie?

—El frío sabe dónde se arrima —repuso crípticamente.

Ambos guardamos silencio y aclaró: “No es lo mismo tratar con un presidente honesto que con uno que no tiene autoridad moral”. La frase era ingeniosa, pero en ese momento me pareció vacía de contenido. Supongo que al resto del auditorio también lo habrá mordido el escepticismo. Remató con otra frase cargada de convicción: “Al triunfo de nuestro movimiento… vamos a convencer a las autoridades estadounidenses”.

Luego se refugió dentro del terreno que mejor conoce: la responsabilidad de sus predecesores en la presidencia. Hizo una referencia explícita a la visita que el entonces candidato Donald Trump realizó a la residencia oficial de Los Pinos el 31 de agosto de 2016, invitado por el presidente Enrique Peña Nieto.

“Fue un error, o más que eso, el que los integrantes de la cúpula del poder en México, la mafia del poder, (hayan) apostado en la elección de Estados Unidos”, dijo. “Fue un error participar en el proceso electoral que no compete a los mexicanos, porque hay un principio constitucional de la política exterior: no intervención y autodeterminación de los pueblos”.

Casi cuatro años han corrido desde entonces y, a diferencia de la ocasión anterior, esta vez será el presidente mexicano quien visite la Casa Blanca.

Trump quiere a López Obrador a su lado mientras presume que aniquiló el “peor tratado comercial de la historia”, el TLCAN, para erigir en su lugar el nuevo T-MEC, que él negoció. Y para presumir el muro de 21,000 miembros de la Guardia Nacional que el gobierno mexicano aportó para frenar la migración. Lo quiere para recordar que fue México quien pagó por ese muro humano. Trump necesita de su homólogo para refrendarse como un mandatario capaz de subordinar al resto del mundo frente a los intereses estadounidenses.

El acto protocolario para poner en marcha el nuevo tratado será, por encima de todo, un acto de campaña que lesiona los principios de la política exterior citados por López Obrador en noviembre de 2016: la no intervención y la autodeterminación de los pueblos.

En aquel evento, López Obrador advirtió: “Tenemos que ser muy cuidadosos, muy prudentes… porque no queremos que ningún gobierno extranjero decida sobre lo que compete únicamente a los mexicanos”. ¿Qué quiere decir ser prudente cuando el candidato demócrata, Joe Biden, lleva una ventaja de hasta dos dígitos?

No hace bien a ninguno de los dos países que un mandatario visite tierra extranjera cuando los ánimos de la contienda electoral están encendidos. Si no queremos ver a Trump reuniéndose, de nuevo, con uno de los aspirantes presidenciales mexicanos en 2024, bien habrían de conjurarse desde ahora estos precedentes indeseables.

A menos que el principio de no intervención se oponga al ejercicio de la prudencia política reclamada. O, dicho de otro modo: ¿Acaso el costo político de no ir a Washington es superior a los principios que defiende?

En el contexto actual, una frase reverbera de nuevo: “El frío sabe dónde se arrima”.

Cuando la economía mexicana podría experimentar una caída del Producto Interno Bruto de más de 10%, no sería deseable que, además, Donald Trump arrime, de aquí a noviembre, un discurso gélido en contra del país vecino. En cualquier caso, tuvo razón López Obrador en noviembre de 2016: es distinto ser candidato que ser gobernante.

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