Denise Dresser es politóloga, escritora, columnista y activista. Su último libro es ‘Manifiesto mexicano: cómo perdimos el rumbo y cómo recuperarlo’.

Después de cuatro meses y más de 39,000 defunciones, regreso a ver las notas que tomé en un encuentro que tuve el 18 de marzo con Hugo López-Gatell, subsecretario de Salud mexicano y encargado de liderar los esfuerzos para combatir al coronavirus. Releo sus predicciones, examino sus aseveraciones, analizo lo que argumentó con la elocuencia y la certidumbre acostumbradas. Y me invade el desasosiego. Porque ahí, plasmada en mi libreta, está la visión sobre el COVID-19 que llevó a México a la situación en la que se encuentra hoy.

Es un país postrado por la pandemia, con números crecientes de fallecidos, altos índices de letalidad, una reapertura económica desordenada y acompañada de rebrotes incontrolables. Un país cuyos modelos epidemiológicos fueron ocultados, sus cifras oficiales cambiaron de significado, con picos de contagio que siguen pasando y poca claridad en torno a qué ocurrirá.

La razón fundamental por la cual México acabará en la lista de los países que peor manejaron la pandemia es obvia: la política se impuso sobre la ciencia. Importó más mantener la popularidad presidencial que alertar sobre la severidad del peligro que se avecinaba. O López-Gatell le aseguró al presidente Andrés Manuel López Obrador que la crisis del coronavirus no sería tan grave, o el presidente le pidió a su científico de cabecera que la minimizara.

Desde el inicio, López-Gatell no creyó en las pruebas como un método necesario para lidiar con el coronavirus y le apostó al cuestionado método Centinela. No quería gastar en ellas, o temía que fuera a revelar la extensión del problema. Tergiversó el tema, planteándolo como una exigencia de los críticos y no una acción indispensable para saber dónde están los focos de infección y poder contenerlos.

Desestimó las primeras experiencias internacionales en países asiáticos que demostraban la importancia del cubrebocas, el rastreo de los contagiados y la importancia de aislarlos. Sugirió que la caída de los contagios en China se debió a que habían alcanzado la “inmunidad de rebaño” y no por el confinamiento estricto. Cada vez que en esa reunión que tuvimos en marzo lo cuestioné sobre lo que se estaba haciendo en otras latitudes, su respuesta fue la misma: ¿En qué estudio científico se sustenta el éxito de Corea del Sur?

México sería excepcional, subrayó. Lo haría distinto y mejor. Sucedió exactamente lo contrario. El presidente y su subsecretario se negaron a usar o promover el uso de cubrebocas de manera masiva, aunque está demostrado que reduce los contagios. Declararon la emergencia sanitaria recién el 31 de marzo, por lo que le vendimos cubrebocas a China que después tuvimos que recomprar a sobreprecio porque escaseaban en el mercado internacional. No hubo un proceso de reconversión hospitalaria, entrenamiento del personal de salud o compra de ventiladores a tiempo, a pesar de que México tenía en Asia y Europa lecciones de donde aprender.

En lugar de ello, al frente de la estrategia se colocó a un hombre telegénico y carismático, pero científicamente poco preparado para el coronavirus, o ideológicamente rendido ante el presidente y su subestimación del problema. López-Gatell ha mentido con el aval o a partir del las instrucciones de López Obrador.

Todos los países tienen subregistros de contagios y defunciones. Todos tienen problemas para recolectar cifras y enviarlas desde los estados al gobierno federal, para saber dónde, cuándo y por qué el virus se comporta de cierta forma y a quiénes mata.

Pero México parece haber lidiado con esos retos de forma más opaca, más discrecional y más manipulada. Pasamos de una métrica a otra, del modelo Centinela a las estimaciones, de las muertes anunciadas en la conferencia nocturna a la admisión de que ocurrieron dos semanas antes, del conteo absoluto de defunciones al conteo comparativo por cada millón de habitantes, del argumento sobre el “México excepcional” al argumento de que a nivel global, y dependiendo de cómo se mida, no vamos tan mal. Y ahora, las autoridades se dan palmadas en la espalda porque lograron lo que interpretan como señal de éxito: la subocupación hospitalaria, ignorando que hay gente que muere sin haber llegado a un centro médico, sin buscar o recibir atención ahí.

Y sí, es cierto que el gobierno de López Obrador heredó un sistema de salud corroído por la corrupción, y saqueado a lo largo de los sexenios. Pero también es cierto que la administración actual hizo recortes que agravaron la situación, y permitió subejercicios presupuestales que impidieron actuar adecuadamente. Por eso la tasa de letalidad por el coronavirus está entre las más altas del mundo. Y aún nos falta por padecer, porque modelos como el de la Universidad de Washington pronostican que en el país habrá casi 98,000 defunciones al 1 de noviembre de este año.

Hay y habrá muchas explicaciones y demasiadas justificaciones. Pero detrás de la postración del país por el COVID-19 está la politización y la minimización de la pandemia. México tiene un presidente que no quiso tomar decisiones políticamente costosas o presupuestalmente onerosas, como proteger a los pobres para que pudieran quedarse en casa, en vez de salir de ella y contagiarse y morir. Tiene un subsecretario de Salud que me presumió el triunfo del modelo mexicano porque aquí la ciencia sí le había ganado a la política. Pero 39,000 muertos después no somos celebrados y reconocidos; estamos dolorosamente postrados.

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