“Ninguno de nosotros estará a salvo hasta que todos estemos a salvo”.

Esta declaración del secretario general de la Organización de las Naciones Unidas, António Guterres, sintetiza el desafío trascendental que nos espera. Con el mundo aún en medio de la pandemia más letal del siglo XXI, con un número de casos todavía en crecimiento a nivel global, la inmunización es nuestra mejor oportunidad para eliminar la pandemia en casa y en todo el planeta. Sin embargo, eso solo será posible si todos los países tienen acceso a la vacuna.

El COVID-19 está causando estragos por todo el mundo, y ningún país se librará de sus consecuencias, ya sea de forma directa con la pérdida de vidas y efectos negativos en la salud, o indirectamente a través de su impacto en la economía, servicios de salud, educación y muchos otros sectores de la sociedad. La pandemia está afectando de manera desproporcionada a las poblaciones que viven en la pobreza y en situaciones vulnerables.

Afortunadamente, se están realizando grandes esfuerzos, inversiones y coordinaciones —en gran parte facilitados por la Organización Mundial de la Salud (OMS)— para ponerle fin a la pandemia.

Las vacunas son las herramientas de salud pública más poderosas y son cruciales para salvar vidas. Gracias a las vacunas, hemos visto en décadas recientes un gran progreso en la reducción de la mortalidad infantil.

Actualmente, con casi 200 posibles vacunas candidatas contra el COVID-19 en diferentes etapas de desarrollo, hay esperanza de que pronto una o más demuestren ser efectivas y seguras. El siguiente paso es igual de importante. Esto no puede ser una carrera con un ganador. Cuando una o más vacunas sean exitosas, debe ser un triunfo para todos nosotros.

No podemos permitir que el acceso a las vacunas aumente las desigualdades entre países, sean de bajos, medios o altos recursos. Una futura vacuna del COVID-19 puede ser decisiva en nuestro compromiso por lograr uno de los componentes claves en los objetivos de desarrollo sostenible de las Naciones Unidas: garantizar vidas saludables y promover el bienestar de todas las personas de todas las edades.

Sin embargo, fabricar suficientes vacunas y dosis para cubrir toda la población mundial tomará tiempo. Si bien la cooperación en términos de recursos, conocimientos y experiencia es primordial para desarrollar una vacuna, fabricarlas y distribuirlas sin olvidar a nadie será lo que realmente ponga a prueba la cooperación global. Pero si tenemos éxito, podremos vencer al virus y sentar las bases para la recuperación de la pandemia.

Por lo tanto, debemos garantizar con carácter de urgencia que las vacunas sean distribuidas de acuerdo a un conjunto de principios transparentes, equitativos y con fundamentos científicos. El sitio donde vives no debe determinar si vives o no. La solidaridad global es crucial para salvar vidas y proteger la economía. Un flujo administrado de la vacuna —incluyendo a contextos humanitarios y otras naciones vulnerables como los países menos desarrollados y pequeños Estados insulares en desarrollo— es un plan de acción estratégico y sabio que beneficiará a los países de todo el mundo.

Implementar un flujo global organizado de vacunas requiere de un sólido mecanismo multilateral que garantice mutua confianza, transparencia y rendición de cuentas. Un mecanismo de distribución de vacunas justo y efectivo, con asesoría de la OMS y basado en necesidades en vez de recursos, debe enfocarse en salvar vidas y proteger los sistemas de salud.

Ya existen iniciativas locales, regionales y globales para garantizar la disponibilidad de la vacuna, como el importante Centro de Acceso Global para Vacunas COVID-19; creemos que estas iniciativas deben coordinarse y reforzarse mutuamente. En particular reconocemos el papel de la OMS como la principal agencia de salud mundial, pero también los continuos esfuerzos de Gavi y la Coalición para las Innovaciones en Preparación para Epidemias como parte de los pilares de vacunación del Acelerador de Acceso a las Herramientas contra el COVID-19 (ACT, por su sigla en inglés). También reconocemos el rol del Instituto Internacional de Vacunas en lograr vacunas disponibles y accesibles para poblaciones vulnerables en países en desarrollo y respaldamos por completo el importante liderazgo del secretario general de la ONU en su tarea de garantizar un proceso coordinado.

Una exitosa distribución gestionada de la vacuna también será una pieza clave en el fortalecimiento del multilateralismo de cara al futuro —como lo fue la resolución del Consejo de Seguridad de la ONU sobre el COVID-19, redactada por Francia y Túnez, exigiendo un cese al fuego global en los conflictos armados— y un paso importante en el proceso de recuperarnos juntos y fortalecidos.

Hacemos un llamado a los líderes del mundo a comprometerse a contribuir con la distribución equitativa de la vacuna contra el COVID-19, inspirados en el espíritu de lograr una mayor libertad para todos.

Autores:

Justin Trudeau, primer ministro de Canadá.

Sahle-Work Zewde, presidenta de Etiopía.

Moon Jae-in, presidente de la República de Corea.

Jacinda Ardern, primera ministra de Nueva Zelanda.

Cyril Ramaphosa, presidente de Sudáfrica (también presidente de la Unión Africana).

Pedro Sánchez Pérez-Castejón, primer ministro de España.

Stefan Lofven, primer ministro de Suecia.

Elyes Fakhfakh, primer ministro de la República de Túnez.

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