Roberto Valencia es periodista y escritor. Su libro más reciente es ‘Carta desde Zacatraz’.

Dicen que el ejercicio del poder desgasta. Y como generalización suena válida, pero no aplica para Nayib Bukele, el presidente de El Salvador. Superado ya el primer año de su quinquenio, sus índices de aprobación no sólo se han mantenido, sino que han aumentado; y eso que arrancó su mandato con una aprobación en torno a 90%.

A uno puede gustarle o disgustarle, pero Bukele se ha consolidado como un arrollador fenómeno político, con visos de indestructibilidad ante las siguientes elecciones legislativas, en 2021.

Desde que asumió las riendas del país, el 1 de junio de 2019, su popularidad entre los salvadoreños ha sido una constante en cuanta encuesta se ha realizado. Sí, alguien puede alegar que las encuestas desatinan, algunas son poco serias y otras suenan la canción del que la paga, como el mariachi, pero la unanimidad es atronadora.

En lo personal, creo que la más confiable de las encuestas que se realizan en El Salvador es la de LPG Datos, la unidad de investigación del diario La Prensa Gráfica. Además, Bukele y ese diario mantuvieron por años un enfrentamiento que incluso llegó a los tribunales.

En las encuestas de LPG Datos, la aprobación del presidente pasó de 90.5 % a 92.5 % entre agosto de 2019 —dentro de sus primeros 100 días— y la más reciente, de mayo de 2020.

Dicen que con viento a favor es fácil capitanear un barco. Y tras un año de ejercicio del poder, costaría menos explicar los altísimos índices de aprobación si Bukele pudiera presentar indicadores económicos y sociales sobresalientes, o siquiera aceptables. Pero nada que ver.

La Comisión Económica para América Latina y el Caribe acaba de anunciar que el Producto Interno Bruto salvadoreño se contraerá 8.6% en 2020, la mayor caída en Centroamérica, y que la pobreza saltará de 34 a 40%. Las promesas incumplidas se acumulan, como la de traer ante la Justicia al expresidente Mauricio Funes, exiliado en Nicaragua, y el gobierno empieza a salpicarse de escándalos de nepotismo y corrupción: compras directas a familiares de ministros o adquisiciones de insumos básicos con sobreprecio en plena pandemia de COVID-19.

El propio manejo de la crisis sanitaria, bien valorado en las primeras semanas por el cierre de fronteras y la promoción del distanciamiento social, comienza a hacer aguas. Los contagios confirmados que se reportan cada día no dejan de aumentar, y pocos en El Salvador dudan que lo peor está por venir.

Exabruptos de talante antidemocrático como la militarización de la Asamblea Legislativa el 9 de febrero o el desacato de fallos de la Sala de lo Constitucional también deberían haberle pasado factura en buena lógica, pero nada.

Bukele está ganando adeptos en medio de lo que podría considerarse una tormenta perfecta para cualquier mandatario. Como fenómeno político, el bukelismo parece hoy indestructible.

¿Por qué cientos de miles de salvadoreños aún le perdonan a Bukele y su entorno errores parecidos a los que sus opositores cometieron? Responder a cabalidad exigiría mucho más espacio que este, pero hay tres razones que sí se pueden esbozar.

En primer lugar, Bukele ha sabido tejer un poderoso aparato propagandístico-comunicacional que utiliza para la autopromoción y también para menoscabar voces críticas. Ese entramado de difusión de logros —y de acoso y derribo de opositores— es especialmente vigoroso en redes sociales, y se complementa con el trabajo que realiza una red de youtubers y tuiteros que creen en el proyecto político.

En segundo lugar, ha demostrado ser un líder muy hábil para imponer la agenda nacional y neutralizar a los que considera sus enemigos en los ámbitos político, periodístico y del activismo. Curiosamente, buena parte de sus adversarios suele responder con una soberbia intelectual que quizá sirva para ganarse likes en pequeños círculos endogámicos, pero que difícilmente van a desconvencer a los convencidos. Reprochan a Bukele con altanería insultante, por ejemplo, no haber finalizado sus estudios universitarios; y a sus seguidores, escribir con faltas de ortografía.

Por último —aunque los tres están interrelacionados—, sigue siendo visceral y genuino el rechazo de la sociedad al sistema político que imperó en El Salvador durante 30 años, articulado en torno al binomio de partidos FMLN-ARENA, y del cual el presidente no forma parte. Eso, el aparato propagandístico de Bukele y su habilidad innata van a seguir explotándolo.

Dicen que el electorado salvadoreño tiende a no concentrar todo el poder en una única opción política, y así ha sido desde el final de la guerra civil en 1992: nunca un partido ha conseguido los 43 diputados necesarios para sumar mayoría simple en la Asamblea.

El 28 de febrero de 2021 se celebran elecciones legislativas en El Salvador, las primeras en las que participará Nuevas Ideas, el partido creado por Bukele. La campaña oficialmente arranca a finales de octubre, pero el país ya respira en clave político-partidaria, con las elecciones internas en pleno apogeo.

De esas urnas saldrá el Legislativo que durante tres años convivirá con la administración de Bukele. Aún hay margen para sorpresas, pero Nuevas Ideas podría no sólo ganar los 43 diputados, sino hasta disputar los 56 —de 84 en total— que se requieren para contraer deuda ante organismos multilaterales, suspender las garantías constitucionales o elegir cargos trascendentales como el fiscal general, el procurador de derechos humanos o magistrados de la Corte Suprema.

En su primer año largo como presidente de la República, Bukele ha dado a los entusiastas de la democracia y del estado de Derecho argumentos sólidos para la preocupación. Yo comparto esa preocupación. Pero no deja de ser técnica del avestruz negarse a reconocer el calado del fenómeno político que Bukele representa.

Algo realmente extraño tendrá que ocurrir en El Salvador antes del 28 de febrero para evitar que el bukelismo tome de nuevo la Asamblea Legislativa, pero esta vez vía el respaldo masivo de los salvadoreños en las urnas.

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